Mañana de carnaval. No sé de que dÃa, ni el año. Lo sé pero prefiero no recordarlo. Todo el mundo danzaba por las calles disfrazado entre engaños y burlas sin ser descubierto. El color envolvÃa las enormes avenidas de aquella ciudad que hoy tan solo recuerdo. El ruido clamaba al cielo fiesta y más fiesta desde el amanecer hasta el siguiente amanecer, si era posible no clausurar el carnaval no quemarÃan a don Carnal y a doña Cuaresma. LlovÃa serpentina abrigando las aceras tal alfombras florales compuestas de millones de pétalos fueran. La música privaba oÃr los cantos de sirenas al romper en espuma las elevadas olas contra las rocas del acantilado.
Mucha gente. Tres personas, nosotras, entrábamos y salÃamos de tasca en tasca, copa tras copa ahora un tinto después una caña pero la mano siempre ocupada, los labios también. Las doce del mediodÃa pero ni a mis hermanas ni a mi nos importaban las agujas del reloj, aquel reloj de oro que nuestra abuela se habÃa empeñado en regalarnos a cada una en la mayorÃa de edad.
Entre tanta gente un quiebro de color, nosotras. No, no éramos turistas. No, no odiábamos el carnaval. SÃ, sà tenÃamos disfraces pero en ese momento no lo llevábamos puesto. Más tarde tampoco lo llevábamos.
¿Por qué ese año no nos disfrazábamos como todos los años anteriores?. Ese año descubrimos que no necesitábamos mascara alguna, todos los dÃas la llevábamos. Estábamos muy unidas, muy unidas pero no nos conocÃamos. Cada dÃa engañábamos y nos burlábamos de aquellos que nos admiraban como vértice de una pirámide, como las mejores y compenetradas hermanas ejemplo, también a nosotras.
Esa mañana nuestro disfraz era el mismo que el de diario. La gente se extrañaba de vernos sin disfraz alguno pensando lo que pensaran sin importarnos el qué dirán de aquel dÃa como hoy por hoy no me importa ni el de entonces, ni el de ayer, ni el de hoy, ni el de mañana. En todas las tascas ocasionaba revuelo nuestra entrada, la familia feliz no era partÃcipe de la fiesta cuando nunca habÃa dejado perder oportunidad alguna de fiesta por pequeña que fuera. Sà participábamos pero quien no sabe, no comprende y ellos no comprendÃan.
En la última tasca en la que entramos coincidimos con un amigo de la familia invitándonos a almorzar en su casa. Algo informal y rápido, una barbacoa. Una enorme cocina repleta de muebles color cerezo, en medio una gran mesa rodeada por todos nosotros esperando que salieran las chuletas de cordero bien doraditas y crujientes de la barbacoa. Las bebidas ya habÃan salido de la nevera, aún mantenÃan el frÃo.
Miradas cómplices .
Alguna mente se distrajo por un momento, aquella situación le trajo recuerdos a Clara, la cocina no parecÃa más que un reflejo de la sala de operaciones donde trabajaba un dÃa sà y otro también con Antonio. Antonio habÃa dejado su pijama y su bata verde junto con los zuecos en la taquilla del hospital Virgen de la Concha sustituyéndolos por un delantal y un mandil de cocina.
Silencio.
Los ventanales de la cocina comunicaban con una pequeña terraza ajardinada con capullos de flor a medio abrir esperando la llegada de la primavera. Preciosas vistas al mar y escalera de acceso a la playa. La brisa marina y el caliente sol dorado de febrero llegaban a nosotras, la comida se resistÃa.
Por la playa caminaba alguien, él acompañado de su sombra. Por la orilla iba dejando huella de sus pisadas hasta que ola revoltosa se apoderaba de ella sin dejar rastro alguno de quien hubiera pasado por allà segundos antes. Era Pablo, mi cuñado, el marido de Clara. Ninguna esperábamos verlo. Solitario, pensativo mojaba sus pies en su frÃo mar Cantábrico. Clara no hizo el mÃnimo amago de salir a la pequeña terraza para que la viera, tampoco llamarlo a voces para que acudiera junto a nosotras. Antonio también lo vio ignorando su presencia. Elisa mi observó duramente esperando mi actuación. No hice nada, inmóvil centré mi mirada en la barbacoa que no terminaba de cocinar la carne. HabÃa hambre. HabÃa tensión.
Elisa fue la primera en quitarse su mascara de niña inocente con cara de no haber roto ningún plato de la vajilla de la abuela herencia de familia desde el siglo diecinueve. Esa mañana ni siquiera se habÃa maquillado. Era la más pequeña de las tres, la más consentida de la familia, la niña buena. La querÃa mucho, la quiero mucho aunque no se lo diga desde hace años. Salió a la terraza. Respiró profundamente tomando todo el aire que entraban e incluso el que no entraba en sus pulmones, y corrió escaleras abajo hacia la orilla, hacia Pablo.
Se abrazaron. Se besaron. Se marcharon. Nos sorprendieron. Desaparecieron. Jamás supe. Claro estaba que Elisa no quiso contar nunca, no quiso que supiéramos, ni tampoco que comprendiéramos. Espero le haya ido la vida tan bien como ella hubiese soñado.
A Clara también le molestaban las estiradas gomas de su mascara de enfermera. Teniendo piel con piel al cirujano de su vida y viendo la actuación de la mosquita muerta de Elisa, se quitó su mascará besando a Antonio estando yo allà presente. No hubiese salido ni una gota de mi sangre si en ese momento me hubiesen pinchado una vena. Las miradas de complicidad se habÃan esfumado como el humo de los tantos cigarrillos que habÃa fumado en el transcurso de que la dichosa barbacoa terminara de dorar las grasientas chuletas de cordero manjar exquisito que pararon en el cubo de la basura aquel fatÃdico dÃa. Clara, Antonio y Pablo eran los únicos que sabÃan el equilibrio o desequilibrio de la balanza de sus vidas, yo no sabÃa, no comprendÃa. Me esfumé de aquella casa. No comÃ.
Mi mascara sigue fiel al rostro de esta pequeña Helena tras treinta y siete años. Mis hermanas no me comprenderán, nunca sabrán, nunca me comprenderán y aunque siempre me vean como a la niña de siempre, aún vivo en mi carnaval.