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El dÃa comenzó como cualquier otro: El sol salió y la luz inundó el mundo. TenÃa una tenue conciencia de que algunas cosas habÃan cambiado pero en realidad le importaba muy poco. Salió al exterior hambriento, en realidad habÃa dormido poco pero rara vez dormÃa lapsos extensos de tiempo. Caminó hacia el Sur unos metros tratando de extirpar de su cerebro los vestigios del sueño. Y lo logró. En realidad todo lo lograba, nunca en su vida se habÃa topado con un imposible, todo lo resolvÃa con una facilidad y practicidad numéricamente imposible de igualar. A treinta metros de su posición inicial encontró lo que buscaba y se preguntó como nadie habÃa tocado ese suculento trozo de carne de cerdo adornado con hojas vegetales, embebido en una exquisita salsa de ciruelas. Se dio un festÃn tan grande que luego debió permanecer mucho tiempo en reposo hasta completar la digestión. HabÃa vivido allà desde que llegó al mundo y la suerte (y solo la suerte) quiso que su vida fuera extensa y placentera. Quizás la respuesta anidara en el hecho de que habÃa nacido en un lugar donde se fabricaba comida, uno de esos lugares donde se alimentaban los predadores. Y si un alimento era bueno para un predador, era bueno para él también. Incluso su misma especie podrÃa haber servido de alimento a los predadores pero ellos siempre se dedicaron a matar y nada más. Ahora se pudrÃan de a miles por todos lados, quien sabe porque, pero no le intrigaba en lo más mÃnimo. HabÃa quedado demostrado que los predadores eran una sub especie y La Creación los habÃa maldecido. El, en cambio, y los suyos eran la cumbre, la cima, estaban por encima de cualquier otra especie y contaban con el amor de La Creación. ¿Cómo podÃa ser de otra manera?. Los predadores lanzaron sus bombas y nada quedó en el mundo. Bueno, nada no, estaban ellos. Nadie más, solo ellos. Miró a sus hermanos, lleno de orgullo, eran miles de millones y pronto serÃan muchos más. Pululaban por el piso buscando comida, algunos se apareaban, podÃan tener acceso a cualquier parte y cuando no hubiera más comida ellos mismos se convertirÃan en el alimento de su propia especie. Era perfecto, simple, irrebatible. No habÃan nacido para la lucha ni para crear imperios, ellos devoraban los imperios y tanto invadÃan los hogares mÃseros como los palacios. Por eso, a pesar de la devastación, de la aniquilación absoluta, solo quedaban ellos, con sus decenas de millones de años de evolución, tan simples como perfectos.
Inmersa en sus pensamientos, la cucaracha recibió la señal de que la digestión se habÃa completado y se puso en movimiento.
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