Me gustaría contar algo.
Algunas veces la respiración se entrecorta, se hace rápida, se hiperventila el cerebro y comienza una sensación de opresion en la cabeza, en las sienes que no se alivia, que no se calma.
Algunas veces, al sentir ese pulso prieto y desancompasado, de repente la garganta se corta, el aire no entra ni sale, la sensación se parece a un intento por sacar de debajo del agua la cabeza tras una inmersión de largo tiempo y no poder conseguirlo. La boca se abre y se cierra a un ritmo vertiginoso, los labios tratan de recoger aire por sí mismos mientras en el pensamiento surge la idea de que todo es inutil, que algo pasa, que el cuerpo no responde a ese implorar por recobrar el aliento, la voluntad, la normalidad.
Y entonces sin saber muy bien cómo llega a ti, recuerdas aquella conversación en la que alguien de forma descuidada habló de la sensación de desahogo que se produce cuando te pones una bolsa en la cara para poder respirar mejor porque salía en una película y sin entender muy bien qué idea se le ha ocurrido a tu asustada mente, que ya no controlas, buscas torpemente ese socorrido alivio, esa bolsa que te haga recuperar la respiración, la serenidad de un momento.
Y cuando tienes la bolsa entre tus manos y respiras buscando el aliento puro a través de ella, tu mente comprende la situación de rídiculo personal en la que te hayas y tienes ganas de llorar, de desaparecer, de tratar de entender porqué a ti te pasa algo así, pero sabes que no puedes despegarte de esa bolsa si no quieres volver a pasarlo mal. Y después de unos interminables minutos comienzas a ver cómo tu cuerpo se sosiega, tu respiración se acompasa cada vez más, se adecúa a una calma mayor y poco a poco como vencida, como derrotada, dejas caer tus manos con esa bolsa que nada contiene, como no sea tu abandono y tu desesperanza. Y al entender que todo vuelve a tener control en tu vida, lloras de congoja y angustia. lo que te pasa, pero no te atreves a mencionarlo ni a pedir ayuda porque imaginas que es algo pasajero producto de. un mal momento en tu vida. que ya se pasó.
Esos son los síntomas que se sufren cuando se tiene un ataque agudo de ansiedad. Alguien me ha escrito a mi correo para preguntarme si yo alguna vez había tenido ansiedad. Mi respuesta es que sí y esos son los síntomas que yo tuve. Yo ya me curé de ello, el motivo por el que me curé fue sencillo, nunca supe que lo que me pasaba se llamaba ansiedad, nunca se lo conté a nadie, así que nunca lo traté como una enfermedad; con entereza y mucho tiempo busqué el motivo que me lo provocaba, me alejé de ese motivo y dejé de sentir ese ahogo. Un buen día, cuando ya había pasado mucho tiempo de esos acontecimientos, la reacción a una pastilla con una copa me provocó volver a tener esos síntomas, como no estaba en mi casa me daba vergüenza decir lo que me estaba pasando, pero yo, para ese momento, ya identificaba claramente lo que era un ataque de ansiedad. No había bolsa para ponerme ni respiraba palabras para pedir esa ayuda, ni para explicarle a la persona con la que estaba lo qué me estaba sucediendo. Entonces me recosté en un sofá con la cabeza hundida en un cojín buscando un alivio mental, descubrí que mi mente había cambiado y solamente podía decirme: esta vez no es miedo, es algo natural, es algo natural, esta vez es algo natural, sonaba en mi cabeza en repeticiones. Esa persona se acercó a mi, supongo estaría asustada, se arrodilló para quedarse a la altura de aquel sofá y sin saber porqué lo hizo comenzó a mover una mano recoriendo un costado de mi cuerpo, de forma calmada y suave como si me acariciara, no hacía más, no hablaba, solo se quedaba a mi lado tocándome de forma lenta, no recuerdo lo que sentí solo sé que en mi mente algo gritaba: sigue, por favor, no sé qué haces, pero es bueno para mi, lo necesito. Y siguió su mano posada durantes unos segundos más y noté como mi respiración se fue volviendo lenta, tranquila, normal.
Si acaso esa vez necesitaba llorar solo era de agradecimiento. Pero me aguanté y apenas pude darle las gracias. Y así, sabiendo que sin una bolsa en mi boca "algo" me había calmado mi ansiedad, me quedé dormida.
A la mañana siguiente, me asustaba un poco tener que dar explicaciones, le hablé de la reacción médica de una pastilla, que no debí beber nada y todo quedó en una sencilla regañina para que tuviera más cuidado cuando tomara nuevamente algo. Nunca le dije nada más.
Y aquella noche mientras me dormía en mi casa supe que jamás volvería a tener ansiedad. Y así ha sido.
Con el tiempo, hablando con un médico amigo le expliqué todo lo que me había sucedido y que seguía sin entender porqué una simple mano podía causar ese efecto en mi ante algo tan irraccional como un ataque de ansiedad. El me contó que la mente es muy sabia y aprende y cuando aprende cambia y que esa última vez ya no existían en mi componentes como el miedo, temor, pánico, etc, solo se trataba de una reacción lógica por una mezcla incompatible de elementos pero que yo lo canalicé todo hacia mi aprendida ansiedad y que esa mano solo supuso el contacto con una nueva realidad en la que nada había que temer y por eso me calmé sin necesitar nada más.
Quería terminar este relato diciendo que hace muy poquito estaba tomando un jarabe por un problema de estómago y sin recordarlo me tomé una copa de vino. Cuando me acordé de que había mezclado otra vez, argg, me sentí inquieta pensando que quizá podría volver a tener algún tipo de ansiedad, reacción rara, etc.
La consecuencia no se hizo esperar: vomité, luego me quedé medio dormida y cuando desperté simplemente me dijeron: es que eres un desastre, lo que te ha pasado es lo normal que te podía pasar.
Ese médico tenía razón: mi cabeza ha aprendido a no intervenir en un proceso natural.
- - - - - - - - - - - - - - -
Si algo me gustaría añadir es que verdaderamente nuestra cabeza es muy poderosa, cuidemosla.