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Érase una vez una carrera de perros que se celebraba cada año en un pueblito remoto.
Los perros debían correr un tramo de mil kilómetros. Para lograrlo, solo se les daba agua y tenían que sobrevivir con lo que pudieran encontrar.
Para la gente de los demás poblados, esta carrera era la más complicada del mundo. Llegaba gente de todas partes del mundo a poner a prueba a sus canes.
En una ocasión, se presentó a la carrera un perro flaco y viejo. Los demás perros se reían y decían:
Ese perro viejo y flaco no aguantará y se desmayará a los pocos metros.
El perro flaco les respondió:
“Quizá sí, quizá no. Quizá la carrera la gane yo”.
Llegó el día de la carrera y, antes de la voz de partida, los perros jóvenes al viejo le decían:
“Bueno viejo, nos llegó el día, por lo menos tendrás la dicha de decir que en esta carrera participaste un día”.
El perro viejo sin inmutarse respondió:
“Quizá sí, quizá no. Quizá la carrera la gane yo”.
Salieron los perros al escuchar la voz de partida, los veloces pronto tomaron la delantera, detrás iban los grandes y los fuertes, todos a la carrera.
El perro viejo iba el último.
Al cabo de los primeros tres días, los veloces se desmayaron por agotamiento y falta de comida. Siguió así la carrera y los perros grandes, al viejo le decían:
Viejo los rápidos se salieron ya. Es un milagro que sigas en pie, pero eso no significa que a nosotros nos ganes.
El perro viejo como siempre, muy tranquilo respondió:
“Quizá sí, quizá no. Quizá la carrera la gane yo”.
Pronto los perros grandes se agotaron; por su gran tamaño toda el agua se acabaron, y de la carrera fueron sacados.
Finalmente quedaban los fuertes y el perro viejo. Todos estaban sorprendidos porque el perro viejo iba cada vez más cerca de los fuertes.
Ya casi al final de la carrera los perros fuertes sucumbieron y decían: “¡No puede ser! Ahora dirán que todos los perros, fuertes, grandes y jóvenes, ante un viejo cayeron”.
Solo el perro viejo la meta logró cruzar. Y al lado de su amo fue feliz a celebrar.
Nunca debemos burlarnos de las demás personas, sin saber cuáles son sus motivaciones ni cuáles son sus virtudes.
Solemos burlarnos de las personas que son viejas, de los que se ven físicamente mal, pero jamás nos detenemos a pensar por qué son o están así. Al final, puede ser que sus virtudes no pasen directamente por verse bien o por ser jóvenes.
Como sucedió en la carrera, donde venció el que iba más concentrado en el objetivo, y no en sus propios atributos.
Así debemos ser. Consecuentes con lo que queremos, más no enamorados de nuestras propias virtudes.
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