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~~TenÃa que correr. Alguien o algo la perseguÃa por el largo pasillo y, aunque no sabÃa bien quién o qué era, no le cabÃa la menor duda de que se trataba de algo siniestro. Algo que no deseaba que la alcanzara.
La única opción era huir, y eso hacÃa; pero el pasillo era interminable. De a ratos, podÃa oÃr los crujidos de las vigas de madera que se soltaban y aterrizaban violentamente contra el suelo.
Mairén estaba muerta de miedo. No recordaba haber sentido antes tremendo pánico; sin embargo, intentó esquivar ese pensamiento, porque sabÃa que si lo comprendÃa completamente, sà que estarÃa perdida. Siguió corriendo a toda velocidad y girando la cabeza a ambos lados como si asà pudiera ametrallar las ideas.
Por uno de esos malos mecanismos de la mente, quiso comprender qué era esa masa viscosa que le impedÃa ver sus propios pies: era agua, como si ella flotara o caminara entre el barro. La certeza de esta realidad no hizo que se detuviera, pero le clavó una estaca de duda en la mente.
Alguien intentó tomarla de la mano, y Mairén levantó la vista. Su tÃa, aquella persona de la que no tenÃa ni un solo recuerdo agradable, intentaba salvarla de aquella cosa. Le dijo:
—¡No seas orgullosa! Después podrás gritarme todo lo que quieras. Ahora, debemos estar juntas. ¡Es la única manera de salvarnos, Mairén!
Pero Mairén no era una persona que se diera por vencida tan fácilmente.
—¿Estás loca? Prefiero morirme a unirme a vos ¡Hipócrita!
—Si no dejas de lado tu actitud de niña mala, nunca llegarás a la salida… solo juntas podemos hacerlo.
—¿Qué parte de “prefiero morirme†no has entendido?
La tÃa la miró de esa forma tan particular en ella. Mairén no podÃa hacer nada contra esa mirada: era el arma secreta de tu tÃa, con la que conseguÃa que la niña hiciera lo que le pedÃa aunque no le gustara. Una vez más, Mairén, se cayó dentro de esos ojos y se concentró en su trabajo: correr y seguir corriendo. De un momento a otro dejó de ver a su tÃa, que se habÃa desvanecido tras la enorme masa negra. Mairén corrÃa sobre el agua, como en un sueño pero siendo tan consciente de su entorno, que la verdad la astillaba por dentro.
El pasillo: un interminable corredor rodeado por paredes de las que colgaban inertes y desusados cuadros familiares de épocas remotas que Mairén ni siquiera conocÃa: imágenes intactas y audaces que se sobreponÃan a la caÃda de las vigas y al derrumbe que ella estaba viviendo.
Sus ojos iban de un lado al otro: del viejo castillo que tanto soñara con habitar de pequeña a las fotos de esa misma casa antes de las mil reformas. Antes era una casa de ricos, pero el tiempo la habÃa convertido en un espacio destartalado que se venÃa abajo, como si lo aturdiera el paso de los años. Mairén siempre le habÃa temido al olvido de aquellas paredes, por eso no habÃa querido abandonarlas. Pero ahora, que una a una las vigas se desplomaban sobre el suelo, entendÃa que habÃa sido un error. Sus pupilas eran un mar abandonado que intentaba atesorar el horizonte como si fuera el último.
Miró la puerta que se abrÃa ante sus ojos: una simple puerta de madera, pintada de un color verde asqueroso y chillón. Mairén estaba tan cansada de correr que no tuvo energÃas para preguntarse nada, simplemente se detuvo y se quedó inmóvil contemplándola.
Después de tomar aliento quiso abrirla, la puerta se alejo; intentó retomar la carrera, fue en vano. Gastó lo que le quedaba de energÃa en intentar abrazar ese orificio casi invisible que se abrÃa entre el marco y el armazón de madera, pero no habÃa forma de llegar a él.
La oscuridad la abrazó. Ya no pudo ver sus pies, ni sus manos, una masa de agua oscura la inundó por dentro y por fuera. Solamente, en sus últimos atisbos de conciencia, pudo ver una sombra muy conocida que se abalanzaba sobre ella e intentaba asfixiarla.
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