Un hombre pobre y sucio entró a mi casa. No tenía nombre, no tenía nada, sin embargo, le recibí.
Le di mi comida para su sustento; mi propio cuarto para su reposo; mi ropaje para que encubra su miseria… Él, todo lo aceptó. Luego, le imploré que cogiera todo lo que guardé a lo largo de mi paso… y él, con una risita socarrona, también lo aceptó, pero con cierta desazón y duda.
Antes de irme de su casa le extendí mi mano… y él me la dio, apretándomela con mucho ímpetu. De pronto, me acercó hacia él, me abrazó y me dijo: “Gracias”, se dio media vuelta y se fue a descansar.
Cerré la puerta, y, con mi vida al fin en la mano, conmovido, huí para siempre…
JOE 21/04/04