Una rosa en un aparente eterno rosedal. Tan igual, tan diferente. Tan de tantas, tan única.
Todas rojas y bellas, mismo aroma y magnificencia. Sin embargo ¿No son sus petalos diferentes? ¿No lo son sus espinas?
Pero siguen siendo bellas, perfectas, aunque ellas nunca, quizás, lo sabrán. Pues su verdadera belleza, su verdadera perfección, radicará en los ojos del poeta que la vea entre tantas y la haga ver lo que es.
Cuando ese poeta llegue, ya no habrá rosedal, será única, será la perfección que siempre tuvo y nunca notó.