Estaba echado sobre las blancas arenas de una playa muy apacible, disfrutando de los rizos del manto de agua que iban y venÃan, mojando sus secas arenas una y otra vez, cuando vio, no lejos de donde se hallaba, un largo y poderoso puente que empezaba en una parte de la orilla... Cerró los ojos un momento, pensando que era un ensueño, y cuando los abrió, aun estaba este gigantesco puente que tan solo se notaba su inicio pero no su final...
El sonido de las gaviotas y la blanca espuma de las faldas del océano no pudieron cautivarle la visión de inmenso puente. Se paró, y empezó a acercársele. Mientras más se aproximaba, notaba que cientos de personas subÃan sobre el puente y, con la ayuda de autos y camiones partÃan, con los rostros llenos de emoción, hacia el otro lado de la playa... Se detuvo un instante, y sintió que miles de personas lo empujaban como el brazo de carne de un gigante que lo arrastró hasta la entrada de este pasadero…
Cuando estuvo frente a frente al puente, un hombrecillo se le acercó pidiéndole si tenÃa un permiso, un documento para viajar al otro lado. "No, no tengo...", respondió. No bien hubo terminado de hablar, unos hombres muy grandes lo bajaron de la pasadera, pues su presencia no permitÃa el fluido de llegada y partida de la numerosa gente que deseaba irse al otro lado... Desde abajo del puente, el muchacho vio partir a todos sus amigos, enemigos, parientes y gente que nunca antes conoció, y supo que, nunca más retornarÃan. Alzó sus hombros, y escupiendo sobre la arena se dio media vuelta y regresó al lugar de donde habÃa salido, pero cuando llegó no encontró nada. Sus ropas, su dinero, su auto, su casa habÃa sido desaparecido, quizás por las olas del océano... No supo qué hacer, pero, se sintió más ligero y lleno de fuerzas. Miró nuevamente el inmenso puente que estaba repleto de gente desfilando como los judÃos que Moisés transportaba a través de las aguas huyendo del poder los egipcios... El muchacho trató de comprender lo que ocurrÃa, y no pudo. Subió a la roca más alta para tratar de distinguir el final del pasadero, pero no pudo ver nada más que al puente como una lÃnea que se disipaba en el horizonte...
Entonces supo que tenÃa que cruzar al otro lado del océano. Se quito sus ropas y, desnudo, se lanzó hacia el mar que, al sentirlo, lo recibió con sus acuosos brazos abiertos… El muchacho nadó y nadó hasta que todas las fuerzas se le agotaron, y cuando empezó ahogarse sintió una mano poderosa cogiéndole como un pedazo de papel y, como si él fuera un ser de aire, lo elevaba a través de todo el océano hasta llevarlo al otro lado del puente...
Cuando aterrizó, grande fue su sorpresa al ver que el final del puente era otra hermosa playa de blancas arenas, con mucha gente que estaba partiendo hacia el otro lado...
San isidro, julio del 2005