A veces, esas veces en las que me acuerdo de ti, y al hacerlo comprendo el sitio que ocupaste en mi vida, acude a mi pensamiento un tiempo cálido, un momento de delirio de sentimientos en el que imagino lo que hubiera sido despertarme entre tus brazos sin ningún miedo, sin que nadie acechara mis movimientos, como si el mundo se detuviera en un profundo suspiro y se anudara en pañuelo de seda a nuestro cuello para abrigarlo, para llenarlo de calor y de elegante sentir.
Y a veces, esas veces, en que me quedo dormida imaginando que mi almohoda es tu pecho, al despertar del sueño, aún adormecida, mis labios te nombran y por un instante la vida me parece ese hermoso hueco de felicidad que todos merecemos vivir, cuando surge, en su plenitud de gestos.
Si es duro imaginar haber perdido a alguien querido, sobre todo al comprender ahora, por los juegos de la vida, cuánto lo amaba mi ser, más duro aún es imaginar que también he perdido con ello y al mismo tiempo a un buen amigo que me hacía crecer. Pero además debo sumarle a toda esa tristeza... el dolor de saber que para quienes apreciaba, simplemente, no es un tiempo en el que desean acompañarme y arroparme, sino que reducen mi historia a una batalla final en la que, después de dos penosos años de lucha esquivando daños, por fin una de sus envenenadas flechas me acertó tan de lleno en el corazón que inevitablemente herí el tuyo. Y ahora tan solo soy ya esa herida, derrotada en ti, que tanto ansiaban que fuera.
A veces, esas veces...es demasiada verdad callada, demasiada injusticia tanto triunfo, demasiado dolor para soportarlo con entereza y humanidad y aún así, sonrío, abrazo y beso, con la esperanza de un mañana mejor volcado en mis palabras, esas que se desatan en estos cuentos como si fueran el humano refugio de libertad en donde nadie puede ya herirme, ni tan siquiera la música que puedo elegir no escuchar.