La espesa bruma de la madrugada cubrÃa el patio de la grande y vieja casa, de entre ella sobresalÃan las copas de los rojizos arboles del jardÃn; ya casi no tenÃan hojas.
Bajo la bruma lograba verse desde la reja de la entrada los gruesos y oscuros torsos de cada uno de los arboles, que distanciados unos de otros, apenas lograban tocarse con las pocas hojas que les quedaban, y asà sentirse entre mutuas caricias cuando el viento pasa, cuando la vida poco a poco les da el ultimo adiós, por que el frÃo entume la tierra, poco a poco mientras el tiempo barre las horas se duermen, poco a poco se duermen para nuevamente despertar.
Un sinfÃn de hojas se encontraba tapizando el suelo viztiendolo de un café entre matices rojizos excepcionales. Entre la vista y el panorama se entretejÃa un pasado que era difÃcil de imaginar. Cuando los nuevos dueños de aquel tétrico lugar contrataron a Rufino para que diese mantenimiento, él nunca se imagino que fuese una casa tan vieja, grande y sombrÃa. Sin duda alguna el lugar daba un poco de miedo.
Rufino miraba desde la reja el trabajo que deberÃa desempeñar durante los próximos dÃas. Sin duda alguna necesitarÃa de su máximo esfuerzo para que el lugar diera otra apariencia. Tomo un respiro y abrió el oxidado candado. Rechinaron los fierros de las rejas ante el empujón de Rufino. En tanto dio un paso dentro del terreno lo envolvió una brisa de aire que le congelo los huesos, siguió caminando con un poco de titubeo y le echo la culpa a su vejes y a la mala alimentación que tenia.
Camino hasta la puerta principal y antes de abrir, se sentó en la pequeña escalera mientras pensaba por donde empezarÃa su dura labor; fue entonces cuando escucho desde dentro de la casa una discusión asÃ: –¡Papa, que vas a hacer! –¡Maldita perra, me las va a pagar!
–¡Jorge, no, porfavor no, déjame explicarte, déjame explicarte por favor! –¡No hay nada que explicar maldita basura! –¡Papa, no le hagas nada a mama, por favor papa! –¡QuÃtate, quÃtate, ahorita mismo voy a matar a tu pinche madre, a mi no me engaña la perra!. Entonces Rufino oyó los tres gritos juntos, hicieron un gran escándalo y estremecieron la piel de Rufino mientras se encontraba sentado escuchando atentamente la discusión. Lleno de miedo habrÃa la puerta y todo lo que escuchaba desaparecÃa de repente. Solo quedo el silencio y nada más.
¡Hay alguien! ¡Hay alguien! Grito Rufino mientras avanzaba con pasos cautelosos y lleno de miedo en busca de alguien. Él sabia que no encontrarÃa a nadie, pero su miedo lo hacia buscar en las partes mas vacÃas de aquel oscuro lugar.
De pronto, tras de él, la puerta de uno de los cuartos fue azotada, y pensó que se deberÃa a una ráfaga de aire que se habÃa colado por la ventana. Abrió la puerta y su sorpresa fue no haber encontrado ninguna ventana en aquel cuarto. Se le puso la piel chinita del miedo cuando al querer salir no encontró la salida por donde habÃa entrado, y el lugar le fue mas desconocido. Mucho mas viejo, más tétrico y más arruinado era el lugar en donde ahora se encontraba mirando todo con gran sorpresa y muy atento. Caminando suavemente por la madera que tapizaba el suelo, salió entre rechinidos espantosos, con el miedo a que se quebrara algún tablón y quedase atorado entre los despojos de aquello que alguna vez fue una casa.
Frente a él, apareció una diminuta luz, se encamino hacia ella y poco a poco se divisaba el exterior –¡Una salida! ¡Una salida! Exclamo con gran alegrÃa y ahora con poco miedo. Al dar un paso fuera de la vieja casa, con gran horror sus miedos se intensificaron al escuchar tras de él los tres gritos nuevamente, pero ahora en un gesto de dolor y arrepentimiento, mientras toda la casa se quemaba y sus pedazos se transformaban en cenizas que esparcÃa el aire.