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Ghost

-¡Está abajo en la estancia! ¡Está abajo!- exclamó la angustiada mujer que hace un minuto se cepillaba el cabello sentada ante la cómoda.

Un silencio abismal se apoderó de la habitación, mientras la mujer aguzaba sus oídos sin atisbar a escuchar nada. Afuera la brisa nocturna hacía crujir los árboles, presagiando tormenta, y sólo la palidez de la luna, llena y en todo su esplendor, iluminaba los espacios de una calle vacía. En medio del silencio, el estallido de un relámpago hizo resplandecer la imagen de la mujer, reflejada en el espejo, haciéndola volver en sí.

Puso el cepillo sobre la cómoda, se ajustó la bata de seda blanca sobre la cintura y, haciendo acopio de fuerzas, se acercó a la puerta sin atreverse a salir. La única luz se colaba a través de la ventana... luz de luna... a veces clara, muy clara; otras veces azul, cenizosa, oscura. La mujer tomó entre sus manos la perilla, acercó su oído a la puerta y se dispuso a abrir, pero el grito de su marido, acostado en la cama, la hizo pegar un salto mientras ahogaba un gemido en la garganta.

—¡Ya basta mujer! ¿Hasta cuando vas a seguir con lo mismo? Anda, vuelve a la cama— dijo el hombre, un tanto fastidiado por la situación.
—No lo entiendes ¿verdad?

La mujer abrió la puerta y se arrojó escaleras abajo hasta llegar a la estancia. No había nadie, estaba sola, de pie en medio del salón.

—¿Lo ves? Te lo dije –le replicó su marido, parado en mitad de la escalera– vamos, vuelve a la cama.

Claudette calló de rodillas y prorrumpió en llanto, ante la mirada compasiva de su esposo. Aquella noche nadie volvió a pronunciar palabra, mientras la tormenta avanzaba en medio de la noche, silenciosa.

A la mañana siguiente, Raúl salió a recoger el periódico pero la luz del día le dio en el rostro. Entornó los ojos hasta que pudo distinguir, no sin cierta dificultad, el felpudo de la puerta que parecía burlarse de él con aquella frase escrita en contundentes letras marrones: “BIENVENIDO”. Halló el periódico a un lado, lo tomó y estaba a punto de entrar cuando una voz femenina lo detuvo.

—¡Buenos días Raúl! ¡Vaya nochecita la de ayer! ¿No te parece?
—Perdón ¿Cómo dices?
—La tormenta, fue terrible. ¿No la sentiste?
—Ah, sí Marilyn, fue... fue terrible.
—¿Todo está bien?— Marilyn lo observaba profundamente con aquellos ojos almendrados, como si hurgara en su alma, buscando quién sabe que cosa.

Había aprendido a sostener aquella mirada, pero esa mañana era diferente, se sentía diferente. Algo se había roto dentro de él, y nadie, ni siquiera con aquella ternura infinita que destilaba Marilyn, podría ya repararlo.

—Sí, ¿por qué no habría de estarlo? —se atrevió a decir, por fin.
—Me pareció que... nada, olvídalo. Qué pases un buen día.

Al entrar, Raúl se tropezó de nuevo con el felpudo, esta vez parecía que se reía a carcajadas. Adentro, su mujer le había servido el café y se disponía a calentar unas tostadas. Había visto el encuentro desde la ventana de la cocina. Raúl se sentó y puso el periódico a un lado de la mesa sin prestarle mucha atención. Tomó un sorbo de su café, pero casi de inmediato se arrepintió.

–¿La quieres?— inquirió su mujer en tono suspicaz.

Raúl se quedó impávido, observándola directamente a los ojos, sin atreverse a pronunciar palabra alguna. Claudette, visiblemente molesta por la falta de reacción, le colocó la azucarera frente al café.

—Me refería al azúcar. Lo prefieres dulce, supongo — comentó la mujer amargamente.
—Sí, como a ti.

Claudette no supo qué contestar y, vencida, se dejó caer sobre la silla.

—¿Recuerdas? —preguntó Raúl, con un dejo de nostalgia en la mirada— ¿Recuerdas cómo eran nuestras mañanas? Te declaré mi amor una mañana, así como esta. Te dije que estaba loco por ti, que me encantabas, que eras la mujer más maravillosa y... y dulce que había conocido.

Claudette sonrió enternecida ante los recuerdos que comenzaban a agolparse en su memoria. El sonido del tostador indicó que el desayuno estaba listo y, por un instante, la vida volvió a ser como era, como había sido en algún momento, antes de que las cosas comenzaran a cambiar. Ambos comieron en silencio, tratando de no romper el delicado equilibrio que los mantenía unidos. Conscientes de que el menor gesto, o una palabra inadecuada, podría arruinarlo todo; conscientes de que esta vez podría ser la última.

—¿Vienes a cenar?— preguntó Claudette con tono inocente.
—Desde luego, sabes que no me pierdo tus cenas por nada del mundo...

Complacida por la respuesta, Claudette besó tiernamente a su marido y lo despidió en la puerta. Trabajó toda la mañana, y a las seis en punto la cena estaba servida en una magnífica mesa, decorada con esmero, el vino se enfriaba y las velas, encendidas ya, daban al ambiente todo el calor de hogar que aquella estancia requería.

Pero Raúl no llegó, ni a las seis, ni a las siete, ni a las ocho y media; no lo hizo sino hasta mucho después, cuando la luna ya estaba en lo alto del cielo, y el viento crepitaba, haciendo volar las muselinas de las cortinas. Claudette se recostó en la cama, vencida por el cansancio y por la espera. Su cabeza no paraba de hacer las más crueles maquinaciones, torturándola, retorciendo hasta la más fina hebra de su ser, llevándola al máximo de su resistencia.

Despertó de pronto, sobresaltada por un ruido. Provenía de la estancia. Bajó apresuradamente y se detuvo en seco ante una de las sillas del comedor. Las velas se habían consumido por completo y la cena, que se veía apetitosa mientras estuvo caliente, parecía ahora un poco desagradable. Aquello era extraño, podía sentirse algo en el ambiente, pero no había nadie sentado allí. A un lado, las fotografías de su matrimonio eran testigos de aquella escena. Tomó una de ellas entre sus manos, y permaneció cierto rato observándola atentamente. Era ella la de la imagen, y sin embargo no podía reconocerse. Sonreía, pero no recordaba que pudiera hacerlo.

Aquello la perturbó. Sintió que un filoso cuchillo se le clavaba en el pecho, instintivamente se llevó una mano al corazón, pero este seguía allí, latiendo como siempre y sin el menor indicio de heridas visibles. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba aquella felicidad que rebosaba en esas fotografías? ¿Qué había sido de ella?

Una brisa helada le estremeció el cuerpo, y sintió cómo, poco a poco, algo que no podía precisar comenzó a deslizarse y a salir de entre las paredes. Una vez más miró a su alrededor: no había nadie.

Temerosa, subió apresurada a refugiarse en su habitación. Pensaba en su esposo, en dónde estaría y a aquellas horas, en qué estaría haciendo. Con quién. La cabeza iba a estallarle. Se sentó en la cama, pero casi de inmediato se puso de nuevo en pie. Estaba también allí, sobre su cama. Un relámpago iluminó la noche y trajo consigo la tormenta, pero ésta que se desataba fuera no era tan terrible como la que estaba teniendo lugar dentro de la casa, en el interior de Claudette. No pudiendo contenerse más, Claudette lloró, lloró amargamente porque, como ese relámpago, la realidad había brillado ante sus ojos. Desesperada, elevó su vista nublada por el llanto y lanzó sus palabras al viento, como si quisiera con ello que la tormenta se las llevara consigo:

—¡No me equivoqué! ¡Sé que es verdad! —gritó, presa de la desesperación— ¿Quién te dio ese derecho? Dime —llegó a decir, casi ahogada por el llanto— ¿Quién te dio el derecho de meterte en mi casa y atemorizar a mi familia? Haz colocado un cuchillo a mi espalda... estoy perdida y no sé cómo evitar que sigas lastimándonos. Disparaste tus flechas justo a mi corazón... ¡y eso está acabando conmigo! Te paseas por la casa como dueño y señor, acabas con aquello que más amo, pero no puedo verte de frente. ¿Quién te dio el derecho? ¿No ves que mi familia me necesita? ¿Quién eres? ¿Quién eres?

Alcanzó a pronunciar apenas con voz audible estas últimas palabras, cuando apareció por la puerta la figura de su esposo. Éste pudo ver en el rostro de su mujer la huella inconfundible de algo sombrío, algo fantasmal se respiraba en el aire, algo atemorizante. La tormenta comenzó a arreciar, y por un momento era posible tener la impresión de que sólo llovía sobre aquella casa. El viento silbaba furioso entre las ramas de los árboles, arremetiendo con fuerza contra cada cosa dentro de la casa, aquella casa azotada por fantasmas, por el fantasma de los celos que Claudette había traído a vivir con ellos desde el primer día que pusieron un pie en ella.
Datos del Cuento
  • Categoría: Sin Clasificar
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