Había una vez un gigante, gigante no por ser grande, tampoco por ser desmedido de fuerza, gigante simplemente porque todos lo llamaban gigante.
Y había también un niño, niño no por ser pequeño, tampoco por sus débiles manos, niño porque todos lo creían niño.
Gigante y niño un día se encontraron en mitad de la encrucijada de un camino y se dijeron:
Gigante: yo que tú me apartaba del camino
Niño: ¿por qué?
Gigante: porque yo soy más fuerte y más grande
Niño: ¿y eso es motivo? El camino no es tuyo ni mío es de los dos, yo puedo andar por este lado y tú por el otro.
Gigante: ¡No!, a mi me gusta ir holgado y abarcar todo el camino.
Niño: Pues a mi me gusta compartir el camino con quien me encuentro.
Gigante: ¿pero es que te atreves a desafiarme?
Niño: Yo no desafío
Gigante: Aparta y me hagas perder más el tiempo, ¿es que no ves mi tamaño?
Niño: Pues no me pareces tan grande. Si espero a que pases ¿puedo seguirte?
Gigante ¿para qué? me gusta ir solo.
Niño: Ya, pero llevamos el mismo camino
Gigante: Tu sabrás pero procura no molestar y que ni te vea.
Niño: De acuerdo ni notarás mi presencia.
Anduvieron largo rato, uno detrás de otro.
El niño iba detrás y al verse aburrido comenzó a silvar una bonita canción. De repente el gigante nervioso se detuvo y volviéndose le dijo:
Gigante: No quiero que me sigas ni que silves, me tapas parte de mi sombra y me calientas los oidos.
Niño: ¿y qué es una sombra? y ¿cómo se hace para calentar los oidos?
Gigante: No necesitas saberlo, dejame tranquilo y no preguntes más, date la vuelta y olvidame.
Niño: No puedo darme la vuelta, si lo hago perderé mi camino yo voy en la misma dirección que tú.
Gigante: Pues no hay espacio tan grande para los dos.
Niño: Se me ocurre una cosa. Tú, como dices que eres grande, da zancadas, así terminarás antes el sendero y antes llegarás a donde se divida, un camino siempre se divide, y yo como soy pequeño iré despacio y cuando llegue me iré por el otro lado.
Gigante: De acuerdo, yo andaré más rápido, a ver si te pierdo de vista.
Y el gigante comenzó a dar grandes pasos, la tierra retumbaba tanto que el niño apenas podía avanzar muy lento y sin caerse.
De repente llegando una bifurcación el gigante se paró, dándose cuenta de que el niño tardaría en llegar y podía coger su mismo camino, le esperó para asegurarse y cuando lo vio llegar le dijo ufano:
Gigante: bueno, aquí parece que dividimos caminos, yo cogeré este de aquí y tú cogerás este otro.
Niño: Pero tu camino me gusta más, desde lejos lo ví y ya lo había elegido, ese que dices que es el mío lo veo que tiene mucho bosque, es oscuro.
Gigante: ¿qué?, no, ni hablar me lo habías prometido.
Niño: Mentí
Gigante: ¿y porqué?
Niño: porque tenía miedo, yo en realidad no voy por este camino por gusto, me obligaron a ponerme en él y no sé ni adonde voy, me gustó encontrarme con companía y pensé que podíamos ir juntos y ser amigos.
Gigante: ¿pero como vas a ser amigo de un gigante?
Niños: ah, ¿no se puede?
Gigante: bueno es que... no está bien visto, es raro, no sé, nunca me lo había planteado, me dejas confundido.
Niño: Si estás confundido ¡hay una posibilidad de que te guste mi compañia!
Gigante: ¿cómo?, ¡pero qué te has creido! tan solo estaba pensando un momento, nada más, tengo claro que gigante y niño no podrán ser buena compañía jamás.
Niño: Yo así viéndote pensaba que sí.
Gigante: ¿y porqué pensabas algo tan descabellado?
Niño: Porque yo, al verte me he dado cuenta que no soy tan niño, tal vez me llamen niño porque unas veces callo ante las respuestas de los mayores y otras, si me duelen cómo me tratan o me ignoran, pues me pongo a llorar y no sé ni cómo reaccionar, y tú pues tampoco me pareces un gigante, me he fijado y tus manos parecen suaves y no hechas para dar golpes y la verdad tan alto no te veo porque consigo mirarte a los ojos. Y cuando dos personas que se creen lo que no son, la vida les pone en el mismo camino es porque quiere que se miren el uno al otro y se puedan decir las cosas que otros, por considerarles niños o gigantes, no les dicen, ¿no crees?
Entonces el gigante miró a los ojos al niño y viendo que no era tan pequeño como él imaginaba, comprendió que había encontrado a alguien que se atrevía a tratarle como realmente era y cogiendo al niño de la mano se apartó hacia un lado y dijo: ven, vayamos por el buen camino silvando una bonita canción.
-----------------------------------------
Nota del autor:
Si el cuento lo lee un gigante que se cree gigante no alcanzaré a sus ojos y si lo lee un niño que se cree niño, tal vez ciertamente llore al comprenderlo.
Aunque pudiera mirar a los ojos de un gigante y acepte mi mano para caminar con el. Sólo una lágrima de orgullo rodó por mi mejilla, al darme cuenta que sigo siendo siempre niña. Pero no llores que la niñez del alma agiganta el corazón.