Algunas noches los lobos saturaban mis oÃdos de densas lunas color bordó, esas que se congelaban al viento. La niebla tendiéndose bajo mis pies, me hacÃa caer. Era entonces cuando corrÃa como lince a tus ojos, bebÃa de ellos, quedando preso de sus embrujos de mujer fácil. Me asÃa a tu cuerpo resbalando lento como serpiente de mar, tatuando su piel, mientras las olas borraban mis caricias más vehementes. Noche a noche el graznido de las sombras me hacÃan dejarlo todo por ella. Algunas veces dejé mi cuerpo descansando sobre la mullida almohada, en esos instantes mi espÃritu volaba hasta encontrarla, se metÃa en sus pliegues más Ãntimos, haciendo el amor a su olvidada alma. Recorrà uno a uno los senderos de su mirada, algunas veces la lujuria de años atrás resurgÃa raudamente, en los matices de sus pupilas sobre mi carne zurcida por el tiempo. Contemplé sus rojos parajes, melodiosos arroyos y ocasionalmente sus marismas saciaron mi sed.
Nunca sabrás como se puede querer hasta que el demonio, llega vestido de ángel, y pone a tus pies el más anhelado paraÃso. Es entonces cuando muere la Eva por dentro y renace la Lilith, cuando la serpiente muerde dejando correr ese veneno más dulce y embriagador que el aguamiel. La piel se cae, queda el alma desnuda a merced de Satán, es tan tentadora la muerte que es siempre se le confunde con el amor.
Muchas veces me atrajo esa figura, que enlutaba a la oscuridad, ese cabello de cuervo lustroso, por ojos dos pequeños abismos de agua de mar, sus fuertes muslos columnas de una excelsa obra que combina misticismo y humanidad. En su vientre revuelto, anidaba el encantamiento de la sirena. Para cuando hayas leÃdo esto, su corazón se abra desvencijado por falta de aire, ese latido brioso de certero animal se confundirá con el soplido del viento.
El ocaso estaba cerca, caminaba sobre la acera de una derruida calle. Mis zapatos quebrantaban mi concentración, con su nada modesto rechinido, llenaban de algarabÃa el espacio sórdido. Mis ojos iluminados por un destello de luz. En la pared de un viejo cementerio, sombras de vidas sin existir latÃan cobijadas por el cemento y mi mirada. Es curioso como uno recuerda hasta el más Ãnfimo suceso al tratar de olvidarlo.
Doble sobre mi eje para ir a dar justo hasta sus ojos. Caà como el más ingenuo y malvado paria en la prisión. Su imagen de arena y sangre me quedo gravada. Desde ese instante hice de su camino mi motivo. En dos dÃas su vientre ardió bajo mi piel, destrocé la distancia, convertà a la Diosa en mi religión. Bebà de su cáliz hasta la ultima gota, sacié mis ansias, el amor es el ultimo sello del corazón, el cual se abre sólo una vez sin cerrarse jamás...
La habite como quien mora la casa de Dios, mientras la amé como sólo un idolatra pudiese entenderlo. DÃa a dÃa sus ojos alimentaron los mÃos. Su rostro se desdibujaba, pequeños hilos de carne se iban desmontando de su lugar, caÃan las guÃas del contorno de sus ojos, ya no habÃa abismos, era el infierno el último testigo existente en el más allá. Temà dejar su cuerpo.
Te darás cuenta que ahora sus huesos son sólo polvo, la verás sólo en esa vieja fotografÃa traÃda a escondidas del sucio burdel. La media noche no se anuncia, el ocaso se advierte solo para quienes saben verlo. En ese eclipse de sin razones, llegué, no hubo nada que pudiese evitar, el volcán se desbordo. Ambos murieron mientras las venas de mis ojos explotaban, un gatillo que se jala sin ningun remordimiento.
Un hilo de sangre tuve por último beso, el sonido de su corazón apagándose...Ahora sólo la encontrarás en estos recuerdos y si dudas de su existencia...alza los ojos empuña el espejo sobre tu rostro, verás el mismo cabello agitarse como alas nocturnas, verás todo con esos dos pequeños abismos de agua de mar...