| :: | Sin Clasificar |
| :: | Infantiles |
| :: | Fábulas |
| :: | Mitológicos |
| :: | Terror |
| :: | Tradicionales |
| :: | Otros |
| :: | Hechos Reales |
| :: | Ciencia Ficción |
| :: | Historias Pasadas |
| :: | Patrióticos |
| :: | Sueños |
| :: | Policiacos |
| :: | Románticos |
| :: | Cómicos |
| :: | Misterios |
| :: | Estudiantes |
| :: | Metáforas |
| :: | Religiosos |
| :: | Aventuras |
| :: | Bélicos |
| :: | Históricos |
| :: | Urbanos |
| :: | Educativos |
~~Sonko y Huasca eran hermanos. HabÃan quedado huérfanos hacÃa muchos años, y desde entonces vivÃan solos en la selva, habitando el rancho que fuera de sus padres. Sonko era el menor. Alto, fornido y muy trabajador, poseÃa un corazón tierno, cuyo cariño se volcaba en su hermana, a quien querÃa como a la madre que perdiera siendo niño.
Pero Huasca no retribuÃa ese afecto. Por el contrario, siempre se mostraba agresiva con el buen hermano, disputaba con él, lo maltrataba y le hacÃa padecer en toda ocasión la perversidad que la dominaba. A pesar de ello, Sonko seguÃa profesando un profundo cariño a esta hermana cruel.
Tanto la querÃa, que al ver los jugosos frutos maduros, sólo tenÃa un pensamiento: recogerlos para Huasca. Asà lo hizo ese dÃa. De vuelta al rancho, cortó los más dulces y sabrosos, los depositó en un canastillo de fibras de yuchán, que él mismo fabricara, y feliz y contento con el tesoro obtenido, corrió hasta su choza a fin de entregarlos a la ingrata. Mientras corrÃa, pensaba:
– “¡Qué contenta se pondrá Huasca! Ella habrá preparado la comida para mi almuerzo, pero yo, en cambio, le regalaré estas hermosas chirimoyas y estas sabrosas algarrobas. ¡Mi hermana es tan golosa! ¡Si su corazón fuera más dulce conmigo! Porque con los demás es muy buena… y es cariñosa… Sólo conmigo es brusca y es mala.â€
Se detuvo un momento, para comprobar que las frutas no sufrÃan con la carrera, y continuó sus reflexiones:
– “¿Por qué Huasca se mostrará tan dura conmigo? Pero… ¡no importa! Yo conseguiré que me quiera. Con mi cariño lograré el de ella.â€
Ilusionado por su fe llegó a la choza. Al lado de ésta habÃa un telar rústico, con una manta de vivos colores empezada. Ello le demostró que Huasca habÃa estado trabajando. Una canción muy suave le llegó desde el interior del rancho. Era su hermana que cantaba. Alentado y gozoso, al pensar en el regalo que le traÃa, llamó con voz dulce:
-¡Huasca!… ¡Huasca!… ¡Hermanita!…
Una linda doncella de piel cobriza apareció en la puerta de la choza. La canción se habÃa apagado en sus labios, y una mirada hosca, cargada de rencor, acompañó a sus palabras. Dirigiéndose a su hermano, le respondió en el más brusco de los tonos:
-¡Qué quieres!
Sonko sufrió un desencanto. Le pareció que su corazón se achicaba y le dolÃa al sentir el desprecio de la perversa doncella. Sin embargo resistió el dolor y nada dijo. Él se habÃa prometido conquistar el afecto de su hermana y no abandonarÃa la empresa al primer contratiempo. Con suave voz y tierna expresión, le dijo:
-Mira, golosa, mira lo que he traÃdo para ti.
Al mismo tiempo abrió la cesta cargada de apetitosos frutos, y al verlos, la mala hermana sólo supo exclamar:
-¡Chirimoyas y algarrobas! ¡Cómo me gustan! Sin una frase de agradecimiento al pobre muchacho, le arrebató la canastilla y entró en el rancho. El hermano la siguió. No agregó una sola palabra y se sentó dispuesto a almorzar: En una vasija de barro, la mazamorra se cocinaba al fuego.
Tomó un “pucoâ€, y ya iba a llenarlo con el sabroso alimento, cuando su hermana lo detuvo dándole un manotón, al tiempo que le gritaba airada:
-¡Deja eso! ¿O crees que yo cocino para ti? ¡Poca comodidad serÃa! ¡Pasar la mañana fuera y volver cuando ya está todo hecho! ¡Cuando no hay más que estirar la mano para servirse! Y, dominante, agregó:
-¡RetÃrate turay! ¡Cacuy turay!
– Pero… Huasca… Yo también he trabajado. He estado recogiendo miel de lechiguana y labrando la tierra pra sembrar… Y ¿quien si no yo cuida nuestra majadita de cabras? Con el tono más humilde continuó:
-Anda, sé razonable… SÃrveme un poco de mazamorra y dame un trozo de patay…
-¡Ya he dicho que no! Si quieres comer, tú te lo has de preparar. ¡Esto es mÃo! ¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
-Dame entonces unas chirimoyas de las que traje… -imploró el muchacho.
-Ni una. Para mà dijiste que eran y yo las comeré -terminó inflexible Huasca.
Triste la miró Sonko. Sus ojos brillaron colmados de lágrimas; pero nada respondió. Cabizbajo salió del rancho. ¿Cómo era posible que su hermana le negara una porción de mazamorra o un trozo de patay cuando él trataba siempre de complacerla? ¿Por qué serÃa asà su hermana?
¿Qué podrÃa hacer él para corregirla? Sus esperanzas de dulcificar el corazón de la perversa iban perdiendo fuerza. Se sentÃa incapaz de continuar. Sin embargo, harÃa una última tentativa. Ese dÃa lo pasó vagando por el bosque y alimentándose con frutas silvestres. Entrada la noche, volvió al rancho y se acostó.
Una idea fija le impedÃa conciliar el sueño: cómo lograr el afecto de su hermana. Por fin, el cansancio lo venció y se quedó dormido. A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a salir de la choza. Llevaba la intención de conseguir, para su hermana, algo extraordinario, algo que le agradara mucho… Sonko pensaba:
“Tal vez asÃ, con una dedicación y un deseo de complacerla cada vez mayores, llegará un dÃa en que Huasca corresponderá a este hondo cariño que por ella siento. ¡Qué felices seremos entonces!†Levantó sus ojos al cielo y, como si hablara con alguien, continuó: “Viviremos unidos por un afecto profundo y nuestros padres nos bendecirán desde la estrella donde están ahora…â€
A su paso, un ave asustada levantó el vuelo. Tan preocupado iba, que apenas prestó atención a este hecho. Tampoco oÃa el coro de los pájaros que a esa hora era una gloria. PersistÃa en su mente la misma idea: merecer el cariño de su hermana. De pronto, un fruto hermoso llamó su atención. Su color, su brillo y su tamaño lo hacÃan resaltar entre todos los otros.
– ¡Ése serÃa el regalo para su hermana Pero, ¡qué alto estaba! Le costarÃa alcanzarlo… Más, ¿qué importaban las dificultades cuando el premio iba a ser tan maravilloso? Y ya no pensó más. Aunque los riesgos eran muchos, lo alcanzarÃa. Con la agilidad de un muchacho acostumbrado a trepar árboles y a escalar montañas, Sonko apoyó en una rama baja sus pies calzados con hojotas, y ayudándose con manos, brazos y piernas fue subiendo… subiendo…
Las espinas y las ramas secas arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Pero nada importaba. Lo esencial era llegar hasta el hermoso fruto que se ofrecÃa allá en lo alto. Continuaba entusiasmado la ascensión, cuando lanzó un grito. Una enorme espina se habÃa clavado en su carne.
El dolor que le producÃa era tan intenso que no le permitÃa sostenerse con la mano herida. Trató de arrancarse la espina, pero fue en vano. La mano comenzó a hincharse y a tomar un feo color morado. DebÃa darse por vencido y abandonar la empresa. Resuelto ya, comenzó a descender. Una vez en tierra, observó la herida con detención. En un último esfuerzo, arrancó la espina, y la sangre brotó de la lastimadura.
Se sintió desfallecer. Su cabeza ardÃa y tenÃa la garganta seca. Con las fuerzas y la desesperación que le prestaba su estado, corrió a la casa. Su hermana sabÃa preparar un bálsamo con las hojas y las flores del molle… Ella lo curarÃa y le darÃa de beber… Ya le faltaba poco… Un último esfuerzo y llegarÃa a su rancho. De lejos divisó a Huasca trabajando en el telar. Cuando estuvo delante, le suplicó:
-¡Huasca, por favor! Quise traerte un fruto hermoso que vi en el bosque, y cuando ya creÃa alcanzarlo, una espina que se clavó en mi mano me impidió lograr mi deseo. Huasca, hermanita, ¡sufro mucho y tengo sed! ¡Alcánzame un poco de agua!
La hermana se levantó de inmediato. Lo tomó de un brazo y lo ayudó a sentarse. -¡Oh!. turay… ¡Cómo tienes la mano! Yo te la curaré y traeré agua y miel para apagar tu sed.
Asà diciendo, corrió al interior del rancho, y llevando en sus manos un cántaro de barro, fue a una vertiente cercana para llenarlo con agua fresca. Sonko creÃa soñar. Mentira le parecÃa la dedicación de la hermana. Llegó a bendecir la espina que, al herirlo, le habÃa permitido gozar del cariño y de los cuidados de su querida Huasca. Corriendo volvió la doncella. Con la carrera el agua que llenaba el cántaro saltaba y caÃa al suelo salpicando sus piernas desnudas.
Entró al rancho para buscar un “puco†con miel. Con ambas manos ocupadas se presentó ante Sonko. La ansiedad y el reconocimiento se pintaron en el rostro del hermano. Un dulce bienestar lo invadió al oÃr que Huasca le decÃa con dulzura:
-¡Pobre turay! Hermanito… ¿sufres? ¿Tienes sed? Aquà hay yacu-chiri y miel en abundancia, ¿las ves? Hizo una pausa, y cambiando de expresión y con la voz ruda de otras veces, agregó:
-¡Pero no son para ti! ¡Prefiero dárselos a la tierra! Y al tiempo que, ante los ojos azorados del muchacho, volcaba el contenido de las dos vasijas, lanzando una carcajada estridente y burlona, continuó:
-¡Anda tú!… ¡Anda a la vertiente, que allà el agua sobra!… ¡Allà podrás tomar toda la que quieras! Esto bastó para que el cariño que sentÃa el muchacho se trocara en un odio intenso contra la perversa hermana. Un sentimiento de venganza nació en él, tan profundo y persistente, que ya no lo abandonó. Arrastrándose casi, llegó a la vertiente.
Se echó en el suelo y con avidez bebió el lÃquido fresco. Sumergió en el agua la mano herida y se sintió mejor. Un suave sopor lo invadió y a la sombra de un árbol corpulento se quedó dormido. Cuando despertó, el sol se escondÃa tras los cerros vecinos. Se levantó y caminó unos pasos.
El dolor de la herida persistÃa. Decidió ver a la curandera para pedirle algo que aliviara su mal. Y echó a andar en dirección a lo de la “médicaâ€. El canto de los pájaros no se oÃa ya. Los rumores de la selva se habÃan apagado. Una estrella lejana brilló en el cielo. La media luz del crepúsculo, con reflejos rojos de incendio, iluminaba la paz de la tierra. Sólo en el alma del pobre turay rugÃa, como una tormenta, la venganza.
Con conocimientos de hierbas y emplastos, el muchacho curó. A los pocos dÃas estuvo completamente bien. ¡Cómo habÃa cambiado Sonko! La mirada, antes tierna, era ahora hosca y dura. Su voz habÃa perdido la dulzura de otros dÃas. Callado y taciturno, continuaba preparando sus planes.
Un dÃa, de vuelta del valle, a donde llevara la majadita de cabras, se dirigió muy resuelto al rancho. Iba a poner en práctica su idea de venganza. Fingiendo sentimientos que ya no sentÃa, y con la misma voz de pasados dÃas, llamó a su hermana:
-¡Huasca!… ¡Hermanita! He encontrado para ti algo que te va a dar un gran placer, golosa.
-¿Qué es, turay?
-Una colmena. Si te animas y me acompañas, toda la miel será para ti. La recogeremos y en varias vasijas la traeremos a casa. ¿Me acompañas?
-¡SÃ! ¿SÃ! En seguida. Ya lo creo que te acompañaré a buscar miel. ¡Si se me hace agua la boca!
-No olvides de llevar un poncho para envolverte la cabeza. Ya sabes que las abejas no abandonan de buen grado la colmena y te picarÃan sin piedad. Muy preparados se fueron los dos hermanos. Caminaron entre plantas hermosas de grandes hojas y perfumadas flores. Los piquillines y los mistoles les ofrecÃan sus frutos dulces.
La puya-puya les brindaba sus flores blancas y fragantes. La exuberante vegetación de la selva era allà un maravilloso espectáculo. Al llegar a un claro del bosque, el hermano se detuvo.
-Aquà es -le dijo-. Envuélvete la cabeza con el poncho, defendiendo tu cara de las picaduras de las abejas. ¿Ves ese árbol tan alto? En la cima está la colmena. ¿Te animas a subir?
-Ya lo creo. Tú me guiarás, pues yo no veré muy bien con mis ojos cubiertos con el poncho.
-No tengas cuidado. Yo te conduciré -la conformó su hermano.
Con mucho trabajo fueron subiendo al árbol que era el de mayor tamaño del lugar. Una vez que hubo instalado a la hermana, sentada en una horqueta, en lo más alto de la copa, Sonko, fingiendo acercarse a la colmena, sacó de su cintura un hacha y comenzó a descender cortando las ramas que abandonaba. Asà dejó el tronco liso y sin puntos de apoyo para que no pudiera bajar la infeliz Huasca. Ella, confiada y ajena a lo que sucedÃa, esperaba que su hermano le indicara la tarea a cumplir.
Cuando Sonko llegó a tierra, se alejó del lugar dejando abandonada y sin defensa a la ingrata hermana. Pasados algunos instantes, y en vista de que no oÃa al muchacho, Huasca empezó a temer. Apartó el poncho de su vista, y lo que vio le hizo temer algo desagradable. AnochecÃa y su hermano habÃa desaparecido. Lo llamó, primero tranquila, pero al no obtener respuesta, el miedo la dominó. Con tono quejumbroso y desesperado, que era un lamento, gritó:
-¡Turay! ¡Turay! Pero el hermano no apareció. Con gran sorpresa de su parte, sintió que sus miembros se endurecÃan, que toda ella cambiaba de forma y su cuerpo se cubrÃa de plumas.
En pocos instantes quedó convertida en un ave cuyo grito lastimero se oÃa en la quietud de la hora. -¡Turay! ¡Turay! Y como recordando la orden que le daba de continuo, repetÃa:
-¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay! Desde entonces, este llamado, que es un doloroso recuerdo, un verdadero lamento, y que tal vez sea un grito de arrepentimiento, se oye al anochecer, cuando el cacuy se acuerda que fue una hermana cruel y perversa. Asà llama al hermano para pedirle perdón:
– ¡Turay!… ¡Turay Y vuelve a repetir como en otros dÃas: -¡Cacuy turay!… ¡Cacuy Turay!… Los que, al anochecer, oyen el grito de esta ave, se estremecen, pues creen escuchar el grito lastimero de una persona. Tal vez es su parecido con el gemido humano.
Fin
Referencias
El cacuy es un ave nocturna. Duerme durante el dÃa escondida en algún árbol y aparece cuando el sol se esconde. Tiene un aspecto desagradable.
Su cuello, grueso y corto, sostiene una cabeza chata, en la que se destacan los ojos muy grandes y una boca enorme. Para posarse busca el extremo de las ramas secas. El color de la corteza es como el del plumaje, pardo con mezcla de negro. Estirada sobre ellas, parece una continuación de la misma rama. En esa forma trata de pasar inadvertida y fuera de la vista de los cazadores. Hace el nido en los huecos de los árboles con pequeñas ramas y recubre la parte interior con cerdas. Su canto es un grito quejumbroso y muy fuerte que se oye a gran distancia.
Muchos lo confunden con el lamento de un ser humano. Esta forma de gritar: “¡ca… cuy! ¡ca… cuy!†ha originado el nombre con que la designan los pueblos de habla quichua. Los guaranÃes le llaman urutaú. En la Argentina habita las zonas Norte y Nordeste. En Tucumán y Santiago del Estero se supone que su grito augura cambio de tiempo. En Catamarca se tiene la creencia de que, al gritar, anuncia la proximidad de alguna colmena. Es un ave mágica, se lo llamó antiguamente Kakó Kokó y luego Kakuy por deformación. En Tucumán entre los Lules: Tarpuà – llox; en el Litoral: Urutaú – gueimiene; entre los JÃbaros: Aohó, y en las tribus Guaicurúes: Nabopena – ga-naga. Sus distintas formas de pronunciación se deben a las diferentes lenguas aborÃgenes. Su nombre cientÃfico es †Nyctibius Griseus Cornutus “.
| » | Total Cuentos: | 21.673 |
| » | Autores Activos: | 163 |
| » | Total Comentarios: | 11.740 |
| » | Total Votos: | 908.368 |
| » | Total Envios | 41.730 |
| » | Total Lecturas | 75.999.605 |