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La manzana y el gusano

Había una vez un gusano que vivía en una hermosa manzana, la más sabrosa y grande del árbol más bonito de todo el vergel. Todos los demás gusanos envidiaban al compañero que había conseguido aquella hermosa pieza de fruta.

El gusano se sentía muy orgulloso de su manzana y no quería compartirla con nadie, y eso que sus hermanos gusanos insistían en vivir con él. 

-Esa manzana es muy grande para ti solo. ¿Podrías compartirla con nosotros? -le decían sus hermanos gusanos.

-De eso nada -respondía él-. Buscaos otra manzana.

-Pero todas las buenas están ocupadas. Además, la tuya es la mejor -decían-. Compártela, por favor, que hay para todos.

-Cierto, mi manzana es la mejor -presumía el gusano-, pero es mía y solo mía. Si no encontráis manzana para vivir, iros a otra parte.

Un día, el dueño del vergel hizo la cosecha. Una a una, con mucho cuidado, fue colocando las manzanas más bonitas en un gran cesto para venderlas en el mercado. Al verlo, todos los gusanos abandonaron sus casas, todos menos el que vivía en la manzana más hermosa y sabrosa de todas.

Ya en el mercado, el gusano asomó tímidamente la cabeza. Estaba elaborando un plan para escapar con su manzana cuando sintió que se movía. El gusano escondió rápidamente la cabeza.

-Deme dos kilos de esas manzanas, por favor -oyó decir a una mujer-. Y no se olvide de incluir esa grande de ahí.

Cuando el gusano volvió a sacar la cabeza se encontró en un gran frutero con otras manzanas, algunas peras, un par de plátanos y varias ciruelas. Pero no tuvo tiempo para investigar, porque enseguida oyó pasos y se escondió. Alguien cogió la manzana y la lavó. El agua llegó al interior de la manzana.

-¡Qué buena pinta tiene esto! -dijo la misma mujer que había comprado la manzana-. Me la voy a comer ahora mismo.

La mujer se disponía a darle un buen mordisco a la manzana. Olvidando el miedo, el gusano salió por el agujero con la intención de darle un buen susto a aquella mujer. No estaba dispuesto a dejar que nadie destruyera su casa.

-¡Vaya, un gusano! -exclamó la mujer-. Esto sí que no me lo esperaba yo.

Sin dudarlo, la mujer cogió un cuchillo, partió la manzana por la mitad y cada parte en dos más y se deshizo del trozo donde estaba el gusano. Así el gusano acabó en el cubo del compost y, con el tiempo, volvió al mismo vergel del que había salido.

-¿Qué ha sido de tu hermosa manzana? -se burlaron algunos de sus hermanos gusano. El pobre gusano no sabía qué decir.

-No te quedes ahí solo, yo compartiré mi manzana contigo -le dijo un pequeño gusanito que se había instalado en una manzana casi tan bonita y sabrosa como la que el recién llegado tenía antes.

El gusano agradeció el gesto de su amigo y aprendió que las cosas buenas de la vida son mejores cuando se comparten. Además, el gusano le enseñó a su compañero todo lo que sabía sobre manzanas, sin olvidarse de la lección más importante que había aprendido tras su última aventura: saber marcharse a tiempo. Porque aferrarse a las cosas que hay que dejar marchar no soluciona nada. Al fin y al cabo, hay muchas más manzanas en el árbol, pero solo si dejas marchar a la tuya cuando sea su hora tendrás la oportunidad de descubrir las otras maravillas que te esperan.

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