En un pequeño y apartado pueblo cerca de la playa, vivía un pescador y su pequeño hijo, los cuales salían a pescar todas las tardes. El señor llevaba sus anzuelos y sus redes para sacar peces según fuera la ocasión, o bien sacaba un pez solitario, o sacaba bancos de peces que caían en sus viejas y desgastadas redes. El niño observaba cada detalle de la faena y trataba de aprender para cuándo le llegara su momento de vivir de la pesca.
Resulta que el niño era una persona soñadora, una noche mientras su padre lanzaba anzuelos a la playa, él contemplaba el cielo completamente iluminado de estrellas; se imaginó que el cielo era la playa, y la playa era el cielo, de manera que en lugar de pescar peces se imaginó pescar estrellas. Lanzó el anzuelo a lo alto, para verlo luego caer a escasos metros de él, -“mi padre lanza el anzuelo al agua y en muchas oportunidades no pesca nada, igual puede ocurrirme a mí, así que si no pesqué nada en este intento no tengo porqué afligirme – decía para sus adentros – pero estoy seguro que algún día podré pescar una estrella”
Cada mañana cuándo regresaban de pesca, ambos venían cansados y felices cuándo desembarcaban el bote a orillas de la playa, uno cansado de tanto lanzar y recoger redes y anzuelos y el otro cansado de tanto contemplar el cielo. Uno feliz con las cestas llenas de peces con destino al mercado, y el otro feliz con sus brillantes ojos llenos del resplandor de las estrellas que había pescado sin darse cuenta, en la oscuridad de la noche.