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Los jinetes de Orán

Cerca de Sidi Marouf, Argelia, durante la madrugada del 8 de noviembre de 1942

Al mismo tiempo que los navíos británicos y norteamericanos se dirigían a los principales puertos de Marruecos y Argelia, cinco jinetes cabalgaban en la oscuridad hacia el cuartel de un pequeño destacamento francés. Su propósito era sabotear los vehículos estacionados allí, para en el caso de que las tropas costeras iniciasen combates contra los Aliados y reclamasen su apoyo, no pudieran cubrirles las espaldas.

El cuartel surgió de pronto en medio de una planicie árida, rodeada de colinas. Los cinco hombres ocultaron los caballos y se acercaron en silencio al patio de vehículos que formaba la mayor parte del cuartel. Apostado detrás de la cabina de un camión, Pierre Dunot observó las barracas que había al otro lado y el guardia que las custodiaba.

- Al parecer sólo tendremos que preocuparnos de los dos guardias que patrullan cerca de los camiones. Los demás están al otro lado de las barracas, no sabrán ni que estuvimos aquí.

Los demás asintieron y se desplegaron para neutralizar a los dos centinelas del patio. No los mataron, ya que aunque eran traidores seguidores de Vichy, al fin y al cabo eran soldados franceses. A continuación se acercaron todos a un camión y comenzaron a reventar los neumáticos y a agujerear el depósito de combustible. De pronto uno de los hombres lanzó un grito. Sus compañeros se quedaron helados.

- Sss, cállate, qué coño pasa – preguntó el que estaba a su lado.
- ¡Una serpiente, una serpiente! ¡Me sube por la pierna! ¡Quitádmela!

En ese momento las ventanas de las barracas se iluminaron y varios soldados salieron fuera con rifles.

Alguien gritó “sálvese quien pueda”, y tres de los hombres, incluido el que había iniciado el alboroto, echaron a correr hacia los caballos, pero fueron abatidos. Dunot y el hombre que estaba a su lado, Louis Cleaumont, lograron ocultarse bajo un camión.

- Joder, malditos rebeldes – masculló el único oficial al mando, un teniente de unos treinta y seis años de edad que había combatido en Sedán contra los Panzer – Han inutilizado un camión. Ahora tendré que informar al mando de esto.

Al poco rato regresó y dio la orden de doblar la vigilancia. Cuatro nuevos soldados salieron a patrullar, tres en el patio de vehículos, y el cuarto junto a las barracas, pero mirando directamente hacia aquél.
En su escondite, Dunot y Cleaumont decidieron qué iban a hacer. Lo primero sería comprobar cómo había cambiado el número y posición de los centinelas, y después pensar en cómo quitarlos del medio.
De repente oyeron pasos, y vieron unas relucientes botas caminar paralelamente a “su” camión. El soldado estaba tan cerca que podían adivinar qué número de bota calzaba. No se oían pasos cerca, así que probablemente en ese momento el soldado estuviera solo en aquella parte del patio.
Dunot contuvo la respiración un instante y salió de debajo del camión sin hacer el más mínimo ruido. Golpeó al soldado en la cabeza y lo arrastró hasta el improvisado refugio. Después echó un vistazo al patio: no sería difícil reducir a los centinelas que había junto a los camiones, pero aquel que vigilaba como un halcón desde las barracas suponía un problema. Tenían que ocuparse de él antes que de ningún otro.
Volvió al refugio y se puso la ropa del soldado.

Cleaumont, sorprendido, quiso saber lo que pretendía hacer. Dunot le explicó brevemente la situación y luego se marchó sin dar tiempo a su amigo a desearle suerte siquiera.
Vestido como uno más de aquellos guardias, atravesó el patio en dirección a las barracas. Nadie sospechó, ni siquiera el centinela al que iba a reducir. Cuando dejó atrás los vehículos se desvió ligeramente hacia la izquierda y caminó por el piso de piedra que rodeaba los edificios hasta la esquina donde se encontraba su objetivo.

Nada más llegar el hombre le saludó con tosquedad y le preguntó qué quería. Su rostro denotó extrañeza, pues a pesar de la oscuridad notó que el recién llegado no le resultaba familiar. Dunot evitó problemas y le propinó un puñetazo en la mandíbula.
No se molestó en ocultarlo, ya que en aquella parte del cuartel era difícil hacerlo. Cruzó otra vez el patio y avisó a Cleaumont para que saliera del escondite. Sin el halcón vigilándolo todo, no les resultó difícil neutralizar a los cuatro soldados que quedaban en el patio. Sabotearon los vehículos lo más rápidamente posible y volvieron al lugar donde habían dejado los caballos.

Poco después, los guardias se despertaron y sabiendo que habían sido atacados otra vez dieron parte a su oficial, el cual llamó al alto mando para denunciar lo sucedido y solicitar una nueva remesa de camiones. Tendría los nuevos vehículos, pero no con la suficiente rapidez para acudir en ayuda de las tropas de la costa.
Datos del Cuento
  • Autor: ruben
  • Código: 21081
  • Fecha: 21-05-2009
  • Categoría: Bélicos
  • Media: 5.26
  • Votos: 76
  • Envios: 0
  • Lecturas: 5198
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