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~~Hubo una vez un rey poderoso y noble que se preocupaba por la prosperidad de su reino y el bienestar de sus súbditos. TenÃa un único hijo heredero que era opuesto a él, pues se pasaba el dÃa sin hacer nada. El prÃncipe era un vago redomado y perezoso hasta decir basta. No le interesaba la polÃtica, odiaba estudiar y tampoco se ocupaba de las tareas que le encomendaban. Pasaba el tiempo holgazaneando y paseando por el jardÃn, y nunca encontraba nada interesante que hacer.
~~A menudo se aburrÃa como una ostra y se quejaba de su situación.
– ¡Qué pesadez esto de ser prÃncipe! Me encantarÃa ser mayor para convertirme en rey y poder hacer lo que me diera la gana.
Asà era su vida hasta que un buen dÃa, encontró una bobina de hilo de oro encima de su cama. La tomó entre sus manos y, para su sorpresa, la bobina le habló.
– Soy una bobina de hilo de oro y has de tratarme con mucho cuidado ¡No soy una bobina cualquiera! ¿Ves este hilo? Representa tu vida, desde ahora hasta el fin. A medida que va pasando tu vida, el hilo se va desenrollando.
El principito no salÃa de su asombro y aunque algo asustado, siguió escuchando con atención.
– A partir de ahora, podrás desenrollar el hilo a tu antojo. A medida que lo hagas, tu vida irá pasando más rápido, pero ten en cuenta que no podrás volver a enrollarlo. Con esto quiero decir que los dÃas que hayas vivido no volverán, jamás podrás regresar atrás en el tiempo.
El joven estaba confuso e intrigado ¿SerÃa verdad lo que la bobina le estaba contando?… Decidió que tenÃa que comprobarlo y tiró un poco del hilo. En la habitación habÃa un gran espejo en el que solÃa mirarse cada dÃa. Se giró hacia él y vio que ya no era un adolescente, sino que tenÃa unos cuantos años más.
Emocionado, volvió a tirar del hilo y mirándose de nuevo en el espejo, se vio con treinta y cinco años. HabÃa ganado unos kilos, una espesa barba le cubrÃa la cara y lucÃa una corona de oro sobre la cabeza.
– ¡Es la corona de mi padre! ¡Han pasado los años y ahora soy yo el rey! – gritó con entusiasmo, abriendo los ojos como platos.
Su nerviosismo fue en aumento. PodÃa avanzar en el tiempo cada vez que tiraba del hilo y hacer que la vida pasara mucho más deprisa. Se acercó de nuevo a la bobina y reflexionó unos instantes.
– Ahora soy un hombre adulto… ¡Y soy el nuevo rey! Me pregunto si dentro de unos años tendré esposa e hijos, y si es asà ¿cómo serán? ¿cuántos hijos tendré? ¡No puedo aguantar la curiosidad!
Sin pensar las consecuencias, tomó el extremo del hilo de oro y desenrolló un poco más el ovillo. De repente aparecieron junto a él una preciosa joven con aires de reina y cuatro chiquillos que comenzaron a corretear por la habitación.
– ¡IncreÃble! Mi mujer es bellÃsima y los niños son igualitos a mÃ. Me preocupa que crezcan sanos y fuertes… Necesito saber qué será de ellos cuando sean mayores.
Ansioso, sus dedos tiraron del hilo y los años pasaron de golpe. Su mujer tenÃa el pelo completamente blanco y sus hijos ya eran unos hombres hechos y derechos.
Fue entonces cuando cayó en la cuenta de su error y se puso a temblar cuando el espejo le devolvió su reflejo. Ya no era un joven, ni siquiera un hombre de mediana edad. Era un anciano, con la cara cubierta de arrugas, las manos huesudas y la espalda encorvada. Cada vez que habÃa tirado del hilo, su vida habÃa dado un salto hacia adelante, tal y como le habÃa advertido la bobina.
Le invadió una enorme angustia. Con lágrimas en los ojos vio que en ella quedaba muy poco hilo, pues su vida estaba llegando a su fin. La agarró con desesperación y quiso enrollar el hilo de nuevo, pero fue en vano. No habÃa ninguna posibilidad de regresar a la hermosa juventud que habÃa desperdiciado. Completamente abatido, escuchó la suave voz de la bobina.
– Tú lo has querido. TenÃas una vida llena de lujos y oportunidades para aprender. No te faltaba de nada, pero tú no hacÃas más que quejarte. Te avisé que si tirabas del hilo para avanzar en el tiempo no podrÃas volver atrás, pero la impaciencia y el deseo de vivir sin hacer nada de provecho se han vuelto contra ti.
El viejo rey se derrumbó. Cabizbajo y arrastrando los pies, salió al jardÃn para vivir el escaso tiempo que le quedaba.
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