Bosques misteriosos, coartada de seres olvidados, valles de sinuosos y turbios rÃos, montañas secretas y hostiles, fueron los testigos privilegiados de la larga marcha que tuvieron que soportar los corceles de la guardia real, en busca de aquél que con traidor acero habÃa robado la paz a su propio pueblo.
Al final, al quinto dÃa de haber partido del castillo, los caballeros perdieron la pista del fugitivo. Entonces se dispersaron para buscar mejor. Durante dÃas, los ojos de los diez armados otearon la lugubrez de aquellas tierras, donde aldeas paupérrimas y granjas grises ahuyentaban a todo aquél que osara entrar en ellas. Sin embargo, su búsqueda resultó infructuosa, y creyendo que nunca darÃan con él, decidieron regresar a la corte.
Mientras tanto, el fugitivo, nada más ni nada menos que el infante real, tomó asilo en una vieja abadÃa cercana al castillo de un duque famoso en aquellos lares. Mintiendo sobre su procedencia, convivió durante meses con los ingenuos monjes hasta que, recomendado por el prior, pasó al servicio del duque. Vivió con éste largos años, llegando a casarse con su hija, a la que dio tres hijos.
Un dÃa, estando a solas con su suegro, comenzó a hablarle del lugar de donde procedÃa realmente, de quién era su padre,..., y de las vastas riquezas que escondÃa la corte de sus ancestros. Poco a poco, el traidor fue dominando con dulces promesas de poder y riqueza la mente y el corazón del duque, conociendo la infinita codicia que latÃa en su interior, hasta que estuvo lo suficientemente "estimulado" como para concederle cualquier deseo que le pidiese.
Asà lo hizo el infante y dÃas después un gran ejército, formado por siervos del duque y de sus parientes, varios de éstos y numerosos plebeyos leales al ducado, esperaba junto a los muros del pequeño castillo para atacar la corte. Al frente de las tropas, sobre un caballo negro, el traidor miró la lejanÃa, pensativo.