II Parte
La caÃda de los pétalos que absorbÃa la naturaleza seca de un pedazo de tierra en la orilla, hacÃa infértil el grueso terrón de arena, formado con la unión de algunas gotas que el derrame de aguas azules habÃa salpicado. Las notas de pequeñas palabras tejidas con iniciales, adoptaban el régimen probatorio de un acto candente y censurable, para las chicas parlanchinas que hacÃan volar las ideas, en los cerebros adelantados de las compañeras de clase. PodrÃa haber dicho que el silencio marcado en clase, era calculado por el innumerable pulular de ideas sembradas en las épocas de mujeres bonitas, o de los años soñadores que dejaban de vez en cuando una aventura.
El paso de uno a uno de los minutos decÃa cuán absurdo podrÃa ser el tiempo, cuando las miradas estaban desgajadas para mi. La anatomÃa de cualquiera vistiendo pantalón al cuerpo, parecÃa dibujar unas lÃneas apacibles a mi vida, un relámpago brotado de sus primeros pensamientos desnudos, cobraban vida con el oscuro tambaleo de mis ideas bajo los calzones completados con florecillas. Quién como yo, un admirador de las lÃneas pulidas y trastocadas por el mejor arquitecto para definir su inocencia, para definir el estampe y la suavidad, que resumÃa como gota de agua escapando del torrente de las reclutadas por el rÃo. Ideas que pronto podrÃan envenenar el silencio, o trastornar el mismo sentimiento de buscar un consuelo a sus tristezas, o el remedio para sus arrogancias.
La noche creciente de un dÃa jueves, habÃa rebotado con otra ilusión de compartir aquel regazo moreno endurecido por la jovialidad exuberante de la muchacha de ojos verdes. En su candidez, habÃa abordado las fugitivas ideas de sexo, dando vuelta a las semanas desde un viernes que sucumbÃa con su incansable soñar. La puerta de mi auto casi abierta, sonaba en los altos y bajos de la carretera cuando la velocidad impresa adormecÃa la dirección del volante. La esquina se prestaba para estacionarse. El viernes negro regateaba persiguiendo la imagen viva de aquella noche lejana. Coloque en reversa y accedà hasta la topografÃa perfecta de aquella esquina. Los libros desmayados en sus brazos se hacÃan cargar, el bolso pequeño colgaba de uno de sus hombros, mientras detectaba el crujir de la puerta. Los pasos diferentes permanecÃan en movimiento, olvidando que se terminaba la esquina. Los ojos entre cruzaron el agitado y periódico trajinar. Cuando la búsqueda de las pupilas verdes desojaban un brillo naciente, la muchacha de las pulidas uñas y los ensortijados ramos de pelo a cada lado, coincidian con la propuesta que fraguaba mi osado sÃntoma de brindar la costilla bÃblica. Para probar su confianza el auto recogió la sensible figura, que hacÃa reposar sus manos en sus piernas. Ante sus miradas temblorosas de pupilas intranquilas, comencé a pronunciar el sigiloso tema de las andanzas de buen amante, de la perfección intacta en unas palabras rápidas y románticas. Pernocte con la idea de preguntar, cuantos besos enfocaban aquellos recuerdos grabados en un posible pasado confundido entre las miradas y aquella esquina. Aquellas unÃan una voz de cuantas oportunidades hubieran resucitado en el pequeño cuerpesito de muñeca, seduciendo las miradas de un niño que jamás la pudo tener.
La propuesta indecente no tardo, como no tardo la respuesta inocente y diplomática, como la respuesta que yo mismo hubiera pensado con el coquetear de alguien, a quién yo no hubiera querido desairar. Baje la mano del tablero enfelpado y a las anchas satisfice el misterio que mi mano informal buscaba. Debo decir que las flores de cualquier jardÃn hubieran soltado sus pétalos, al revelar la impresión que mis ojos caÃdos en la locura pregonaban sobre sus fibras, para dejar sin rienda a mis intenciones. Busque la forma de pintar mi corazón con palabras bonitas, halagando que los ojos verdes que cargaba eran una dotación del cielo. Aquella morena de ojos cafés con pelo claro, no despertaba pensando las frases que nacÃan tiernas al irresistible sonar de las cuerdas bucales, pronunciando el adjetivo musical. Entre tanto, la llegada sospechando la caÃda de los pasos de aquellos glotones callejeros, que insólitamente estaban cautivados por las curvaturas de sus piernas, sus sonrisas y el movimiento de su pelo entregado al viento. Doña: Mañana en el mismo lugar. Cortó la fantasÃa. En el lugar que el recuerdo me fijaba una crucial hermosura. En la esquina que habÃa recogido su cuerpo. Aquel lugar solo marcaba el inicio que esperaba ser resuelto en la noche sin frenos que sustancialmente se perfilaba. Las notas adulteras que conocÃa, estaban impregnadas de otra inocencia, otro silencio y un pequeño retazo de sonrisa. Los vidrios del auto se subieron escapándole a los cruces sin retorno que dejaban las esquinas cercanas a la orilla, marcando el paso de automotores y la fortaleza verde de los algarrobos. Las palmeras hacÃan un solo matiz, dibujando una sombra que encubrÃa las miradas de los que guardaban su integridad. El auto bajo la palmera. Los besos desenfrenados. Pedazos de palabras alborotadas incendiando la ternura de una piel suave. Las bocas queriendo perfilarse con palabras y diciendo sucesivamente en murmullos casi salpicantes de sexualidad, el arrojo que preconizaba la relación. Quién podrÃa respirar adormecido por un pequeño cuadro de amor en noche de estrellas y palmeras, esperando que los gritos florezcan al medio de una sombra costeña , bajo la mismÃsima mirada de las oleadas del aguaje. Nadie os podÃa tener el abrazante despilfarro de caricias que surgÃan, con las piernas jovencitas teniendo sus manos ocupadas en mi cabello, en el bautizo de la felpa nueva del tablero del auto. Que trenzas, hechas en la intención de ser eternas circunstancias de seducción. Todas abiertas, mostrando lo que el pelo suelto hace dentro de la intimidad y la espalda. El viernes absoluto bendecido por la salivación descomunal de los dos en las intenciones de trasnochar y perpetuisar el instante en un solo suspiro y hacer de cada suspiro un hálito, encendido con la luz acuchillada de la luna y el viento bajo las hojas de las palmeras.
Los instantes escapándole al reloj, adoctrinado para que suene a las nueve, las caricias despidiéndose de su etapa de simplicidad y entrando a un carácter desarrollado, imponiendo el requisito más sutil y a la vez más intenso, que el mismo clÃmax perfecto. La blusa no sabÃa el color de la noche cuando insólitamente siendo blanca se tornaba invisible en el sudoroso ritual del poeta y la estudiante. Los vertiginosos epitelios de aquella flor entregaban su forma, como persiguiendo entregar aquel último sabor picante que sus entrañas portaban. No habÃa tregua entre la más intensa sabidurÃa florecida en esos instantes, aquellos puñetazos enviados al silencio seducido, regresaban respondiendo con doble intensidad por el cuerpo encendido en cólera sexual.
Diré hoy, que yo mismo plasmaba la intención que cualquier otro poeta hubiera recibido de una musa. Yo mismo hubiera querido dibujar esa ventana con las huellas de los descalzos dedos de los pies. Una revolucionada huella de nube, una huella con un sin fin de estocadas, puliendo las huellas digitales en la palanca de cambios. Todo un paisaje desconocido en la figura decorada de las partes sobresalientes del auto.
Las agitadas escenas despedÃan un murmullo de gatos. El latir imperecedero de un corazón. Toda una banda de pesados rockeros increpando con la música latina. No pudo vivir el mismo murmullo para el éxtasis se bautizaba con un apretón de uñas en la espalda. El cansancio desbarataba la melodÃa que jamás hubiera quedado en los oÃdos, si no hubiera desprendido las fibras que compusieron el escénico y magistral encanto del momento de ese bendito viernes negro.