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~Lo dijo distraÃdamente en el momento que Julián, el anfitrión, servÃa el café: «en esa pared hubo una vez una ventana.» Todos miraron inquisitivamente hacia la pared desnuda de color siena a la que se referÃa Natalia y ésta movió la cabeza en señal de asentimiento. Julián dejó la cafetera humeante en el centro de la mesa y confirmó lo que acababa de decir Natalia. De esta forma surgió inevitablemente la pregunta: «¿por qué la tapiaste, Julián?» Roberto, el más joven, fue quien hizo la pregunta y Julián respondió: «no puedo responderte, Roberto, pues cuando compré este viejo piso la ventana ya estaba tapiada. Lo que si puedo decir es que Natalia es muy observadora porque sólo desde afuera, observando la fachada del piso con mucha atención, se puede distinguir la huella de la antigua ventana.» Preguntó entonces Eli a Julián con su acento francés: «¿Sabes por qué la tapiaron?» Julián no lo sabÃa, ni siquiera sabÃa quién habÃa vivido anteriormente en el piso. A raÃz de la ignorancia del anfitrión sobre la cuestión de la ventana tapiada, Natalia propuso una especie de juego: cada uno de ellos inventarÃa una historia que diera respuesta al enigma de porqué se habÃa tapiado la ventana. Todos estuvieron de acuerdo y, después de unos minutos de meditación y reflexión, el primero en narrar una historia sobre la ventana tapiada fue Roberto:
-Era un hombre joven, pero viejo. Jorge no llegaba a los treinta años y en el corazón portaba una honda y dolosa herida. Apenas hablaba con la gente y era incapaz de mantener una conversación trivial con nadie. Solitario. Silencioso. Un tipo raro, extrañamente inteligente e introvertido decÃan quienes trataban con él. TenÃa un trabajo sencillo e insustancial, mas era lo que querÃa. Se conformaba con el bajo sueldo que le aportaba aquel trabajo y vivir en el piso que habÃa heredado de una tÃa suya muerta años atrás.
»Para Jorge los dÃas transcurrÃan lentamente y todos eran el mismo dÃa. Cuando el cielo oscurecÃa y las luces de la ciudad comenzaban a brillar, se sentaba junto a la ventana y observaba a la gente que paseaba por la calle iluminada con las luces de las farolas y los escaparates. Muchas veces, mientras observaba a través del cristal de la ventana a los transeúntes yendo y viniendo, volvÃa a recordar a su hermano muerto en medio de la calzada, con el cuerpo ensangrentado y moviéndose convulsivamente. Eran sólo unos adolescentes cuando Jorge empujó a su hermano bruscamente y éste cayó en medio de la negra calzada. Una absurda pelea de adolescentes. Y cuando ya se incorporaba su hermano, aturdido por el empellón, el coche lo atropelló sin que Jorge pudiera hacer nada por evitarlo. Él mató a su hermano y desde entonces se convirtió en un viejo prematuro.
»Se acababa el invierno y Jorge observaba a través de la ventana la vida en la calle. Una vida de la cual no se sentÃa partÃcipe. Aislado en su dolor, permanecÃa inmóvil, quieto, silencioso, sin ánimo ni fuerza para gritar, llorar, reÃr...nada. Ese dÃa ella cruzó la calle y él la miró con atención: pelo negro nimbado por una luz rojiza, rostro lÃvido y abrigo azul. Sólo fue un instante. Un breve momento. Y algo, pequeño, oculto, casi imperceptible, germinó en el alma de Jorge. Él no podÃa saber que era el inicio del final.
»Fue pasando el tiempo, y a la misma hora que la primera vez, todos los dÃas, al otro lado de la ventana, franqueando la calle, volvÃa a verla con su abrigo azul. Jorge empezó a preguntarse quién serÃa la mujer: cómo se llamaba, a qué se dedicaba, qué le gustaba hacer, si amaba a alguien, si tenÃa hijos, si tendrÃa un secreto inconfesable encerrado en su corazón... si.. si... Se acrecentaba en su interior la necesidad de salir a la calle y preguntarle quién era y explicarle que la observaba a diario desde la ventana del comedor de su piso.
»Llegó la primavera y la mujer cambió el abrigo azul por una chaqueta del mismo color. Los dÃas se alargaron y Jorge no esperaba a que anocheciera para contemplar a través de la ventana la vida de allá afuera; ahora se colocaba junto a la ventana a la hora que la mujer acostumbraba a cruzar la calle. Pensaba en ella y sentÃa la necesidad incontrolable de arriesgarse, salir corriendo y hablar con ella. Pero el miedo lo retenÃa junto a la ventana; era un viejo en el cuerpo de un hombre joven, resignado y con el corazón roto. Deseaba superar la barrera del pasado, pero estaba muy alto el obstáculo. De esta forma, incapaz de hacer nada más, la observaba, ansiando conocerla, hasta que una funesta tarde de julio, a la misma hora de siempre, la mujer apareció flanqueando la calle. El coche la atropelló y ella apareció ante los ojos de Jorge, a través de la ventana, muerta sobre la calzada.
»DÃas después de la muerte de la mujer, Jorge, inmerso en un profundo dolor, hizo tapiar la ventana. No querÃa volver a mirar a través de aquella ventana y ver lo cruda y dolorosa que puede resultar la vida. En la soledad de su casa, junto a la pared en la que una vez hubo una ventana, lloró sin que ni una lágrima brotara de sus ojos cansados, recordando a la mujer que nunca conoció y sintiéndose más viejo que nunca.
Una vez que Roberto finalizó el relato hubo un silencio y una atmósfera de tristeza envolvió a los cuatro amigos. Natalia tomó un sorbo de café, miró a sus amigos y comenzó a narrar su historia:
-Ana no creÃa en que el destino estuviera escrito, y mucho menos que se pudiera descifrar. Por eso se tomó la visita como un juego. Entró junto a su amiga (la idea habÃa sido de su amiga) en la pequeña salita y lo primero que la llamó la atención es que estuviera tan bien iluminada (se habÃa imaginado un lugar oscuro y misterioso) y que la pitonisa no tuviera el aspecto de una bruja o algo parecido, todo lo contrario, era una mujer de aspecto moderno, apacible y sereno, de unos cincuenta años, con un corte de pelo corto y unas gafas que la conferÃan un aspecto intelectual. Ella y su amiga se sentaron frente a la pitonisa y ésta última empezó a repartir las cartas sobre un tapete azul.
»A quien primero leyó las cartas fue a su amiga. Ana escuchó escéptica las palabras de la pitonisa y observó como su amiga se creÃa de “p a pa†todo lo que se la decÃa. Vaguedades y generalizaciones fue lo que interpretó de las conjeturas que formuló la pitonisa al leer las cartas a su amiga, pero evitó decir nada, no valÃa la pena incomodar a nadie. Al rato llegó el turno de Ana. La pitonisa volvió a repartir las cartas sobre el tapete azul y fue desvelando, carta a carta, el destino que la deparaba.
»Volvió a su piso preocupada. La pitonisa afirmó que las cartas tan sólo decÃan que su destino serÃa revelado en breve y de una forma extraña y poco habitual. Un tenebroso frÃo recorrió el cuerpo de Ana cuando bruscamente la pitonisa recogió las cartas que se mostraban sobre el tapete azul y dio por finalizada la sesión. ¡Qué absurdo era todo aquello!, pensaba mientras miraba desde la ventana del comedor de su piso las ventanas del edificio de enfrente. ¿Cómo podÃa estar preocupada por algo en lo que no creÃa? ¡TenÃa que sacarse aquella disparatada turbación de su cabeza! ¡Ella era una mujer joven, inteligente y racional!
»Su preocupación fue en aumento. Pasaban los dÃas y cada vez se sentÃa más obsesionada con la inmediata revelación de su destino: serÃa manifestado de una forma poco habitual y extraña, habÃa pronosticado las cartas de la pitonisa. Ana se sintió sola en su piso por primera vez. Llevaba viviendo sola allà hacÃa cinco años y nunca antes habÃa sufrido la soledad. Y ahora la sentÃa de una forma muy intensa y cruda. Miraba constantemente a través de la ventana del comedor, como si estuviera buscando a alguien en aquellas ventanas del edificio de enfrente, alguien que la hiciera sentirse acompañada, pero nadie aparecÃa en ellas, ahondándose, de esta forma, todavÃa más, la sensación de soledad. ¿Por qué se sentÃa tan sola?, se preguntaba, e inmediatamente después volvÃa su mente a dar vueltas en torno a la pronosticada revelación de su destino.
»TenÃa fijada la mirada en las ventanas del edificio de enfrente. Miraba a través de la ventana del comedor, absorta, como hipnotizada. Y en ese instante una ventana del edificio se abrió y apareció una mujer. Ana quedó paralizada al reconocer aquella mujer. ¡Era ella misma! ¡Era ella sin ninguna duda! ¿Cómo era posible algo asÃ? La mujer se encaramó en el alfeizar de la ventana y miró fijamente a Ana antes de lanzarse la vacÃo. Los ojos de Ana se llenaron de lagrimas y cayó al suelo inconsciente.
»El inspector abrió la ventana y se asomó para mirar la caÃda que habÃa hasta el suelo; desde esa altura, la posibilidad de sobrevivir era nula, calculó el oficial. Luego miró de frente y observó la ventana tapiada del piso en el que habÃa vivido la vÃctima durante los cinco últimos años y movió la cabeza pensativo. Todo le resultaba muy extraño al inspector: una joven contrata un albañil para tapiar la ventana de su comedor, luego alquila el piso del edificio de enfrente, el cual curiosamente se encuentra a la misma altura que el de su vivienda, y desde la ventana del piso recién alquilado, con la ventana tapiada frente a ella, se lanza al vacÃo y muere. Cada uno de nosotros tiene escrito su destino, para bien o para mal, pensó el inspector en tanto cerraba la ventana.
Julián se levantó para preparar más café cuando Natalia acabó su relato y cuando éste volvió de la cocina con la cafetera, Eli, con su acento francés, empezó a contar la historia que habÃa ideado en torno a la ventana tapiada:
-TenÃa dos amores, su esposa, Anabel, y la pintura. Nunca habÃa pintado en el piso, pero una mañana observó a su joven esposa junto a la ventana del comedor y sintió la necesidad irrefrenable de plasmar aquella imagen de Anabel junto a la ventana en un lienzo. Él, un desconocido pintor, todavÃa joven, pidió a su esposa que posara junto a la ventana para él, y ella accedió de inmediato, pues estaba enamorada de su esposo y lo querÃa hacer feliz.
»El pintor trabajaba febrilmente. Ella, junto a la ventana, con el rostro iluminado por la luz diáfana de la mañana, sonreÃa silenciosamente mientras él trazaba formas en el cuadro, dándolas color y vida sobre el lienzo. Cada mañana a la misma hora Anabel posaba al lado de la ventana para que su esposo pintara apasionadamente. El pintor hurtaba, inconscientemente, la realidad que tenÃa frente a él y la trasladaba hasta el cuadro.
»Pasaban los dÃas y la sonrisa de Anabel se desvanecÃa inexorablemente y la luz diáfana de la mañana oscurecÃa irremediablemente sin que el apasionado pintor se diera cuenta de ello; el seguÃa absorto en su obra, en su cometido. El final estaba cerca.
»Y una mañana el pintor finalizó su obra. Contempló el cuadro emocionado; se le antojaba tan real que le parecÃa poder acariciar la cara de Anabel junto a aquella ventana con solo pasar la mano sobre el lienzo. Entonces miró más allá del cuadro: Anabel no estaba y la ventana habÃa desaparecido. El pintor se movió torpemente, dirigiéndose hacia la pared en la que una vez hubo una ventana junto a la cual su esposa habÃa posado para él, y sintió tanto dolor, tanta soledad, tanta culpabilidad, que cayó sobre sus rodillas arrepentido por querer robar la realidad y hacerla suya, de admirar falsamente la belleza y no amarla de verdad.
Cuando Eli acabó el relato, alguien apuntó que el cuento del pintor no trataba sobre una ventana tapiada, pero pasaron por alto aquel detalle, pues todos concluyeron que el cuento de Eli les habÃa gustado. Luego todos miraron a Julián, el anfitrión: él era el único que faltaba para contar una historia sobre la ventana tapiada. Pero Julián se negó a seguir con aquel juego: consideraba que las historias contadas eran demasiado tristes y lo que le apetecÃa ahora era olvidar la dichosa ventana y hablar de algo banal y divertido. El anfitrión sacó las botellas de licores y repartió vasos sobre la mesa. Todos bebieron y hablaron de anécdotas graciosas y disparatadas, olvidándose de la ventana tapiada del comedor que, silenciosa e invisible, ocultaba una historia, un motivo, una verdad.
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