FatÃdica fecha, agosto de 1.944, marca en nosotros el fin de la libertad, la separación de nuestra familia, el trato y etiquetaje como bestias, nos obligan a ponernos la maguén David amarilla en el pecho y en los brazos. Mis padre, húngaros, nacidos en un pequeño pueblo llamado Pecs, deciden buscar fortuna en la capital cuando y apenas tenÃa siete años de edad y mi hermana catorce. Era entonces finales de 1.932. Papá hombre de gran capacidad organizativa comienza a trabajar en una gran empresa donde surge y llega al cargo de director gerente de la Primera Fábrica de Cueros Mautner.
En ese mes inolvidable para toda la familia, nos separan; a mis padres y a mis dos tÃas, los envÃan a unos edificios marcados, custodiados, donde sólo se les permitÃa salir durante una hora al dÃa. A mi prima, a mi hermana y a mà por ser mayores de diez y seis años y menores de treinta y seis, nos enviaron con un grupo de mujeres, cerca del Danubio, para abrir trincheras y más trincheras, para la futura defensa de la ciudad por las lÃneas militares. Paradójicamente estábamos en lugar llamado Horany, era un sitio de recreo, de veraneo, de meditación y descanso. Nosotras vivÃamos en unas barracas de madera, mal hechas, sin protección alguna al frÃo, y dormÃamos como animales sobre unas tablas cuyo colchón era un poco de paja. La capacidad de la barraca la habÃamos triplicado, dormir era un suplicio, pero de alguna manera asà reducÃan el frÃo del lugar, con cuerpos humanos.
El trabajo era demasiado duro para nosotras, el frÃo afuera insoportable, la alimentación, por decirlo asà basura, agua sucia y un trozito de café en pasta para masticar que nos daban una vez al dÃa. A veces lo guardábamos de un dÃa para el otro y asà podÃamos hacer una comida completa algún dÃa. Al comienzo los soldados húngaros nos obligaban a trabajar, pero al ver la impotencia de una chica al tratar de quitar alguna roca, en algunos momentos, era posible verlos ayudar, asomaban su pequeña parte humana. Luego de llegados los soldados nazis la situación cambió, sà alguno osaba prestar la más mÃnima ayuda, éste era amedrentado con una pistola y amenazado de muerte en caso de repetir el intento.
Mi padre un dÃa se fue a la frontera, se quitó la maguén David y logró hablar con un sueco llamado Raul Wallesntein quién lo ayudó al igual que otros cien mil judÃos a darles papeles como ciudadanos suecos. Wallesntein era agregado de la embajada sueca en Budapest, se dice que el gobierno americano negoció con el gobierno sueco para que estos de alguna manera salvaran a la mayor cantidad de judÃos posibles y una de las maneras en aquel entonces era el otorgar documentos de nacionalidad suecos a los judÃos, asà el gobierno alemán no los deportarÃa a Alemania, donde el futuro más cierto era, la muerte.
Suecia colabora durante la guerra con los alemanes, toma partido de esto, no sufre las agresiones de ellos en su suelo, su gente de alguna manera aprovecho la época de guerra, ellos recibÃan pedidos de armamentos militares, de bienes, de equipos, de medicinas y de partes y piezas para automóviles. Lo que les generaba paz y divisas.
Cuando les tocó a mis padres que los deportaran a Alemania, los llevaron caminando hasta la frontera, fueron muchos dÃas de esfuerzos, temor y sacrificios, pero la sorpresa fue que les reconocieron sus nuevos papeles como suecos. No los deportaron, los retornaron a Budapest. AsÃ, no por el hecho de ser gente, o por lástima colectiva, o simplemente por la bondad de los pueblos, se pudieron salvar, no, nada que ver, un simple documento falso les salvó la vida, irónicamente un papel, tenÃa ese gran poder.
En la frontera seguÃamos abriendo trincheras, era un trabajo de nunca acabar. El trato par con nosotras era más que degradante, indigno, grotesco. El encargado del campo era un demente, que se jactaba de haber sido antes de la guerra un recogedor de basura en las calles.
En el campo habÃa una joven de unos veinte años, era sumamente atractiva, una belleza natural, su larga cabellera roja destacaba entre todas nosotras, sus ojos azules cual cielo brillante, su cuerpo digno de una modelo. Ella era respetuosa, la recuerdo como una trabajadora incansable, no levantaba la vista para no causar dudas, en verdad era una buena muchacha. El Loco que comandaba el lugar le habÃa puesto los ojos encima, la acosaba, no la dejaba en paz.
Una tarde al regresar de trabajar, nos reunieron a todas las mujeres en el centro de la plaza, éramos más de mil mujeres, no sabÃamos lo que nos esperaba, los soldados, junto con los civiles húngaros que nos custodiaban quienes eran peor que los mismos nazis, ellos no usaban la svástica, su emblema eran dos flechas cruzadas y con cuatro puntas, estos sà que eran maniáticos al verlos a ellos, nos supusimos lo peor, era la primera vez que esto pasaba y temÃamos por nuestra suerte y la de los nuestros de quienes no tenÃamos noticias. CreÃamos que nos deportarÃan a Alemania.
Cuando nos tuvieron reunidas a todas, el loco comandante mandó a traer con sus guardias a la joven pelirroja , la obligó a arrodillarse y alardeando de su machismo, de su fuerza y de su poder, nos dijo que él era el que mandaba en el campo y por lo tanto todas y cada una de nosotras le pertenecÃamos y que aquella que no cumpliera con sus requerimientos recibirÃa este mismo castigo. Se le acercó, le presentó su pistola en la frente y a sangre frÃa la mató.
No hubo consuelo, no hubo dignidad, ninguno de ellos mostró asombro, signos de consternación ni de dolor, no nos consideraban humanos, ellos sà que no lo eran. Durante todo el tiempo que se nos permitió, todas lloramos, unas por miedo, por piedad, por dolor, por la injusticia cometida, por la impotencia, por nuestro incierto futuro.
Montados a caballo unos soldados húngaros llegan al campo, comienzan a vociferar, a mÃ, a mi hermana y a mi prima nos llaman junto con otras cuarenta y siete jóvenes más. De nuevo la misma pesadilla vimos otra vez el llamado a la muerte, de ésta no pasarÃamos. Luego de sacarnos de la barraca, nos dan unos pasaportes suizos con nuestros nombres perfectamente escritos. La guerra estaba finalizando y el dinero empezaba a mostrar su poder. Nos escoltan y nos llevan a Budapest y ahà nos abandonan. La ciudad estaba se mi destruida, los edificios muy dañados y la mayorÃa abandonado, vacÃos. Hurgábamos en los edificios abandonados, en busca de alimento, y durante los bombardeos bajábamos a los bunkers de concreto en los sótanos de los edificios.
Nos encierran a todas las muchachas en una zona en el centro de Budapest y al otro dÃa nos dicen que cojamos nuestras cosas, que nos iban a mandar en barco. Nos forman en fila de a tres y todas nosotras llevábamos nuestro morralito, yo iba en el medio de la fila, mi hermana y mi prima una a cada lado. HabÃamos oÃdo historias de lo que les hacÃan a la gentes, en los barcos, unos decÃan que eran barcos sin fondo y que en altamar nos tirarÃan como alimento para los peces. Otros decÃan que no querÃan dejar rastros y que fusilaban a los pocos de nosotros que quedábamos. Era tal el miedo y era tan poca la esperanza de vivir, que se me ocurrió decirles a las dos, que era mejor tratar de escapar o de lo contrario nos matarÃan con una bala y no nos harÃan sufrir más.
Tomamos aire, dejamos los morralitos a un lado en el suelo y al llegar a una esquina, en vez de seguir derecho como las demás, cruzamos a la derecha, no nos volteamos a mirar, esperábamos de un momento a otro que nos dispararan, empezamos a aumentar nuestra velocidad, comenzamos a jalarnos la maguén David, recuerdo que el frÃo era insoportable, pero en esos momentos no sentÃa ni frÃo ni calor, mi cuerpo se habÃa preparado para morir y no sentÃa la vida. El milagro se realizó no se percataron de nuestro escape y sin la maguén David caminamos junto con la gente, buscamos edificios vacÃos y nos escondimos durante seis meses.
El hermano de mi prima trabajaba en un taller mecánico y como hablaba alemán no lo descubrieron. Sus mismos jefes lo protegieron, por su capacidad lo necesitaban. Cuando lo visitamos en varias oportunidades nos ayudó con comida y dinero, fue grande su ayuda. Pero el destino no le dio permiso para ver el fin de la guerra, estuvo libre todo el tiempo que pasamos presas y en el último momento cae en el bombardeo final.
Transcurren casi cincuenta años de todo lo ocurrido y cuando aún hoy suena un timbre o una sirena, sigo creyendo que nos vienen a buscar o que es la alarma antiaérea.