LA IMPERFECCIÓN DE SIEMPRE
-¡Claro, ya no te sirvo! ¡Si hasta me tratás de frÃgida! ¡No sabÃa que querÃas una ramera en casa! ¡Si simplemente vivà a tu imagen y semejanza! – gritó enajenada la mujer
- ¡Eres un hijo de mala madre! Nunca me escuchaste decir esa palabra ¿verdad? Pues ahora sabrás todo lo que pienso de ti. ¡Claro! Te creés que soy feliz limpiando, fregando, cocinando, preparando todo a la hora indicada porque si no te enojás.
- Démonos una oportunidad!-intentaba calmarla él-. A mà me pasa lo mismo que a ti. Pero es que llevamos tantos años encerrados en nosotros mismos, entre estas cuatro paredes!-le respondió.
-Poco me importa cuando amanece y está soleado, ni si llueve, ni si hace frÃo, sólo sé que el dÃa va a ser exactamente igual que al de ayer o al de anteayer. Muéstrame el mundo, no lo descubras solo! Al menos déjame intentarlo a tu lado! Quiero necesitarte y quiero que me necesites!—le dijo desconsolada.
-No parezco una viuda. Tampoco lo soy después de todo.- Se corregÃa a cada rato, mientras que recordaba aquellas discusiones que la iban alejando de él: la rutina. La espesa y pegajosa rutina de los toscos años de una unión inexplicable, casi impÃa. Una relación inventada a la que ya nadie le ganarÃa ni por cansancio.
Y ella volvÃa a intentarlo una y otra vez. Nada más fiel que un perro con collar, hasta la vida darÃa por su amo ¿o por amor?.
En ese instante sonó el teléfono y la mujer con la lentitud de las aspas de un ventilador isleño se dispuso a contestar:
-¿Hola?¿Quién es?
-Soy yo, querida-respondÃa una voz grave y endulzante que la viuda reconocÃa-.
-Quiero hablar con vos-agregó-quiero que me cuentes qué nos ha pasado. El porqué de tu olvido. Necesito saber si lo has dejado por fin. Si eres capaz de venir a mis brazos como tantas veces lo planeamos.
En ese instante sus oÃdos quisieron cerrarse como una ostra.
La invención rutinaria de su matrimonio comenzó a desmoronarse en aquellos escasÃsimos segundos en que apoyó el auricular en la oreja izquierda. Su mente recordaba a aquel hombre que comenzó siendo una aventura y terminó descolocándole las baldosas de su presumida seguridad, justo ahora, en ese álgido momento de disputas y desesperación.
Pero era que ella no lo podÃa olvidar ¿Cómo serÃa posible olvidar tanto amor, tanta entrega, tanta aventura desenfrenada?.
Aquel instante cauterizaba todo el hastÃo anterior, el de ayer, el de hoy y el de siempre. Si hasta después de oÃr aquellas palabras se percató de que era verano y que los jazmines del jardÃn estaban florecidos.
¿Cómo podÃa ser que las pocas palabras oÃdas la hubiesen elevado a tanta felicidad?¿Cómo podÃa haberse olvidado de que su compañero la observaba, atónito, esperando una respuesta a una pregunta enunciada más de tres veces a los gritos y que ella no escuchaba?
-¡Eyy!...Que me digas ¿quién es? ¡Te estoy preguntado!—inquirió con salvaje rostro-
En ese momento ella despertó de su fatal ensueño. Tapó con su palma derecha parte del teléfono para que no se escuchara el alboroto y aclaró:
-Es que si insistÃs en gritar asÃ, jamás sabré si es número equivocado... o... alguien conocido! ¿No sabés esperar?
De inmediato reinició la charla con aquel que la hubo transportado a un paraÃso temporal
-Ah... sÃ... -contestó y aclaró a su hombre, con ciertos gestos poco entendibles, que se trataba de una vecina
-¿Esperás un momento?
De inmediato él le informó que como seguro tendrÃa para rato con aquella mujer irÃa un momento al bar de la esquina y luego proseguirÃan su intercambio de palabras.
Pero él sabÃa. SabÃa que no era la vecina la que esperaba la respuesta del otro lado. Lo sabÃa porque asà es siempre entre aquellos que se conocen demasiado, que transmigran en el otro. Entre aquellos que conviven más allá de cada segundo vivido sabiendo que el otro no lo ama tanto como quisiera, no lo desea tanto como pudiera y no lo espera tanto como al principio.
Pero asà eran sus vidas, una eterna farsa, una hipocresÃa soñolienta de amaneceres y anocheceres. No daba para más. Sólo esperar al dÃa en que alguno determinara el punto final, la ruptura, la desunión o sencillamente la excusa para continuar en el mismo sendero de frivolidad.
Él jamás quiso reconocerlo abiertamente, nunca quiso presenciar aquellos aciagos dÃas tan de cerca, que se convertÃan sólo en pálidos recuerdos que necesitaba olvidar...
¡Si sólo uno de los dos se hubiera visto desde el otro lado del maduro contexto¡¡Con apenas percibir una sola de sus miradas lo hubiera entendido! Hubiera hallado ese imaginario fulgor de estar juntos como el más desgraciado de los descarados escarnios que pudieran soportar en sus vidas.
Pero como siempre sucede a las parejas que se estancan en estos pensamientos desiertos, no hay jágüeles que les permitan ver la extraña y ruinosa realidad de volverse a descubrir dÃa tras dÃa con la pasmosa y repetitiva lasitud inventada.
Y ahora, dándole tiempo a ella para su “affair†telefónico se lo veÃa tan sólo en aquel bar hablando corrientemente con ellos, los que lo habÃan acompañado como siempre en aquellos momentos, con las bebidas de siempre, los mismos chistes... Nada tenÃa porqué cambiar... Eran escenas repetidas...
Lo único que le parecÃa raro era ese mendigo, nunca se veÃa en las calles a un mendigo con la cara de papá Noel, tan comedido.
Desde que advirtió aquella antÃtesis se dijo “esto está algo raroâ€.
Pero la obviedad de su pensamiento no le permitÃa descubrir que lo raro era la vida que habÃa elegido: sin cambios, sin extrañezas, con un incesante efecto de rebobinado continuo y sin dar lugar a un nuevo destino que le permitiera ser feliz. Que “les†permitiera ser “felices†aunque debieran olvidarse juntos, separarse por tiempos largos, gritarse los odios y las exacerbadas y persistentes rutinas que los unÃan penosamente.
AtardecÃa y el campanario habÃa empezado a repicar. Él nunca pensó que el sonido de las oscilaciones lo tranquilizarÃa, tal vez eso era lo que necesitaba, aturdirse, enjuagar sus pensamientos en el ruido, en el ruido ensordecedor del campanario para ya no oÃrlo, para no hacerle caso a su cruel verdad.
Y cavilando, cavilando sin parar, descubrÃa (recordaba) qué era lo extraño en el rostro de ese hombre: era parecido al de aquél que se habÃa encargado de demostrarle el verdadero cariño a su mujer. Verdad primera; pero a su vez el que siempre se encargaba de hacerle mal a toda su situación porque era el inspirador de la brasa del amor que al tiempo interrumpÃa la dilatada separación, aplazaba el esperado desenlace. Verdad segunda, y mucho más verdad aún.
Pero asà se dieron las cosas, y fuera quién fuera el culpable él agonizaba de soledad en aquel café, mientras que ella, bueno, vaya uno a saber qué estarÃa haciendo ella...
-No, no insistas. No voy a irme contigo, quiero sólo ser tu amante. Quiero vivir en la clandestinidad y amarte en secreto mientras sigo pintando esta vida de ilusión. Crearla es mi pasión, viajo por todo un mundo inventado. Deja que palme este amor imposible en mis venas. Déjame-le expresó la supuesta viuda a través del teléfono.
-Pero es que jamás vas a entenderlo. ¡Por Dios! DeberÃas responder en estos momentos, no quedarte donde estás, en tu cómoda posición de amante, "te amaré desde mi clandestinidad", esas son estupideces- replicaba el hombre -¡Vamos, tómame de nuevo, lucha por mÃ!. Tuyo es el nardo de mis sueños.
-No mi amor. No podrÃa dejar de pecar, porque no siento remordimiento al amarte y pensar en mi esposo y mis hijos, porque no siento contradicción alguna entre vos y mi pasado, ¿acaso vos sÃ?-
Un silencio se produjo en aquella conversación un silencio incisivo que descuartizaba los segundos, los sentimientos y por qué no los gozos.
Ella le dijo:
- Quizá lo mejor sea desaparecer, olvidar, olvidarte... dejar este mundo como se deja atrás algo doloroso.
Y en un intento desesperado por convencerla el amante expresó:
-Estás a tiempo aún de levantarte, bañarte, recoger tus cosas y partir, tal como lo habÃamos calculado, la despedida... SÃ, la despedida con dolor pero con un profundo conocimiento del destino que te espera a mi lado.
Y en ese instante ella lo pensó, dio por hecho el supuesto... si se unÃa en la carne a él. Y asÃ, abrió los ojos y se vio... sola... abrazada a sà misma y desnuda con la más absoluta desnudez conocida: su mundo se habÃa apoderado una vez más de su realidad.
Entonces entraban por montones los ángeles intentando desatar aquel nudo que ella sola se habÃa logrado hacer con los brazos alrededor de su cuerpo envuelto en llamas de recuerdo.
Aquella mujer no era la persona indicada para compartir un atardecer. Su mirada se hallaba perdida entre las páginas de aquella historia que se parÃa, y la presencia de su compañero, el de siempre, ya se estaba convirtiendo en algo irreal. Como si no existiera, como si en verdad hubiera muerto para dejarla viuda.
El cuerpo del esposo se iba adaptando cruelmente a las duras formas de la silla y su piel empezaba a mezclarse con el pálido tapiz de la misma. La mano izquierda plena, se habÃa enamorado de su mejilla sirviéndole de apoyo para con ese gesto perderse en algún programa televisivo.
Y asÃ, siempre... se levantaba, daba media vuelta y se marchaba. No se despedÃa de ella porque estaba seguro que no notarÃa sus partidas. Dejaba que el oscuro manto de la noche lo envolviera y caminaba en dirección al mismo sitio... en dirección al lugar de siempre...
¡Pero qué estaban haciendo con su alegrÃa, con su vida!
La existencia para ambos se transformaba en sueños... simples sueños.
La vida era eso, una composición de sueños, propios y colectivos que habÃa que hacer realidad... Pero lo que ninguno sabÃa era que sólo se debÃan transformar en auténticos aquellos que te llenaran el alma de cosas buenas y los que te produjeran alguna palpitación turbia, entonces, debÃan de dejarse a un lado, porque éstos por sà solos aparecÃan... de pronto... y dolÃan, provocando ignominia y retardo de los placeres.
Esta historia giraba sobre la imperfección de siempre: el valor... Eso que realmente necesitaban y nunca tuvieron ninguno de los tres protagonistas de esta trampa. Ya que los tres, a su manera, eran verdaderos esclavos, esclavos de sà mismos, de sus debilidades y de sus cobardÃas. ¿Qué les estaba pasando... podÃan ellos realmente gobernar sus propios pasos, sus propios deseos y pasiones?...
Valor. Ese es el verdadero camino... ¿pero cómo moverÃan sus pies hacia él, cómo?
Valor... sÃ... eso es lo que nunca tendrÃan. Valor.
Como cierta vez alguien escribió: “El valor es dejar tu pasado y dar un salto. Si no tienes valor, continuarás con tu pasado. Irás repitiendo el pasado una y otra vez. Te mueves en una rueda, en un cÃrculo. Toda tu vida se vuelve simplemente una repetición. Valor significa el valor de salir de este cÃrculo vicioso, de romper este continuum -discontinuar el pasado, ser nuevo, renacerâ€.
El viejo dÃa los llamaba a sus trivialidades. TenÃa un mensaje para ellos: no podrÃan nunca revelar sus secretos y actuar con verdad o espontaneidad.
Y era mejor y más cómodo quedarse asÃ, con los sueños a medio cumplir, con la impotencia de mentir consuetudinariamente, con la certeza de que cada dÃa iba a ser exactamente igual que al de ayer o al de anteayer. Volviendo a intentarlo una y otra vez.
Nada más fiel que un perro con collar... hasta la vida darÃa por su amo...
Al culminar el dÃa ambos se quitaban las ropas y se acostaban en la extenuada cama matrimonial. Se daban amor sin pensarse. Imaginando a su amante, ella. Recordando los buenos tiempos, él.
-Démonos una oportunidad!-le dijo el hombre-.
-Está bien, querido- contestó ella-Hasta mañana-.
-Hasta mañana-.
Y cuando la viuda acomodaba la cabeza en la esquelética almohada pensaba: “No parezco una viuda. Tampoco lo soy después de todo†y se justificaba a cada rato esa esquizofrenia, mientras que recordaba aquellas charlas repletas de pasión y los candentes momentos que repetirÃa con su amante en cuanto sobreviniera la oportunidad.
Y descansaban felices... Aunque nadie lo haya asegurado nunca.
Nora Mabel Peralta 04/06/03