LA NACION DE TRENES DE MONTEFAREL.
El viudo de Montefarel se quedó a vivir en una ciudad pontifical abandonada desde que una lluvia de pájaros muertos tapizó los empedrados y taponó las alcantarillas. Después los murciélagos y las telarañas establecieron su reino en los capiteles, las gárgolas y los ventanales.
-La mierda de pájaro es buena para que no se apague la memoria- dijo el viudo de Montefarel cuando se negó a cargar sus cosas más indispensables en los ochenta y siete trenes de góndolas, plataformas y jaulas que el gobierno central habÃa mandado para el éxodo más grande que se haya tenido en el paÃs; aduciendo que no tenÃa porqué obedecer la orden de una gobierno republicano porque él era sinarquista de los buenos.
Durante el viaje de sus conciudadanos sucedieron encuentros y desencuentros, nacieron ciento catorce niños entre la paja de las jaulas del ganado; se puso en marcha el sistema del trueque para hacerse y deshacerse de cosas tan distantes como una caja de chocolates de Roché contra una paca de alfalfa para la vaca Isabelita o un juego de cucharas y cuchillos franceses contra una hora de conscupicencia en el cabús.
El viudo de Montefarel, aparte de escoger los pájaros más comestibles, tuvo como principal actividad el enviar los ochenta y siete telegramas de “Sin novedad en su casa. Saludos†que en los ochenta y siete trenes acudÃan con horario religioso a escuchar el mensaje todos los dÃas mientras surtÃan de agua a las locomotoras.
El las estaciones por donde iban pasando, la gente les saludaba con estandartes de la vela perpetua y los pendones de la última pasada del obispo y hasta arrojaban flores de narciso en la marcha de los trenes y les decÃan adiós agitando pañuelos en las manos, pero todo ello tras las alambradas que los vecinos colocaban en corredor a lo largo de la vÃa y más bien acudÃan a cerciorarse de que nadie se bajara de los trenes y se quedara entre ellos sembrando en sus pueblos la semilla que hacÃa caer a los pájaros muertos sobre los tejados y las calles.
En el viaje, las primeras plantaciones de tabaco fueron cambiándose luego por llanuras de pasto y matorrales, después continuaron por unos bajÃos que tenÃan unos ojos de agua con tortugas enormes que levantaban la cabeza al paso de los trenes con un sonido de corneta plañidera por varios dÃas hasta que fueron adentrándose en un desierto entre recovecos de sábanas blancas extendidas en las dunas para atrapar el rocÃo de las madrugadas; luego un paisaje de ahorcados sinarquistas colgados de los postes del telégrafo y después en el dÃa cuarenta y siete el telegrama del GeneralÃsimo José MarÃa de Promounett que les ordenaba detenerse en el cañón de Ahuichila y refundar ahà la nueva ciudad de la esperanza.
El telegrama fue sometido a votaciones en los ochenta y siete trenes teniendo como resultado el acuchillamiento de los maquinistas y tomando el mando los muchachos de la ciudad abandonada que ya se habÃan enseñado en el manejo de las máquinas, en la misma junta se creó la brigada de los fogoneros y los celadores del buen orden de los trenes, luego se efectuaron elecciones desde jefe de plataforma hasta superintendente de tren y el comisionado ciudadano que dirimÃa en las peleas por el pescado seco, porque me miró feo, porque le anda coqueteando a mi marido, porque me robó tres cuarterones de maÃz, porque rompió la matita de jitomate, porque no deja dormir con su gramófono, porque es un tahúr jugando a la loterÃa, porque escribe propaganda subversiva.
Asà escribieron y leyeron el bando solemne que donde se constituÃa la soberana, laudable y venerable nación de los trenes de Montefarel que comprendÃa todo el pasillo de la vÃa hasta diez metros de ancho en las estaciones y hasta veinticuatro en tierra abierta. Una nación organizada con sus grupos de leñadores, cazadores de liebres, vigÃas de la noche y del dÃa, visitadoras del cabús, el equipo de beisbol del alma rielera y siguieron felices con su república itinerante descubriendo paisajes, haciendo llorar a las tortugas con su paso, agujerando los túneles e inundándolos con el eterno humo de las locomotoras de leña y de frijoles cociéndose, pensando que el mar se abrirÃa para darles paso, cosa que no ocurrió jamás, entonces bordearon las aguas apagando el canto de las sirenas con mugidos de vacas y villancicos navideños y con la eterna cantaleta de que habrÃan de llegar a la tierra prometida.
Cuando el gobierno central les preparaba una emboscada antiindependentista con rampas de frenado de trenes en los llanos del barreal de San Juan de Guadalupe, fueron avisados a tiempo por los vigÃas exploradores y entonces decidieron cambiar el rumbo de la vÃa para continuar con su viaje de hacer y deshacer el camino que habrÃa de llevarlos lo más lejos posible de la olvidada ciudad pontifical de los pájaros muertos, mientras observaban el tedio verde de los bosques donde reponÃan los durmientes y los postes del telégrafo a los que les iban empalmando el cable que iban desclavando sin cortar de las rutas antiguas y que los mantenÃa unidos al viudo de Montefarel con sus infaltables telegramas de todos los dÃas.
Asà siguieron por las vÃas, hasta que comenzaron a perder la cuenta de los dÃas por un páramo que les amanecÃa con el mismo paisaje de los dÃas anteriores, hasta que resolvieron preguntarle dónde estaban a la primera persona de una cuidad o pueblo que se les atravesara en el camino. Al sexto dÃa descubrieron una figura humana junto a una ciudad de cúpulas y de conventos, entonces tendieron las vÃas con rapidez hasta que llegaron a una estación donde un hombre con dientes de sangre de pájaro manipulaba el percutor del telégrafo firmando como el viudo de Montefarel.
LAUROADAME