Siente el frío. Siente la oscuridad. Siente la soledad omnisciente y omnipresente. Resulta inevitable y hasta trágico. Un mundo que gira y una mente estancada. Una mente frívola e insensible; una vida que se pierde. Pase lo que pase; todo se convierte estático, inmutable e inmortal. Dichos que no dicen, sonrisas que no ríen sino que son inocentes y pícaras. Palabras que se desvanecen y pierden su sentido. Ya no puedo creer en eso. Ya no. Lo inconcluso y lo indefinido no me resultan atractivos sino que me hastían y me perturban. Dejar que el río fluya; dejar que el tren pase y no esperarlo nunca más. Nunca más… ¿seré tan fuerte?¿podré desechar todo lo que pensaba y todo lo que sentía? Debería. Debería hacerlo para reestablecerme y reequilibrarme porque me siento tambaleante como justo después de un fuerte golpe. Un golpe que asfixia; un golpe que mata. Un golpe del que quiero perderme. Escapar. Huir de esa rueda que tiene siempre el mismo ritmo y de la cual tan solo soy un ornamento. No hay lugar para mi cuerpo y para mi espíritu. De nada sirve pretender uno porque enferma y hiere. Mata al corazón y hiere a las palabras. Confusión y desaliento por esos dulces momentos que se deshacen con el tiempo y que pierden su sentido, si es que alguna vez tuvieron alguno. Todo pasa, todo se pierde con una entera rapidez y yo me encuentro estancada esperando la nada con el viento que entorpece mi pensamiento. Esperando por algo que no va a venir. Y me trastorna tener la certeza de que nada es cierto. Que no significo absolutamente nada. Todo es una ilusión volátil e inocente. Una ilusión que enceguece, una mentira que hiere; en fin, la nada que mata.