En aquel lugar se encontraba bien, la cuidaban, le prodigaban mimos,la comida no era muy sabrosa pero estaba buena, el jardín era precioso y tenía una fuente.
Le gustaba estar en el jardín, pero lo que más le gustaba era escribir palabras. Cada mañana después de desayunar la sentaban a una mesa y le ponían ante ella varios tarros que contenían letras de colores, unas eran grandes, otras más pequeñas y también había números.
Los números se le resistían, no lograba recordar ninguna fecha pero escribia:
AMOR, con letras de color rojo.
HIJOS, con letras de color verde.
FLORES, con letras de color amarillo, las rosas amarillas eran sus preferidas.
CABELLO, con letras blancas, de ese color se había vuelto el suyo.
Las repetía una y otra vez´y siempre usaba los mismos colores en las mismas palabras.
Escribía otra palabra CUENTOS.
Cada noche alguién le leía un cuento pero no era su mamá.
...Aquellos años de infancia, cuándo el bodeguero colocaba en el mostrador aquellos tarros, llenos de dulces, caramelos, y otras típicas golosinas, que rebozaban de múltiples colores, y que entraban por nuestros infantiles ojos y estallaban en el pensamiento, igual que tus tarros de letras. Me gusto el cuento, sin duda, otro más de la familia. Gracias por compartirlo.