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La receta

El día amaneció gris y silencioso. Parece que va a nevar -me dije, mirando el paisaje, desolado como siempre. Adentro el arbolillo se veía patético, desnudo aún. Quise olvidar dónde estaba, fechas, celebraciones. Me sentía infeliz, pero la voz de mi hija quebró mi desánimo. ¿Vamos a tener cena esta noche? -preguntó con algo de timidez. -No sé aún- murmuré en voz baja -no tengo ganas de nada. Ni siquiera lo hemos conversado con tu padre -agregué. -Justamente por él debiéramos hacer algo. Las dos últimas Pascuas no las pasamos juntos. Recordé la separación obligada de los dos últimos años: uno de nosotros en el exilio, otros dos en prisión, yo en la soledad más absoluta.

Suspiré resignada y un poco a regañadientes me decidí a preparar ese "algo". Me puse a buscar en las maletas mi ajado recetario de cocina. Al fin lo encontré. Allí estaba lo que quería.

Leí: Póngase a hervir un litro de leche con especias y azúcar al gusto -mandaba la receta. Tenía la leche -descremada e insípida- pero no las especias. ¿Dónde conseguirlas? El mercado estaba lejos, yo no tenía dinero y había empezado una gran nevazón. Si estuviera en Chile habría recurrido a mi vecina Alicia, pero no estaba en Chile. Y mi vecina del departamento B era una chinita que aún no hablaba inglés. La libanesa del D tampoco. Yo, menos.

La leche estaba hirviendo ya. Afuera la nieve caía hermosa e inclemente. Saqué la olla del fuego. Volví a la receta. Agréguese el café disuelto en un poco de agua- dictaminaba. No tenía café, se había terminado al desayuno. Tendría que esperar que mi marido volviese con dinero de su trabajo. Desalentada, seguí buscando en tarros y cajas. Para sorpresa mía, encontré un par de sobrecillos del horrible café que toman los soñolientos clientes de un McDonald's del barrio y que yo había guardado como souvenir unos días antes.

Pensando en que el destino me estaba forzando a seguir en la preparación del brebaje, continué con la receta.Revuélvase con cuchara de madera. Eso sí tenía, me la habían regalado junto con otros cachureos las monjas de la Casa de Acogida a los Inmigrantes. Revolví. Probé. ¡Horrible! Me había olvidado del azúcar al gusto. Se la puse, avara. Y ahora, ¿qué? Seguí leyendo los imperiosos, dictatoriales términos con que se redactan las recetas de cocina. Por asociación recordé los decretos de mi exoneración y el de expulsión de mi marido. Deseché el recuerdo. ¿Qué más haría? Bata. Deje enfriar. Cuele, incorpore una yema de huevo, si gusta. ¡No! No me gusta- pensé con ira. Es que no me gustan las órdenes -menos las militares. Estaba harta de escucharlas -allá- en los bandos que la prensa complaciente reproducía. ¡Ah! Tampoco había huevos. Seguí leyendo.

Una vez fría la mezcla, agregue el aguardiente de 50°, ojalá sea de Doñihue, decía burlona la receta. Suspiré desalentada -otra vez. ¿Dónde conseguir algo semejante al aguardiente aquí en Canadá? Ni soñar en seguir con la receta. Pero el nombre del pueblecito de la zona colchagüina -Doñihue- me hizo viajar en volandas en el tiempo y el espacio... Doñihue, Colchagua, Chile...

Decepcionada, guardé todo esperando el regreso de mi marido. Quizás apreciara mi buena intención.

Cuando le conté de mis fracasados propósitos, él se empeñó en una frenética búsqueda de algo -le habían contado- que se parecía al aguardiente. Era alcohol puro, bebestible. Lo encontró en un pueblecito vecino a Ottawa.

Esa noche, alrededor de la mesa decorada con algunas adquisiciones obtenidas en restoranes y cafeterías, tuvimos nuestra primera cena de Navidad en el exilio. Era una pobre cena, en verdad. Pero mi mayor orgullo era la gorda botella de cerámica que, en el centro de la mesa, esperaba nuestra aprobación conteniendo el más estrafalario cola de mono made in Canada que nadie pudo haber hecho.

En tanto, la nieve seguía cayendo suave. Adentro la luz de las velas daba el toque navideño a nuestra cuasi felicidad.
Datos del Cuento
  • Categoría: Hechos Reales
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