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Categoría: Terror

La hora

Hoy me enteré que murió el loco. Y los recuerdos se me juntan. Me apasionó mucho el terror del asunto, por eso demoré en descubrir el porqué.

Sentí el silencio y el grito la vez que fui a pescar al arroyo Negro. Fue el año pasado, por semana Santa. Tenía una semana de vacaciones en la fábrica y quería estar solo y pescar. Así que me fui en el colectivo hasta el pueblo de Borges y de allí un carro me acercó a la estancia de la tía Isabel, que vive sola con el viejo en un rancho cerca del arroyo Negro.

Llegué un martes al mediodía, y esa misma tardecita preparé la caja de pesca. Don Lucas se ofreció a acompañarme, para que no entrara solo al monte. Pero estaba viejo, lo hacía por pura cortesía, y además a mí me gusta pescar solo a la noche. Me metí en el monte con la caja de pesca y un revólver que don Lucas insistió mucho que llevara.

Me gusta pescar, me gusta la noche, y estar solo. Me atraen esas situaciones que significan miedo para mucha gente, a mí me da placer. Pero lo sucedido a la noche habría hecho morir de terror a cualquiera. Y tengo que confesar que tuve miedo.

Me acomodé en un tronco caído cerca de la orilla y tiré las líneas. Al rato pesqué dos o tres bagres y me comí un pedazo de pan con asado frío. Esa noche había luna, no tuve que prender el farol. Y unas horas después empecé a sentir miedo. Lo primero fue una especie de alerta, algo estaba pasando. Dicen que con el miedo en la noche los ruidos y las cosas crecen y se hacen extraños, insoportables. Pero el monte seguía como siempre, el río manso e iluminado por la luz de la luna. Aquello no eran ruidos comunes exagerados o ruidos extraños; no había ruidos.

No me di cuenta cómo empezó, pero me alertó la falta de ruidos. No había viento, los ruidos de pájaros, o de insectos, esas cosas comunes en el monte habían desaparecido completamente, bruscamente.

Moví suavemente mis dedos sobre la línea y me di cuenta que no estaba sordo. Alguna vez escuché que cuando ronda un felino los animales se callan, así que agarré el revólver y esperé atento. Pero hasta el río había suspendido esos ruidos de peces rozando la superficie. Acostumbrado a no tener miedo, pensaba que no era algo lógico, y cuando miré la luna como buscando la explicación sentí que toda la piel se me erizaba con un frío de muerte.

En el silencio del monte sonó un grito desgarrador, como de herida o de muerte, un grito humano potente, casi un llanto; que me dejó paralizado. Al mismo tiempo que el monte, el río, todo comenzaba a tener ruidos normales. Esperé sentado con el revólver en la mano derecha, cuando sentí un tirón en la mano izquierda, y un susto parecido hasta que me di cuenta que tenía un pescado en la línea. Pasé la noche sentado sin poder moverme hasta que el día clareó y me fui al rancho.

Cuando les conté a los viejos, sonrieron. -Es el loco Cacho, -me dijeron. -Anda suelto por el monte. La gente le tira comida, pero no es peligroso.

-¿Y el grito?, -pregunté.

-Anuncia el fin del día y el comienzo del otro. Grita a las doce.

-Bueno, eso lo entiendo. ¿Y el silencio del monte?

-Lo mismo, anuncia el fin del día, -dijo don Lucas.

-Perfecto, el loco grita a medianoche, -le dije, -pero los bichitos del monte, ¿cómo se enteran?

-No sé, -dijo don Lucas, -pero así pasa siempre.

-¿Todos los días?, -pregunté.

-Sí, -me dijeron.

Dormí la siesta y a la tardecita me metí en el monte con el revólver. Caminé sigilosamente, ocultando huellas, y cerca del arroyo me subí a un árbol a esperar.

Cuando estaba cerca la medianoche se hizo el silencio. No quise mirar la hora, por si el loco andaba cerca. Y cuando llegó el horrendo gemido, esta vez a lo lejos, miré el reloj; eran exactamente las doce, y luego todo volvió a la normalidad.

Convencido de que todo tiene una explicación a la mañana busqué al loco Cacho. Don Lucas me contó que Cacho siempre duerme en el monte cerca de la casa de ellos porque los viejos no tienen perro. Pero de día se iba a las chacras vecinas, y allí le tiran comida.

Me subí a un caballo y salí. No tuve problemas para identificarlo cuando lo encontré caminando solo en el campo. Sucio, con cara de bobo me miró y me sonrió.

Le pregunté varias cosas, pero solo pronunciaba un -"ah", -salido de una garganta reseca por la boca abierta y la saliva cayendo fuera. Y un detalle particular.

Don Lucas me decía; -siempre grita a las doce. Mirando al loco Cacho me di cuenta que no tenía reloj. Y le revisé los bolsillos con el treinta y ocho en la mano, pero el loco solamente sonreía. Dos noches más volví al monte buscando la explicación. Pensaba: -así como yo a las seis me despierto sin necesidad de despertador; el monte y sus bichos se hubieran acostumbrado a hacer silencio a la hora del grito del loco Cacho. Pero no le encontré explicación y llegó el día de irme.

El sábado no fui al monte, preparé las valijas y tomé mate con los viejitos antes de ir a dormir.

A las doce menos cinco, el viejo le dijo: -vieja, es la hora.

Doña Isabel apagó la televisión, y cuando iba a la llave de las luces yo le pregunté: -¿Qué va a hacer, tía?

-Apago todas las luces para que termine el día, cuando pasan las doce prendo todo para que empiece bien.

-Improvisando con agilidad le dije: -espere, su reloj debe estar adelantado, yo le aviso. Mi reloj marcaba las doce. A las doce y cinco le dije; -ahora, tía, ya va a ser las doce.

En la oscuridad escuché al loco.
Datos del Cuento
  • Categoría: Terror
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