Tal vez alguno de los lectores ¡no todos a Dios gracias! se extrañaran del tÃtulo de esta historia que los ancianos acostumbraban referir, y quizá, un poco molestos,mascullarán entre dientes:
\"¿ Y a que nos viene,escritor,con tan insólito epÃgrafe? ¡De misas y agua bendita, en este siglo de viajes a la luna-les escucho concluir muy enojados, estamos hasta la coronilla y la pared vecina,no vemos señor escritor, la utilidad de su detestable articulejo!\"
No sulfuraros asà caballeros, que no os escribiré, como creo equivocadamente pensáis, sobre la alegre misa de Navidad con sus inocentes villancincos,atabales, panderetas, silbatos, trinadores y multicolores lucesitas de ilusión; no de la de año nuevo, tan hinchada de esperanzas para el incierto porvenir; no de la de Pascua de Resurreción, ni mucho menos de aquella otra que jamás escuchasteis ni yo tampoco, que cada año, el 24 de setiembre, a medianoche, celebran los reverendos padres mercedarios, hijos de San Pedro Nolasco a puertas cerradas para evitar que las bendiciones del altÃsimo se volcasen sobre el pueblo pecador, recordando la fundación de su orden celestial y militar. ¡NO! Señores, otros bemoles erizan este humildÃsimo titulillo.
Me propongo escribir sobre otra misita singular, acaso única, a la que vosotros, incrédulos amigos, tendréis que asistir para alcanzar del cielo el perdón de los pecados. En todo caso, pensad lo que mejor querais, os aconsejo ir a la igleisia los dias de precepto y una que otra vecesita durante la semana, pues, de lo contrario, os veré en misa de medianoche con la cara compungida echando asquerosa baba. Pero punto final a las admoniciones que es tiempo de presentar la narración.
Y bien, muy amados lectores, la vÃspera de aquel lunes de mil setecientos y tantos, el abnegado sacristán, don Calixto Candelario no recuerdo bien si de los monasterios de Santa Rosa, Santa Teresa o de Santa Catalina, habÃa pasado un dÃa agÃtadÃsimo entregado al cumplimiento de sus obligaciones, tales como barrido del sagrado recinto, limpieza y adecuada colocación de bancas, reclinatorios y confesionarios, cambio de flores en los altares, elección de ornamentos para los oficios divinos, preparación de vinajeras, clamoreo de campanas, acolitación de misas rezadas y cantadas, recolección de limosnas, engalanamiento de andas para las procesiones dentro y fuera del templo, recitación de ininteligibles letanias en latÃn y de kilométricos rosarios, música sacra y polifónica al órgano, canto gregoriano, encendido y apagado de botafumeiro y cirios, etc,etc,...,que fatigado por el abrumador trabajo, abandonó la iglesia ya muy entrada la noche.
Metido en las cobijas el sacristán no tardó en dormir profundamante. Mas, a poco de conciliar el sueño, se despertó sobresaltado, al escuchar que las campanas llamaban insistentemente a misa.
¡Qué veloz transcurrió mi descanso! Si apenas me pareció un suspiro, o algo más breve aún se dijo, completamente malhumorado. No bien comienza uno a descansar que, nuevamente , se ve precisado a regresar al templo. Esto no puede continuar, ¡que endemoniadas y molestas son estas monjitas mojigatas! Si la voluminosa superiora prosiguió, decididamente colérico (que es muy rica la tal majestad) no aumenta mi estipendio, le hecho el puesto en las sacratÃsimas narices. No faltaba más ¡Qué desconsideración la suya!¡Qué abuso!...
Empero, después de sosegarse y de reflexionar y sintiendo siempre el alocado tintinear de las campanas, saltó de la cama, se vistió apresuradamente y se lanzó a la calle, en dirección del sagrado recinto.
Afuera, la noche cubrÃa las viejas calles y las casas con espesas sombras casi materiales...y la misteriosa quietud de los seres inanimados, despertándose de súbito, insinuaba sonidos largos,¡FÚNEBRES!.....Entonces un mundo inconcebible se animó en la oscuridad impenetrable,infundiendo pavor...y hasta el lejanÃsimo centellear de las estrellas causaba pánico....Esque la noche, lector,es la vida de lo yerto, el supremo resorte del misterio...¡LA REVELACIÓN DE LA MUERTE!
En aquella hora, el sacristán, atenazado por mil conjeturas, escalofriantes, caminaba velozmente. Su corazón, minutos antes sosegado, palpitó con violencia casi salvaje, no llegando a comprender el porqué de aquel inexplicable repicar, y no obstante su inquietud experimentó vaga alegrÃa,cuando, al fin, perdida entre las sombras, contempló la iglesia de sus ansias. Entonces aceleró los pasos, pero ¡oh! sorpresa, cuando se disponÃa a introducir la llave en la vieja cerradura, vio, espantado, que las puertas del templo estaban abiertas y que una muchedumbre incontable, inmóvil y devotamente recogida, frente al altar profusamente iluminado, hacÃa oración en medio del más completo de los silencios....En ese instante los bronces enmudecieron por una mano invisible...y el silencio se hizo sepulcral.
¡La misa Dios mio!¡ La misa no puede tardar y no hay nada preparado!, pensaba preocupado, a la par que casà corrÃa en dirección de la sacristÃa para disponer lo necesario. Pero mientras se aproximaba a la portezuela del comulgatorio,un venerable sacerdote, jamás visto por él, avanzaba hacia el altar, y no sabiendo que hacer, cogió apresuradamente el grueso misal y se coló tras el desconocido celebrante.
Ya frente al altar el sacerdote se santiguó con lenta gravedad y comenzó la misa, mientras los fieles siempre inmóviles y con los rostros reverentes, seguÃan fervorosamente el sacrificio.
Aquella misa fue un modelo de edificación. Todo en ella, hasta el más mÃnimo detalle, exteriorizó devoción y recogimiento. En verdad,lector, algo misterioso trasuntaba de la sagrada función,algo que la mente sencilla del sacristán no alcanzaba a comprender.
Terminado el oficio, cuando el sacristán se acercó al sacerdote para alcanzarle el bonete, sintió que la vida se le escapaba,pues el celebrante no era ya el mismo anciano a quien habÃa visto antes, sino un crujiente esqueleto repulsivo,revestido de ornamentos....¡La imágen de la muerte en todo el horror! Más su pavura se hizo mayor, cuando al retirar, sobresaltado, los ojos de la macabra visión, notó que la feligresÃa habÃa desaparecido sin hacer el mas leve ruido. Entonces, no pudiendo sobreponerse al espanto, cayó de bruces, falto de conocimiento.
¿Cuánto tiempo permaneció en el piso de la iglesia desmayado el sacristán? No lo sé lector, no lo sé,pero si os pica la tarántula de la curiosidad id a la plaza de armas y preguntádselo al tuturutu(estatua que corona la pileta principal de la plaza de armas de Arequipa), él sabe como el padrenuestro los detalles del drama. Sólo me consta, y lo afirmaré hasta el dÃa de mi muerte, que en llegada la aurora y con ella los esplendores del radiante amanecer,las monjitas al subir al coro pusieron el grito en el cielo,al encontrar encendidos los cirios en el altar. Entonces,bajaron atropellándose para averiguar la causa de las luces.Más, no bien comenzaron a invadir desordenadamente la iglesia,quedaron paralizadas al contemplar en el suelo inanimado al sacristán.
Hácese difÃcil describir el pavor que las santas mujeres experimentaron a la vista de la nueva sorpresa. Y la superiora, para tranquilizar a las monjas como para hacer presente su autoridad, exclamó en voz alta:
¡Castigo de Dios! ¡Castigo de Dios, hermanas!.Este hombre, ¡oh, el desgraciado sacrÃlego!, intentó sustraer nuestros tesoros, las reliquias verdaderas y las falsas. Ya veis, hermanas, al señor puso la mano y lo castigó con la muerte. ¡Castigo de Dios! ¡Castigo de Dios!.
Luego, la superiora, observando débil atisbo de vida en el sacristán y deseando saber lo sucedido le reanimó con agua bendita y supo la verdad.
-¡Dios mio! ¡Dios mÃo, perdón! Exclamó la superiora; inconsolable, ¡Qué horribles juicios alentó mi corazón. Este hombre, nuestro abnegado sacristán, es inocente. Olvidad, ¡oh hermanas mi pecado de caridad cristiana. Todo fue, él me lo dijo, el pobrecito, una misa de medianoche para las almas que en vida incumplieron el precepto dominical o lo cumplieron a medias.
Y seguidamente añadió:
-Al coro, al coro, mis hijitas, y a seguir con devoción el Santo Sacrificio; de lo contrario, ya sabéis, os veré en misa de medianoche.
Y para concluir agrego yo:
-Y vosotros escépticos lectores, a misa también que no es agua de borrajas ni humo de pajas cuanto escribà aquÃ. ¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!
este cuento yp ya lo habia leido mucho antes en otra pagina no te havras copiado o si