Un buen día se reunieron dos sabios y se pusieron a discutir sobre cual de los dos caminos de la vida era el que debía seguirse para ser feliz.
El primer sabio dijo: yo escogería un camino fácil, normal, sin altibajos, que se sepa siempre por donde se va y todo sea muy llano y sencillo. Un camino en el que no haya deficultades, qe sea cómodo de andar, así nunca me llevaré sorpresas y todo en el camino siempre será normal.
El segundo sabio dijo: yo sin embargo prefiero elegir un camino más complicado porque al no estar muy transitado tendrá un paisaje más cuidado, más especial, algo que no haya visto todo el mundo porque no todo el mundo lo recorrerá, un camino con más dificultades es cierto pero con la enorme recompensa de que pocos lo han disfrutado por que pocos son capaces de apreciarlo.
Los dos sabios siguieron explicando su postura sin llegar a ponerse de acuerdo en una opción u otra ni acercarse siquiera a una postura intermedia.
Seguían imbuidos en su particular discusión cuando llegaron a una encrucijada en la vereda del camino por el que transitaban. Allí en el centro de la senda encontraron a un niño.
El primer sabio dijo:
Este niño resolverá nuestro gran dilema, veamos qué rumbo toma, si elige el camino que discurre por entre esos campos su senda sería sencilla y llana pero si en cambio elige el que se puebla de arbustos y zarzas deberá atravesar más dificultades, esperemos a ver cual es su decisión.
Pero el niño no sabiendo por cual decidirse se quedó parado en medio sin avanzar por ninguno mirando hacia los dos caminos con cara de preocupación. Pasados unos minutos los dos sabios se le acercaron y uno de ellos dijo: ¿porqué no continuas avanzando? y el niño respondió con ilusionada ingenuidad: es que ambos caminos me asustan porque no sé qué hay detrás de ellos, no sé qué se esconde detrás de aquel inmenso campo, parece muy llano pero y si se hace muy extenso? y si me canso de andar siempre lo mismo?; pero tampoco veo lo que puede esperarme tras esas zarzas y quizá sea peligroso o complicado de atravesar. Si me decido por el camino sencillo y al final me aburre que todo sea tan simple perderé la posibilidad de saber hacia donde llevaba el otro camino y quizá el otro fuera más placentero de admirar o más emocionante de recorrer.. no sé que hacer por eso me estoy quieto, no sé qué camino tomar!
Pero has de elegir uno de los caminos, le recomendó uno de los sabios, es imposible seguir por los dos, has de tomar aquel que más se identifique contigo, ¿cual tomarías?
No sé repitió el niño, es que no sé.... de veras yo no sé cual tomar... si por mi fuera... se aventuró a decir el niño en un alarde de entusiasmo, me convertiría en gigante!! para así poder dar zancadas tanto por un camino como por el otro, así vería todos los peligros y cuando un camino me aburriera saltaría de una enorme zancada al otro y cuando el otro me asustara haría lo mismo y con grandes saltos podría estar siempre a salvo de cualquier peligro, siendo gigante solo tendría que cambiar de camino si las cosas no me gustaran o fueran mal.
Ambos sabios se miraron avergonzados y comprendiendo la sabia lección que sin saberlo les daba aquel niño sin mediar palabra se separaron y cada uno siguió avanzando por su camino elegido. Allí en medio quedó el niño, confuso, paralizado y volviendo la vista hacia uno u otro camino.
Y mientras cada sabio con paso firme proseguía su camino escogido a lo lejos, como en un eco se oía una voz infantil... ¿qué camino tomo? pero ¿qué camino tomo???, por favor!!! no os vayáis, yo no puedo elegir...decidme por favor... ¡aún soy un niño!!!!
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Es una postura muy fantasiosa pretender ser gigante para abarcar dos caminos.
Es una postura muy infantil paralizarse ante una encrucijada y no seguir avanzando por ningún camino, pues ambos caminos para alcanzar la felicidad son lícitos si se avanza por ellos con firmeza.
No es de sabios poner las decisiones importantes de la propia vida en manos de un pequeño niño.