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Lucas y la ardilla

Lucas se pasaba las horas muertas inventando todo tipo de artilugios. Algunos eran muy útiles, como un lápiz con boli incorporado, pero sin embargo otros no servían para nada. 

Un día le llegó una carta muy extraña. Una carta que le invitaba a participar en un campamento de inventores y aventureros. Serían dos semanas de actividades en un sitio al que llamaban "Semillero de Aventuras". Lucas no se lo pensó dos veces a la hora de hacer la maleta. No le costó mucho convencer a sus padres porque lo vieron tan emocionado que no se pudieron negar. 

El 1 de julio Lucas estaba montado en el autobús rumbo al campamento. En la carta le decían que no llevase nada de material, así que sólo incluyó en la mochila un par de camisetas, tres pantalones y sus zapatillas favoritas. 

Al llegar al campamento casi no pudo ni deshacer la mochila. Nada más entrar por la puerta les explicaron a él y al resto de los niños cuál iba a ser su primera misión: conseguir crear un pequeño embalse para que pudiesen nadar las ranas. Lucas lo consiguió con los típicos palitos que usan los médicos para examinarte la garganta y con un poco de cola. Había ganado sus dos primeros puntos pero pronto se daría cuenta de que las siguientes misiones no iban a ser tan fáciles. 

La segunda prueba consistía en recorrer el bosque en busca de una resina lo suficientemente fuerte como para pegar tablillas de madera con las que fabricar una caseta para pájaros. Ahí lo tuvo más complicado y dio muchas vueltas hasta que encontró en un tejo una resina tan pegajosa que incluso le costó separar sus propios dedos. 

A última hora de la tarde llegó la prueba definitiva, la que le serviría a Lucas para demostrar si era un superviviente de verdad preparado para una vida llena de aventuras. Tendría que encontrar una ardilla y, con mucho cuidado, atraerla hasta el campamento con la ayuda de unos frutos secos. Obviamente, no podía hacerle ningún daño y sólo podía ganarse su confianza con palabras y con aquel puñado de pipas que le habían dado los monitores.

Lucas encontró a su ardilla casi a la primera pero pensó que le había tocado la más nerviosa. Su larga cola roja no paraba de moverse de un lado a otro. Le echó unas cuantas pipas pero la ardilla las olisqueó sin mucho interés. En ese momento Lucas vio pasar a otro compañero con la misma cara de desánimo. 

- Vaya, mi ardilla no quiere comerse las nueces que me han dado. No deben gustarle- le dijo a Lucas el otro niño.
- Ya.. a mi me pasa lo mismo. Parece que a mi ardilla tampoco le gustan las pipas. - contestó Lucas - ¡Espera! ¿Y si nos cambiamos los frutos secos? ¡Tal vez dé resultado!

De modo que Lucas le dio nueces a su ardilla y el otro niño le dio pipas a la suya. 

La idea de Lucas funcionó perfectamente y no solo lograron terminar la prueba con éxito sino que además se llevaron un premio especial al trabajo en equipo por haberse ayudado el uno al otro.

 

Datos del Cuento
  • Categoría: Infantiles
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