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Categoría: Románticos

Historia un Amorficticio

No podía ser… simplemente aquello no podía ser. Tenía que ser un sueño, un mal y terrible sueño aciago en una noche de tormenta. Debía estar soñando, no podía ser, no importaba lo que dijeran, no podía ser que… no, se negaba, cabeceaba. Simplemente era imposible.

Hacía dos días que no sabía de Teresa, no se conectaba, no lo llamaba, ni le enviaba mensajes al móvil, nada, no sabía absolutamente nada de ella, por lo que se empezó a preocupar. Cuando no se conectó al Messenger el primer día, pensó que se habría puesto enferma, por lo que no se preocupó en exceso, pero ya cuando no lo hizo el segundo día y seguía sin responder a sus mensajes y recados en el contestador se empezó a preocupar. Para él era muy duro tener a su amor a miles de kilómetros cruzando un océano tan grande como el Atlántico, un océano que solo servía para separarlos más, y no saber nada de ella. Eso lo ponía malo. En el segundo día por la noche, cuando ya habían pasado casi tres días en vez de dos, recibió la llamada que le cambió la vida, la rutina y el ánimo, una llamada en medio de la noche que le destrozó el corazón a trozos y le hizo perder su cabeza durante días. La voz que sonó al otro lado era la de una mujer mayor, con mucha preocupación en su tono, un tono que se le antojó ante la respuesta al saludo del chico, como muy triste, con mucho dolor. Ella, la madre de Teresa, a la que no conocía nada más que de oír a la joven hablar de ella, le dio la terrible noticia. Él solo negó… aquello era demasiado duro para ser verdad, era demasiado triste para haber sucedido… era demasiado inesperado como para que fuera algo tangible. Se resistía a creer que ella había desaparecido de su vida sin llegar siquiera a entrar, no podía ser que ella hubiera desaparecido de su lado sin llegar siquiera él a saber qué tacto tenía su piel… No podía ser que ella hubiera muerto sin haberla conocido.

Hacía como seis meses que se conocían por Internet, fue por una simple casualidad, por puro arte del Destino y la Casualidad que ellos dos llegaran a hablar de tú a tú por foros y Messenger. Congeniaron a los pocos segundos, se hicieron más que amigos a los pocos minutos y a los pocos días se juraron amor eterno e inquebrantable. Era extraño, parecía que el destino los hubiera juntando y ahora parecía que los había separado de un golpe. Durante días, sin saber cuantos, estuvo sin saber qué hacer, qué decir… de hecho, no estaba en este mundo, al menos su mente no estaba, pues no reaccionaba. A veces estaba llorando, otras simplemente con la mirada perdida… El ordenador no se atrevía ni a mirarlo, pasando por delante de él rápido, como si su sola visión fuera a dañarle más todavía. Días estuvo sin reaccionar y para cuando lo hizo solo pudo gritar. Simplemente eso, desahogó su mente con sus gritos, su corazón con su rabia contenida y su impotencia y su alma con sus amargas lágrimas, lágrimas del terrible ácido que solo la desgracia puede crear. Cuando su grito terminó de llenar el aire con su tristeza, se dejó caer sin fuerzas en el suelo, echo un ovillo, en posición fetal… sumido en su dolor, en su desgracia, en esa pena terrible que le llenaba. Para él estuvo así los diez meses después de la muerte de Teresa por manos de un coche inoportuno en un lugar donde no debería estar y a una velocidad a la que no debería haber ido, mas él sabía en el fondo que no había sido así. Él había comido, había caminado, había estudiado y había seguido a trompicones con su vida, sin volver a sonreír, pero había seguido.
Tras esos diez meses su existencia había cambiado poderosamente, no solo por esa ausencia que le desgarraba el alma, sino por muchas cosas. Había ido de mal en peor, sobretodo en su carácter, antes extrovertido, divertido y rebosante de vida, pero ahora no era más que una sombra de sí mismo, incapaz de sonreír, incapaz de bromear o de concentrarse… sin ella, era incapaz de nada y lo peor, no le importaba. Su desgracia lo consumía, el pozo del dolor, de la soledad, de la amargura lo devoraba sin compasiones y eso le resultaba hasta gratificante.
No había vuelto a tocar el ordenador desde el día que supo de la terrible desgracia que le destrozó la vida, para qué, se decía. Ya no había nadie al otro lado esperando por él. Aunque tenía amigos, muy buenos en su mayoría, no le importaban lo más mínimo después de lo sucedido. Solo le importaba Teresa y su ausencia, su desafortunada y desgraciada ausencia.
Desde la muerte de la joven y cuando la noticia se corrió como la pólvora por los sitios de la red donde era conocida, él había recibido un montón de cartas de sus amigos, que al no conectarse este a Internet y sin saber su número de móvil, la única forma que tenían de contactar con él era por carta. Había abierto algunas de ellas y leído la mitad de estas, mas no había respondido a ninguna, “¿acaso importaba?” Se solía decir. Estaba empezando a coger la costumbre de tirar las cartas según venían, sin pararse a leerlas ni a nada más, pero aquella… Por algún motivo aquella carta le llamó la atención y aún sin saber por qué se vio a sí mismo tirando las demás y cogiendo esta, no solo cogiéndola, sino abriéndola también. Cuando leyó las pocas letras escritas en aquel papel blanco, todo su mundo y la realidad cambiaron. Casi perdió el juicio al leer aquellas letras, tal fue el impacto, que junto al sobre y al papel que cayeron, cayó también un cuerpo, quedando desmayado en el suelo. En el piso, al lado de su cuerpo desmayado, recuperándose poco a poco, estaba el papel, con unas simples palabras en una letra conocida:

Conéctate,Pablo, no estoy muerta.

¿¿Qué podía hacer?? Aquello era muy… no sabía describirlo, ni supo reaccionar de inmediato, mas se vio esa noche encendiendo el ordenador con miedos, con temores y con esperanza. ¿Y si era verdad que no estaba muerta? Pero era ridículo, ¿por qué la madre de ella le llamaría para decirle eso si no era verdad? ¿Qué motivo podría tener? Y si estaba viva, ¿Por qué sus amigos solo enviaban cartas con condolencias? Era ridículo, no podía estar viva, por mucho que él deseara eso y empezó a insultarse cuando ya llevaba tres horas en frente del ordenador esperando por un fantasma. Se lo dijo mientras dirigía el puntero de su ratón para apagar el ordenador… “Ella está muerta, idiota”. Algo lo detuvo........

para pablooooooo
Datos del Cuento
  • Autor: Loreto
  • Código: 7551
  • Fecha: 07-03-2004
  • Categoría: Románticos
  • Media: 5.14
  • Votos: 42
  • Envios: 5
  • Lecturas: 1845
  • Valoración:
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