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Categoría: Misterios

La sombra de Miguel Ángel

Todo comenzó en el año 33 de nuestra era. En vísperas de la muerte de Jesús, su madre, María, reveló al apóstol Pedro un secreto que tan sólo ella conocía, y que ponía en tela de juicio la naturaleza divina del propio Jesús.
La intención de María era que el apóstol, el predilecto de Jesús y por tanto el más destacado, le ayudase a divulgar dicho secreto entre los primeros cristianos; no obstante, Pedro traicionó su confianza y habló de ello a los demás discípulos. Tuvieron miedo de que la figura de Cristo se viera enturbiada por aquello, y con ella la Iglesia que debían fundar y la propia fe.
Vigilaron de cerca a María para que no osase decírselo a nadie más, mientras atraían a una banda de fanáticos para que asesinasen a todo aquel que supiese el secreto. Sin embargo, ella aprovechó un momento de descuido para elegir a un nuevo emisario, un hombre llamado Samuel de Ramallah, al que instó a huir.
Poco antes de su marcha, los apóstoles le descubrieron, y tras proclamarse “Custodios de la Santa Fe”, enviaron a los asesinos a darle caza, pero Samuel huyó rápidamente hacia el sur, a Egipto.
En la ciudad de Alejandría, conoció a Septimio Frontino, un legionario converso que había vivido unos años en Jerusalén. Le transmitió el secreto y el soldado, que acababa de licenciarse, tomó un barco con destino a Roma, poco antes de que los asesinos de “Los Custodios” llegasen a la ciudad.
Septimio Frontino eligió a un nuevo emisario, en espera del momento que había anunciado María: cuando el fanatismo de muchos cristianos y la persecución romana dejaran el camino libre, el emisario elegido en ese momento habría de divulgar al mundo aquella verdad sobre Jesús. Desafortunadamente, el fanatismo no flaqueó, y cuando la presión romana cesó fue precisamente para convertir, según el Edicto de Milán promulgado por Constantino el Grande, al cristianismo en la religión del imperio más poderoso de la Tierra.
Hubieron de esperar los emisarios por tanto más allá de la caída de Roma y los oscuros siglos de la Edad Media, pues la Iglesia cobraba cada vez mayor fuerza y crueldad. Los emperadores de Europa se arrodillaban ante los Papas, mientras los “herejes”, como los cátaros del Languedoc, eran aplastados sin remordimientos. Ningún secreto contrario a Jesús podría revelarse en aquel panorama de represión y miedo.
Sin embargo, la cadena de emisarios continuaba inalterable, protegidos por siete guardianes que comenzaron su servicio después de que Septimio Frontino eligiera a su receptor.
Llegó el siglo XV, y alguien eligió como emisario al renombrado artista Sandro Botticelli. Una fría noche de octubre de 1483, el pintor recibió en su casa una carta de Giovanni del Rosso, jefe de los centinelas. La misiva decía que los asesinos de “Los Custodios” habían logrado matar a sus compañeros en una emboscada, por lo que apremiaba al pintor a elegir un nuevo sucesor antes de que estrechasen el cerco sobre él. Botticelli reveló el secreto a su discípulo más estimado, Domenico Scalci, quien tiempo después, tras elegir al siguiente eslabón de la “catena” - como se había llamado a la sucesión de emisarios desde el siglo XII -, pintó una obra en la que daba pistas sobre el secreto en sí, y sobre la identidad de su sucesor, a quien también pidió que incluyera claves en uno de sus trabajos.
Scalci fue asesinado cuando regresaba de un viaje de negocios en Venecia, pero los asesinos no pudieron dar con el nuevo portador del secreto. Hacia 1500 la “catena” se rompió; ya no hubo más emisarios, los nuevos guardianes se limitaron a velar las obras de Scalci y su sucesor y los asesinos tuvieron que conformarse con vigilar a varios sospechosos, sin poder descubrir jamás a su objetivo.

Año 2009.

El sol penetraba a través de un ventanal tapado a medias por una cortina color café, proyectando una tenue penumbra en la estancia. Sentado frente a un escritorio repleto de carpetas y archivadores había un hombre de unos treinta y nueve años, con el pelo castaño y mirada melancólica. Se trataba del profesor Jorge Cáceres, arqueólogo e investigador tenaz, al menos hasta que aceptó aquella cátedra en la Universidad Complutense de Madrid. Exhausto tras horas de trabajo, decidió leer el correo. Había una carta de Italia, pero el remitente no le sonaba en absoluto. La abrió y comenzó a leer:

“Madonna e Bambino”, Domenico Scalci, 1494.

A veces los ojos atentos son capaces de ver incluso en la oscuridad más profunda.

Cáceres se sorprendió ante aquel misterioso mensaje, pero enseguida comprendió que se trataba de una invitación a ver el cuadro. Meditó durante un buen rato si hacerle o no caso, y finalmente encendió el ordenador que había en una mesa junto a la pared, y tecleó en Google el nombre de la pintura y el autor.
Apareció ante sus ojos una Virgen con el niño en brazos. Recordó que ya había visto el cuadro un par de veces antes, pero no le había dado demasiada importancia. Observó que el rostro de la Madonna era prácticamente idéntico al de la Venus que aparecía en “El Nacimiento de Venus” de Botticelli; hasta entonces sólo le había parecido una mera coincidencia, visto que Scalci era discípulo de aquél, pero después de recibir la carta ya no se planteó ni un segundo más ese supuesto.

- Veamos, Venus es igual a la Virgen…, y Venus es tradicionalmente el símbolo de lo femenino, representa a las mujeres – respiró hondo – Luego, la comparación nos dice que la Virgen María es una mujer, ¡claro! ¡Qué descubrimiento! Hasta el concilio de Nicea se creyó que era un ángel… Querrá decir que es una mujer extraordinaria, una diosa, se refiere a lo que dicen de ella los Evangelios…

Se encogió de hombros; seguía sin comprender aquella extraña invitación. Por un lado suponía que la pintura escondía algún mensaje, y por el otro no veía detalle alguno, siquiera el rostro copiado de Venus, que le diera pistas sobre dicho mensaje.

- Venus es la feminidad, y se le compara con María, madre de Jesús… Un segundo, si la feminidad en este caso se refiere a las mujeres tal cual son, con todos los atributos propios de su género, quiere decir…¿Qué la Virgen fue una mujer corriente y moliente?

Se levantó de un salto de la silla y empezó a dar vueltas por el despacho.

- La Virgen es una mujer como otra cualquiera, con sus virtudes y defectos, y…- en ese momento el corazón le dio un vuelco en el pecho - ¡sus necesidades! Según esto, la Virgen María, como toda mujer, hizo el amor para concebir a su descendencia, luego no es virgen.

Se volvió a sentar frente al ordenador. Se sentía acalorado.

- ¿Qué es lo que decía la carta? Que los ojos atentos ven en la oscuridad más profunda.
Observó el cuadro. En el lado izquierdo predominaban los colores ocres, dando sensación de oscuridad.

- La izquierda… No creo que Scalci eligiera este lado al azar. La izquierda también representa lo femenino - Amplió la foto al máximo, pero sólo se veía negrura junto a la Madonna. Quizás hubiera algo invisible a la vista oculto bajo las capas de pintura, pero para comprobarlo, debía ver el cuadro in situ.

Afortunadamente, la pintura se encontraba en un museo de Madrid, el Reina Sofía, así que se ahorraría tener que viajar. El resto del día lo dedicó a pasear por el parque del Retiro, tiempo que empleó para meditar sobre todo aquello. Acudió al museo poco antes de que cerraran y se dirigió directamente a la sala de vigilancia de seguridad. Uno de los guardas le debía un favor, puesto que un año atrás Cáceres había evitado que un conductor borracho le atropellase en Gran Vía. El investigador le explicó que tenía que inspeccionar el cuadro con una lámpara fluorescente y que para ello necesitaba que apagara las luces de la sala donde aquél se encontraba durante unos instantes. Le indicó el preciso momento en el que debía hacerlo y se marchó con paso acelerado.
Un escalofrío le recorrió la espalda nada más ver el cuadro. Echó un vistazo a su reloj. Vigiló los accesos a la sala para cerciorarse de que las pocas personas que quedaban en el museo no le molestasen, y a continuación sacó la linterna que había mencionado y un bloc de notas de un bolsillo. Instantes después todo quedo a oscuras.
Cáceres se aproximó al óleo y alumbró la parte “sombría” junto a la Madonna. No pudo contener una risilla nerviosa cuando de pronto aparecieron unos números donde antes sólo había negrura. Se apresuró a apuntarlos en el bloc, 2, 22, 16, 14, 1, 19, 19, 16, 21, 9, y se marchó de allí sin levantar ninguna sospecha.

Mientras caminaba por la calle pensó sobre el significado de la secuencia numérica, sin darse cuenta de que un misterioso encapuchado le estaba siguiendo. Había números que se repetían, y no parecía que hubiera un orden establecido, luego no se trataba de una secuenciación matemática… De todos modos si se tratara de eso, no sabría como afrontarla sin conocer a qué se refería exactamente. Después se le ocurrió que tal vez debiera sumarlos, o restarlos… En ese momento un coche se acercó a gran velocidad. Por una de las ventanillas asomó una mano empuñando una pistola, y se oyó un estruendo. Cáceres cayó al suelo, no porque hubiera sido herido, sino porque alguien le había empujado, apartándolo de la trayectoria de la bala. El coche se alejó sin detenerse, dejando al profesor tumbado sobre la acera. El mismo que le había salvado le ayudó a levantarse.
El profesor sólo vio un rostro borroso, oculto bajo una capucha negra.

- ¿Quién es usted?
- Un guardián – dijo el encapuchado con fuerte acento italiano.
- ¿Un guardián de qué?- quiso saber Cáceres
- Del secreto de María, el que usted está investigando.
- ¿Y los del coche?
- Asesinos, intentarán que el secreto no salga jamás a la luz.
- ¿Qué secreto? ¿Qué es todo esto? ¡¿Quién me envió la carta?!
- Tranquilícese profesor. La carta la escribió mi superior, el líder de los centinelas. Usted es el mejor en su campo, por eso le eligió. Debe ser usted el que desvele la verdad - El hombre echó un vistazo alrededor, y prosiguió - Siga las pistas, y no se preocupe de su seguridad, nosotros le protegeremos. Siempre lo hemos hecho.
- ¿Siempre? - repitió Cáceres - ¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto?
- Demasiado ya. Pero ahora por fin ha llegado el momento oportuno. Ahora váyase, no se pase por la universidad en unos días, tal vez le estén esperando los asesinos.

Y dicho esto, le hizo una reverencia con la cabeza y desapareció en la noche.

Aún sorprendido por tan inesperados sucesos, Cáceres llamó a un taxi y se fue a casa.

Esa noche fue incapaz de dormir. Para aprovechar el tiempo, se dedicó a descifrar la clave del cuadro. Como ya había pensado, sumó los números, y los restó, pero los resultados no tenían sentido alguno. Creyó luego que se trataba de coordenadas geográficas, pero todas las pruebas que hizo fueron en vano. Casi estaba a punto de darse por vencido cuando no se le ocurrió otra cosa que sustituir los números por letras, suponiendo que cada número representara la posición de un grafema en el alfabeto.

Cáceres se quedó pensativo, observando la hoja de papel que tenía ante sí. En ella había escrita una palabra que conocía bien: B U O N A R R O T I.

- Miguel Ángel – repitió para sí el profesor – La siguiente pista está en una de sus obras pero, ¿en cuál? Si al menos hubiera habido en el cuadro otra clave que me ayudara sobre esto… Será como buscar una aguja en un pajar – Hundió la cabeza entre las manos y resopló. Después adoptó la postura del pensador de Rodin, con el codo apoyado sobre la mesa.
- Tal vez no quisieron dejar más claro en qué obra de Miguel Ángel estaba la nueva clave porque consideraron que sería obvio. Debe ser por tanto un trabajo dedicado exclusivamente a la Virgen María y que destaque sobre los demás. Bien, según esto se descartan todas las obras sobre la Sagrada Familia y los frescos de la Capilla Sixtina. ¿Y los tondi de piedra con la Virgen y el Niño? No son una maravilla que sobresalga especialmente, así que esas también las descartaré.

No siguió pensando. Se levantó y fue a ver un rato la televisión. Así era él, apasionado pero a la vez mundano; cuando se sentía cansado o aburrido, ponía los pies en la tierra y se olvidaba de todo. A esas horas no emitían más que TeleTienda, así que puso una película que tenía grabada, el Retorno del Rey, y cambió en su mente Vírgenes y códigos secretos por orcos y valerosos guerreros. Se quedó dormido antes del final, y cuando despertó ya eran las 11 de la mañana. Tuvo una sensación extraña, como si todo aquel asunto de las obras de arte hubiera sido tan sólo una película de madrugada.
Llamó a la universidad para pedir un par de días libres, aduciendo que estaba enfermo, y se encerró en su estudio.

Meditó sobre las obras de Miguel Ángel que aún quedaban: varias esculturas de la Virgen con Jesús en distintos momentos del Evangelio. Una de ellas, por ejemplo, era “Virgen con el Niño”, que se hallaba en la Catedral de Brujas; pero obviamente como esa escultura había cientos por todo el mundo cristiano.
Sin embargo, pocas estatuas se habían hecho a lo largo de la historia sobre la Virgen y Jesucristo bajado de la cruz, y de esas las más célebres eran precisamente las de Miguel Ángel, las cuatro Pietá.

- Entre las cuatro que esculpió, la más importante es la de San Pietro – la imagen de ésta acudió a su mente, y se estremeció al recordar que en 1972 un perverso lunático había intentado destrozar la cara de la Virgen a martillazos, tras lo cual tuvieron que proteger la estatua con una mampara de cristal - Además es su obra más emblemática, si no contamos al David. Estoy prácticamente seguro. Miguel Ángel grabó la siguiente clave en la Pietá. Comprobémoslo.

Buscó en Internet imágenes de la escultura y eligió la más grande y de mejor resolución.
A continuación abrió un programa de tratamiento de imágenes en 3D que utilizaba a menudo en sus trabajos de investigación, y cargó la imagen en el panel principal.
Puso un poco de música y comenzó la búsqueda.
Colocó sucesivamente la imagen en distintas perspectivas, desde abajo, arriba, por detrás…, oteando con el zoom cada recoveco y pliegue de la escultura. Creyó de pronto saber dónde estaba la clave, y analizó palmo a palmo aquel punto; en efecto, en el vientre de la Virgen, símbolo de su descendencia, había otra secuencia numérica, tan diminuta y oculta que se escabullía a la simple observación. Acababa de hallar el próximo destino de su misterioso viaje.
La nueva secuencia no era una retahíla de números como la anterior, sino que se trataba de coordenadas geográficas, 45° 26' 2.50" N 12° 20' 19.89" E. Se apresuró a entrar en Internet, y en la barra de búsqueda de Google Maps insertó las coordenadas. Inmediatamente apareció ante él una maraña de calles y plazas, de las cuales destacaba una situada junto al mar. Un gran rótulo rezaba “Piazza di San Marco”.

- Venecia – masculló el profesor - La Basílica de San Marcos.

Estaba claro que en aquella ocasión la informática no le serviría de mucho, tan sólo para reservar un billete de avión a la ciudad de los canales.
Su vuelo saldría esa misma noche, así que mató el tiempo pensando en qué clase de pista se trataría esta vez.
Suponía, por sentido común, que quien la hubiera puesto tiempo atrás habría tenido en cuenta las dificultades que supone dejar la clave de una forma u otra. Por ejemplo, si se tratase de un nuevo código grabado en una estatua o pintura, habría sido embarazoso para el “buscador” tener que ponerse a registrarla en público, incluso delante de algún asesino de “Los Custodios”.
Por tanto, pensó que no le resultaría difícil llevar a cabo el nuevo descubrimiento.

A las nueve menos cuarto fue al aeropuerto y esperó unos treinta minutos para tomar su avión. El vuelo se le hizo muy largo, probablemente por el nerviosismo que sentía. Llegó a Venecia pasada la medianoche. Cogió una habitación en un pequeño hotel cercano a su destino y esperó al día siguiente.

Como un turista más, acudió al templo nada más abrir sus puertas y lo inspeccionó en busca de alguna imagen de la Virgen o de ésta con Cristo; encontró una en el presbiterio, junto a los Doce Apóstoles. Se acercó a ella y miró alrededor con disimulo. Nadie de los presentes le prestaba la menor atención. Entonces alargó la mano por detrás de la estatua y la puso en la parte de la base que sobresalía. Tanteó durante unos instantes y finalmente, como había imaginado, halló un punto “móvil”, diferenciado del resto. Levantó la piedra y descubrió un pergamino no más grande que un dedo, enrollado con un cordel.
Comprobó de nuevo si alguien se había percatado de su pequeña maniobra y salió tranquilamente de la iglesia. El fuerte contraste entre penumbra y claridad le hizo detenerse durante un rato hasta que sus ojos se acostumbraron a la segunda. El profesor se puso a caminar en dirección al hotel. De pronto sonó un estruendo detrás de él, y los turistas que pululaban por la plaza lanzaron un grito de espanto. Cáceres se dio la vuelta y vio a pocos metros a un encapuchado con la mano teñida de rojo. Al lado suyo había un revólver en el suelo.
Una voz gritó a lo lejos que corriera hacia la Laguna, y sin pensárselo dos veces, Cáceres obedeció. Otro estruendo cortó la calma de la mañana, y Cáceres vio a un segundo encapuchado, pero ataviado de forma distinta al otro, que corría hacia el extremo opuesto de la plaza.

- ¡No disparéis a los centinelas, disparad al emisario! ¡No debe llegar al embarcadero!

A esa orden, una bala rebotó en el suelo a escasa distancia de Cáceres. Otra pasó al lado y se perdió en el agua. Él no dejó de correr y por fin alcanzó una hilera de lanchas que se agitaban con el oleaje.

- ¡Suba, profesor! - dijo un guardián desde una de ellas - Apresúrese, antes de que los asesinos decidan tener buena puntería.

Cáceres se lanzó de bruces contra la popa de la lancha y el conductor la puso en marcha, alejándose de allí a toda velocidad.

- Permítame presentarme - dijo el guardián con una sonrisa – Mi nombre es Fabrizio Montolivo, jefe de los centinelas. Fui yo quien le envió la carta.

- Dígame, ¿en qué me han metido? ¿Por qué uno de esos tipos me llamo “emisario”?
- Porque lleva un mensaje, o al menos lo llevará. Otros han sido emisarios antes que usted, algunos célebres como Botticelli o Miguel Ángel, y otros no. Esos hombres juraron portar el secreto de María, pues eran fieles a ella. No como los Custodios.
- ¿Custodios? No he oído jamás ese nombre.
- Son los Discípulos de Jesucristo, profesor. Traicionaron a Nuestra Señora y reunieron a una banda de asesinos cuyos descendientes han perseguido durante siglos a los emisarios de su secreto, intentando eliminarlos a toda costa para que éste no saliera a la luz.
- ¿Usted conoce ese secreto?
- Ni siquiera yo. Sólo los miembros de la catena, que se rompió con Buonarroti. Los centinelas sólo conocemos la localización de las obras que contienen las claves.
- Pero usted sabía en qué parte del cuadro de Scalci se encontraba el código. Lo decía en la carta.
- Nunca he visto esa obra. El pintor dejó a Giovanni del Rosso, líder de los guardianes en aquel momento, instrucciones precisas que indicaban la transmisión a un futuro emisario de un acertijo sobre uno de sus cuadros.

Cáceres se mantuvo en silencio durante un rato. Después dijo:

- En Madrid sólo me atacó uno de los asesinos. Imagino que si ahora había más es porque falta poco para “la meta”. ¿Me equivoco?
- En absoluto. El pergamino es la última pista.

Montolivo detuvo la lancha y se volvió hacia el profesor:

- Estamos a salvo, de momento. Ábralo, y veamos de qué se trata.

El profesor desenrolló cuidadosamente el pergamino y lo compartió con Montolivo.

- Es un mapa de Italia – observó el guardián, señalando una gruesa línea con la forma de la bota itálica, y un punto rojo en la parte superior de la misma.
- ¿No sabe usted de qué lugar se trata? - preguntó Cáceres con extrañeza - Si ahí hay una clave, o el secreto mismo, ¿no deberían protegerlo sus guardianes?
- Profesor, ¿va a confiar en mí? Le vuelvo a decir que nuestra misión es proteger a los emisarios, y las claves que dejaron los dos últimos. Sabíamos que había una pista en Venecia, pero no que era un mapa. Así que también desconocemos a dónde conduce.

El investigador se mantuvo en silencio, y luego dijo:

- Olvídelo y centrémonos en lo que tenemos delante. El que hizo el mapa se tomó la molestia de escribir en el margen las coordenadas del lugar marcado. Necesitamos un ordenador. ¿Dígame, hay algún cibercafé o locutorio por aquí?
Montolivo asintió con la cabeza un tanto disgustado y se puso otra vez al volante de la embarcación.
Poco después llegaron a un pequeño local árabe y el investigador se abalanzó sobre uno de los ordenadores. Insertó las coordenadas del pergamino en la barra de búsqueda y al instante aparecieron las calles de una pequeña ciudad, y a un lado, un poco apartada, una ermita grande, desde la cual partía un Via Crucis en dirección al río de la zona.
Disminuyó el zoom para ver el nombre de la ciudad. Era Arezzo, a medio camino entre Venecia y Roma.

- Sea lo que sea lo que estoy buscando, está en esa iglesia - indicó Cáceres, mientras se levantaba de la silla - Signore, en marcha.

Se reunieron en el continente con el resto de centinelas y viajaron en tren hasta Arezzo. Cuando llegaron era ya de noche. La ermita, una antigua basílica romana reconvertida en las últimas décadas del Imperio les esperaba sobre una colina baja. Subieron por la sinuosa escalinata del Via Crucis y se detuvieron frente a una placa informativa que había cerca de la entrada.

Según ésta, la pequeña iglesia había servido durante la Edad Media como hospedaje a los peregrinos que desde Oriente viajaban a Roma, y mucho más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, las tropas norteamericanas la usaron como cuartel.
Cáceres se encaminó hacia la entrada seguido por los siete guardianes. Como era natural, a esa hora la iglesia estaba cerrada a los visitantes, por lo que tuvieron que forzar la puerta. Utilizaron linternas para orientarse en la oscuridad, pues temían llamar la atención si encendían las luces. Registraron el lugar y encontraron una pequeña escena de la Pasión con Jesús y la Virgen en el Retablo, y otra imagen de ésta en un lateral, junto a San Francisco de Asís. El profesor se acercó a esta última y la observó durante un buen rato.

- ¿Ha descubierto algo? - quiso saber Montolivo, de pie junto a él.

- Tal vez. Espere aquí.

Se dio la vuelta y caminó lentamente hacia la pared opuesta, sin dejar de mirar a la Virgen. De pronto se detuvo. Alumbró el suelo con la linterna y mentalmente dibujó una línea entre los ojos de la Virgen y donde él estaba. Bajo sus pies había una losa, decorada con una cruz. El suelo de la ermita estaba cubierto de tumbas casi por completo, pero aquella tenía algo poco común: la cruz estaba descentrada.

- El lado más amplio es el izquierdo - masculló Cáceres - Otra vez la feminidad.

Lleno de excitación, pidió a sus acompañantes que le ayudaran a levantar la losa.

- Bueno - empezó a explicar - No hay ninguna inscripción ni nada por el estilo que nos diga cuál es el secreto, pero después de seguir las pistas hasta aquí me atrevería a decir casi con total certeza que estos huesos pertenecen a…- Hizo una pausa. Los guardianes le miraban con una mezcla de solemnidad e impaciencia - Pertenecen a María, la Madre de Jesús.

Montolivo miró a la Virgen del Retablo y luego a los restos, y dijo:

- Entonces…, ese el secreto, que Nuestra Señora murió realmente y trajeron su cuerpo hasta Italia.

- Sí, pero en la primera pista, el cuadro de Scalci, había otra…

En ese momento se oyó ruido de frenos en el exterior.

- Los asesinos nos han encontrado. Centinelas, protejamos una vez más el legado de Nuestra Señora. Desenfundad.

Cáceres contempló con temor el desfile de los siete hombres hacia la colina, hasta que el último desapareció por la puerta. Poco después se oyó el primer disparo. Él se quedó un instante más delante de la tumba, antes de esconderse en algún sitio seguro. Aunque no era muy creyente, se arrodilló, conmovido por el hallazgo. De repente sintió la suave brisa de la noche, acariciándole la cara. Echó un vistazo a la puerta, pero estaba cerrada, y las ventanas estaban cubiertas por cristaleras. Así que, ¿de dónde venía esa corriente?

- Dios mío, hay una fisura en uno de los lados de la tumba. El aire viene desde abajo y se cuela por ella. Tiene que haber una habitación o algo debajo de la ermita.

Cogió un hueso largo e hizo palanca hasta que el fondo de la fosa cedió. Por el hueco vio un suelo de baldosa.

- Entonces estos huesos no son de María. Sólo era una tapadera.

Bajó de un salto al piso inferior y echó un vistazo alrededor. Las paredes estaban decoradas con frescos del evangelio y figuras de soldados romanos, y en el centro había un sepulcro de mármol y la estatua de un hombre barbudo junto a él.
El profesor se acercó a ésta y vio que se trataba de San José, a juzgar por las herramientas de carpintería que colgaban de su cinto. Luego se inclinó sobre el sepulcro para leer la inscripción en latín que tenía grabada:

“María tomó a su esposo y éste le dio un hijo que los Profetas habían anunciado como el Redentor, Dios hecho carne, que habría de morir en la Cruz para salvar al mundo de sus pecados”.

- Esto echaría por tierra la creencia de que María no murió, y que concibió a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo. Afectaría a la fe de millones de personas. Aunque fuera el deseo de la propia María el revelar que había tenido una relación carnal con José para engendrar a Jesucristo, no creo que sería bueno para nadie que lo divulgase.

Observó el cielo estrellado a través de un pequeño conducto de ventilación y prosiguió:

- Creer que María era Virgen, y que no murió no hace daño a nadie, pero como ya he dicho antes, sí lo haría propagar la idea contraria. No se lo diré a nadie. Espero que los centinelas comprendan mi postura.

Volvió a arrodillarse y después abandonó la estancia por un estrecho pasadizo que le condujo hasta el río. Regresó a la colina, donde encontró a los siete centinelas y otros tantos asesinos muertos o agonizantes.

- Profesor - llamó Montolivo - Mis hombres han…han muerto, y yo ya estoy llamando a las puertas del Cielo. Pero al menos hemos derrotado a nuestros enemigos para siempre. Ya no hay asesinos que le persigan, así que divulgue el secreto. Cumpla la voluntad de Nuestra Señora. Sino todo habrá sido en vano.

- Se equivoca, usted va a morir por una creencia, por la fe que tiene en María. Imagínese que pasaría si millones como usted conocieran la verdad. Esa fe quedaría destrozada. Lo siento, pero ya lo he decidido. El secreto se irá conmigo a la tumba.

Montolivo cogió la pistola que había a su lado y la levantó contra el investigador.

- ¡Pues irá ahora! - sus ojos denotaban cólera. La mano le temblaba, pero si disparaba no fallaría el tiro.

Súbitamente apuntó hacia el cielo y disparó. Cáceres sintió un escalofrío al oír el estruendo. Ya había asumido que le mataría.
El jefe de los guardianes murió un instante después. Cáceres le cerró los ojos con delicadeza y se alejó de allí en medio de la oscuridad.

FIN
Datos del Cuento
  • Autor: ruben
  • Código: 21213
  • Fecha: 21-06-2009
  • Categoría: Misterios
  • Media: 5.08
  • Votos: 74
  • Envios: 0
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