Era la mujer más encantadora y maravillosa que se había cruzado en su vida. No hubo un instante desde que se conocieron en que no se sintieran a gusto, una sensación que ninguno de los dos había sentido antes. Era como haberse buscado toda la vida, cada uno por caminos diferentes y de repente se habían encontrado sabiendo desde ese instante que eran lo que ambos habían buscado desde siempre.
El primer día que se conocieron hablaron de todo como si supieran de antemano que el otro estaría en la misma onda, que lo entendería. Es más, supieron transmitirse emociones y sentimientos que no se dicen fácilmente cuando no existe esa especie de comunión, química dirían otros, entre ambos. En algunos momentos, o en muchos más bien, hasta llegaban a jugar como dos adolescentes a juegos inocentes pero llenos de significado, de complicidad, de picardía incluso.
Pronto aparecieron otros sentimientos que les fueron llenando el cuerpo y el corazón, que les hicieron ver la vida con ilusión, con esperanza, con deseos de vivirla juntos lo más posible.
Pasaron un verano de ensueño a pesar de no conocerse personalmente. Se escribían, se llamaban, se trasmitían el cariño en cada frase, en cada suspiro, en cada letra que se escribían. Sabían que no podían vivir el uno sin el otro.
Llegó un septiembre y acordaron verse un día. Fueron las 6 horas más bonitas, más dichosas que nadie haya pasado juntos. No crea el lector que se fueron a un hotel o decidieron hacer el amor en cualquier otra parte, no. Pasearon, hablaron, se miraron, se transmitieron unas sensaciones nuevas que tanto habían soñado y que ahora se hacían realidad en una caricia, un beso fugaz, un cogerse las manos, un mirarse a los ojos.
Decidieron verse de vez en cuando, cuando las circunstancias lo permitieran, cuando fuera posible y , entretanto seguirían como hasta entonces, llamándose, hablando, escribiendo sobre todo, dándose cuerpo y alma en cada momento, en cada palabra, en cada verso. Habían aprendido a ver las cosas de una forma distinta, los dos caminaban de la mano hacia el mismo horizonte, sin metas concretas, sin grandes aspiraciones pero con la seguridad de hacer el camino juntos.
Los dos recordarán siempre la aciaga tarde en que el destino, la mala fortuna, el egoísmo les jugó tan mala pasada. Ella se asustó, se angustió, quiso poner fin a todo contacto para evitar sufrir a otros aún a costa del propio sufrimiento.
Las aguas parecían haber vuelto a su cauce, se comunicaban con más precaución pero con la misma intensidad que antes. Cuando se desea algo siempre es posible conseguirlo, se decían.
No fue así sin embargo. Otra casualidad, otra vez el destino que los había unido se encargó de acabar con todo o casi todo en unas horas. Ella decidió cortar con toda posibilidad de verse, de hablarse, de decirse un te quiero. Quedaron restos de aquel hermoso amor en alguna carta que llegaba de tarde en tarde, en deseos que nunca se harían realidad, en lágrimas de angustia y de tristeza., de dolor profundo. Nadie sabrá nunca, ni siquiera ellos, en qué habría acabado aquellos maravillosos seis meses.
Ahora cada uno lleva una vida gris, triste, sin ilusión.
Aunque no se lo digan uno a otro, los dos creen en algún milagro, en que el destino vuelva a juntar lo que nunca debió separar.