Se enfrenta a la vida nuevamente, a su decir, a su palabra hiriente, al querer correr la voz en un instante, para obviar de su ser todo lo que siente hoy y lo que sentirá mañana, en cuanto a él, a lo que es y a lo que esperó de la vida alguna vez.
Es un hombre que ha recorrido el mundo y sus paisajes, que se ve reflejado en la mirada de los seres que lo aman, que cultiva amistades que le inundan el alma de sensaciones nuevas, de lejanas campanadas, de historias conocidas pero que otros nombres guardan, de palabras al viento desechadas y que él entre manotazos al aire rescata.
Esta hambriento de amor, de ese amor que de la cotideaneidad te saca. Ese amor que pasa a forma parte de tu ser y de tus ansias, que te estremece defrío cuando se marcha y apura la hoguera cuando te habla.
Esta hambriento del amor que con una palabra puede dibujar tu mundo, tal cual pincelada y darle alas a la vida y a tus ganas. Pero no, no llega y la sorna de la espera es la única en golpear la puerta.
Esta ausente de él, de su mirada y perdido entre las brumas de su historia se halla. Alguna vez estuvo, paso por su morada, duro lo que un suspiro, pero acarició su piel y en su llama se fundió su alma.
A la esperanza se aferra, a esa continua necesidad suya de creer en algo, de no perderse en la amargura y la desesperanza, porque la vida no le juega bien sus cartas.
No se deja abatir ni por el temor a la soledad, que a veces se siente en los huesos, ni por el fantasma del fracaso, que le predice al oído, con el apremiante sonido de sus pasos, el vacío de sus manos... vacías de caricias que las acunen, vacías de un cuerpo al que aferrarse, pero llenas de sensaciones dormidas que anhelan despertarse.