Un hombre en el andén de una estación de trenes, sentado en un banco apretaba entre sus manos un boleto de tren. Nunca había viajado, no había salido de aquel pueblo, sus miedos ante la vida, le habían impedido enfrentarse a esta y cambiar su destino. Había pasado allí su adolescencia y juventud, y ahora no quería esperar el final de sus días en aquel lugar. Finalmente llegó el tren, temeroso abordó el tren, tomó un asiento junto a la ventanilla. El tren dió inicio al viaje. Algunos kilometros después el tren se detubo en una estación de trenes igual a la suya, donde un hombre, joven en una banco, apretaba dos boletos de tren, se veía reflejado en su rostro todo un mundo de ilusiones y sueños.
Abordó el tren y ocupó un asiento junto a la ventanilla, por un instánte sus miradas se cruzaron e intercambiaron una breve sonrisa. De pronto una joven ocupó el asiento junto al joven, abrazándose y besándose al mismo tiempo.
Quizás el anciano y el joven, nunca se volvieran a ver, cada tren tomó un rumbo distinto. Uno de los hombres iría a encontrar su destino, y el otro esperaría la muerte en el vagón de un tren.