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Categoría: Hechos Reales

El tambor

Creo que en ese tiempo yo tendría unos nueve o máximo diez años. Mi mamá o a veces mi abuela me mandaban por las tortillas a tres cuadras de la casa, y necesariamente para llegar allá, a la tortillería de los Estrada situada en calle 12 avenida 12, tenía que pasar por el Colegio Guaymense, creo que así se llamaba, no estoy muy seguro.
Sobre un inmenso ventanal que daba a la calle 12, en la parte más alta, siempre miraba un tambor y la distancia entre él y yo, de diez centímetros, era separada por una malla delgada pero firme que servía de protección. Lo miraba cuando iba y de regreso no era la excepción.
No tenía quizá ese timbal, para otra persona nada de extraordinario, pero para mí, que se había convertido en una obsesión el tenerlo, era el tambor más hermoso del mundo: caja de metal, aros de madera pintados con los colores nacionales, piel de oveja emparchadas en aretes muy apretados con cuerdas en zig-zag, y encima de él, un par de vaquetas desgastadas, y eso sí, la caja de metal, brillante como si acabaran de frotarla con Brasso.
Debo confesar con cierta pena, que en ocasiones me dieron ganas de hurtarlo para poder tañerlo con orgullo y fuerza, y con mis dedos que apenas cabían por la malla protectora, intentaba tocarle el cuero y tratar se sonarlo. Desde luego que era en vano, jamás pude hacerlo.
Esa escena de pasar una y otra vez por esa ventana con el único objeto de poder mirar “mi” tambor, se repitió alrededor de seis meses, hasta que en una ocasión, una maestra me sorprendió, observando el precioso pandero.
Recuerdo claramente que primero me regañó diciéndome que qué hacía allí.
Asustado quise correr; mas ella me lo impidió preguntando de nuevo.
-¡No hago nada, sólo veo el tambor que está en esa ventana! –dije señalando con el dedo índice…
-¿Te gusta…? ¿Quieres sonarlo?
-¡Sí! –solo alcancé a contestar.
Un rato después, tenía por fin en mis manos el tambor que durante tanto tiempo desee tocar.
Crucé las cananas y coloqué el timbal en posición. Tomé las vaquetas y antes de cruzar el primer golpe, la maestra me dijo cómo hacerlo: son tres tiempos de sencillos alternados con siete golpes dobles…
Seguí fielmente sus instrucciones y el sonido que le arranqué fue maravilloso…Bien afinadito y su sonido firme hicieron que me sintiera como esos soldados que con gallardía y honor desfile tras desfile, le arrancan al cuero las notas de algunas marchas.
Qué emocionado quedé y un rato más tarde, salí con mi carga de tortillas frías, pero con la sonrisa y la satisfacción en los labios de poder cumplir un sueño acariciado.
Ya de grande quise comprarme uno igual; sin embargo, el recuerdo de aquel, el que consideraba mi primer tambor por haberlo sonado, me traía nostalgia y sentí que no iba a ser la misma, por lo tanto, mejor opté por mantener fresco en mi memoria aquél momento sucedido hace ya treinta años, y conservarlo para el anecdotario de mi vida, sólo que sin olvidar jamás al tambor de la ventana.
Datos del Cuento
  • Categoría: Hechos Reales
  • Media: 5.45
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Comentarios


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1 comentarios. Página 1 de 1
Mayital
invitado-Mayital 17-12-2004 00:00:00

Ventura: Me da gusto que vuelvas a escribir, éste te quedó muy bien. Todavía existe ese tambor? Mayital

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