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El profesor de matemáticas les había puesto un examen sorpresa a última hora y la clase habían terminado más tarde de lo habitual. Las sombras ya cubrían las calles de Tokio cuando las gemelas Sakura y Keiko emprendieron el regreso a casa. Iban hablando animadamente y, apenas sin pensarlo, torcieron por una calle angosta para acortar el trayecto. Ya habían avanzado algunos metros cuando repararon en la escasa iluminación del lugar y en que eran las únicas transeúntes.
De improviso, una mujer salió de entre las sombras de un portal y empezó a andar hacia ellas. La desconocida lucía una larga cabellera negra, un abrigo oscuro y la mitad inferior de su rostro estaba cubierta por una mascarilla quirúrgica. Esto último no inquietó a Sakura y Keiko, pues antes del coronavirus muchos japoneses habitualmente optaban por usar mascarillas para evitar resfriados y otras enfermedades.
La mujer se detuvo ante ellas y preguntó: «¿Soy hermosa?». Las chicas sonrieron con alivio al considerar que la desconocida era inofensiva y Sakura se adelantó para responder: «Sí».
Entonces se quitó la mascarilla, dejando a la vista las horribles heridas que partían de la comisura de su boca y que la transformaban en una macabra sonrisa de oreja a oreja. «¿Y ahora?», preguntó de nuevo. Sakura gritó horrorizada mientras Keiko permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar.
Con un rápido movimiento, la desconocida extrajo unas grandes y afiladas tijeras de debajo de su abrigo y abrió la garganta de Sakura. La sangre, que brotó a borbotones, salpicó a Keiko, que al fin reaccionó y empezó a correr en dirección contraria.
Pero aquella mujer se materializó frente a ella. Y volvió a hacerlo cada vez que Keiko intentaba evitarla y escapar. «¿Soy hermosa?», preguntaba el yokai (espíritu demoníaco) cuando se le aparecía delante.
Desesperada, Keiko decidió contestarle afirmativamente. El espectro le dedicó entonces la mueca más macabra y metió las tijeras en la boca de la chica cortándole la comisura de los labios y la carne de las mejillas, dibujando en su rostro una sonrisa sangrienta tan terrorífica como la suya.
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