Tenía varios libros sobre el escritorio pero no podía decidirme a tomar uno. Era como si tuviera tanta hambre pero de solo estar frente a un buffet se me fuera el hambre y tan solo me satisficiera con solo verlos. En eso estaba cuando alguien tocó mi hombro. Era un viejo amigo que con sus manos abiertas me saludaba y decía qué tal vida llevaba. Era normal porque vestía tan mal, producto de respirar la quiebra empresarial y, ni siquiera, no tener un techo donde dormir. A mi lado estaba mi perro, famélico como yo que, al ver a mi amigo, se fue tras una perra. Le vi alejarse y por un instante supe que no lo volvería a ver jamás… No me equivoqué. Le dije a mi amigo que paseaba por la feria del libro y que no tenía mucho dinero como para comprarme uno de ellos. Me miró y con sus ojos brillantes y paternales me regaló uno de todos ellos. Fue un libro de historia. Gracias, le dije, medio emocionado, y con un apretón de manos nos despedimos. Mientras me alejaba noté que él era uno de un personaje importante dentro de ese lugar. Sonreí y me sentí importante, así como si yo fuera él mismo. Miré mis manos y aún sentía el sudor de los suyos. Estoy loco, pensé y empecé a desaparecer del ese extraño y apetitoso lugar intelectual.
Busqué un rincón para leer el libro y empecé a leerlo. No pasé de las cincuenta páginas. Era historia griega, romana, ya relamida por cientos de historiadores. Cogí el libro. Miré el lomo. Olí sus hojas. Nuevo, sentí. Sin dudar en absoluto, busqué a un personaje a quien engañar. Lo encontré sentado en la salida de la feria. Se lo vendí y luego compré cinco libros viejos. Clásicos. Me fui a un rincón de las calles y no paré de leer hasta que el hambre me vino. Fui a una hospedería y cambié uno de los libros por un plato de comida. Otro por un espacio en un parque para dormir. Y los tres más por un poco de licor. Me acosté en medio de una ruma de borrachines y hablábamos de todo cuanto habíamos vivido durante el día. Me gustó cuanto escuché y, con un lápiz y un cuadernillo que tenía en mi bolsón, escribí un extraño poema, así como mi vida:
Lánguidos perros
Aúllan por hambre,
De luz,
De afecto
De humano calor…
La luna, en coro, aullaba con ellos
El tiempo rumiaba segundos y vacas
La noche añoraba la tristeza del poeta…
Todo sucedía en la noche
Mientras mis dedos
Temblaban de frío…
Dos manos cantaban de Dios
Dos ojos brillaban de amor
Dos seres oían la absoluta verdad
Dos noches duraron lamentos de un mundo indolente…
Ya el cielo crecía
La boca del silencio
Mordió al sueño
A la humilde y hambrienta paz…
Solté mis amarras
Y ahogué mis sueños y anhelos…
Por nada, nada…
Guardé mi poema y con mis sucias manos de comida, aguardé con los ojos abiertos a que los sueños y ensueños danzaran a través de la vida… Quería arañar la eternidad. Sí, no quería morir…
San Isidro, julio de 2008