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El récord

Aunque no estuvo en su casa para contestar llamadas telefónicas de felicitación, la noche en que cumplió 25 años Hina habló sin parar. Derek y yo la llevamos a la bolera de la autopista. Ella había dicho que tenía ganas de ver gente, y nos había hecho prometer que no jugaríamos, sólo observaríamos durante un rato corto porque quería ir antes de las nueve a un bar que estaba junto a la laguna. Quería que cenáramos más tarde en el restaurante chino de High Street. Todo de cumpleaños, todo los tres. Pero el plan no funcionó exactamente, pues cuando vió los cuarenta corredores lustrosos de la bolera Hina se antojó de jugar.
No lo había hecho nunca antes, y en las primeras bolas no lo hizo mal. Con la tercera dejó un solo bolo en pie. En el cuarto turno se empezó a preocupar por el estilo, dejó de detenerse al final de los pasos de impulso, y soltó la bola a la mitad de la carrera. La bola se fue por la canal, pero ella no se desanimó. Preguntó dónde podía comprar zapatos especiales para jugar bolos. La pareja del corredor adyacente nos dijo que así como esos que alquilaban en la bolera por 2 dólares la hora ya no se hacían, y eran esos los que Hina habría querido tener, no para practicar sino para salir a la calle.
La tanda se acabó e Hina se acercó a la barra a comprar un perro caliente. Mientras esperaba a que se lo dieran vino a preguntarnos cuántos carriles creíamos que había en la cancha. Nosotros los acabábamos de contar, le íbamos a contestar que eran cuarenta, cuando notamos que de la mochila que ella traía terciada sobre el pecho estaba saliendo humo. Por un momento se me ocurrió que se le había quedado pegada la humareda de la parrilla. En el instante siguiente pensé que Hina había metido el perro entre la mochila esperando a que saliéramos porque le daba vergüenza comérselo delante de los jugadores. Luego recordé que yo nunca había visto que de las salchichas asadas saliera tanto humo.
La reacción de Derek fue más rápida. Descolgó la mochila de Hina, la tiró al suelo, la pisó, y la levantó por la correa cuando creyó que el fuego estaba extinto. Metió la mano para buscar cuál había sido la causa, se quemó y volvió a soltar. Volvió a pisar y a meter la mano, siguió el rastro del calor, llegó hasta un sobre de fósforos y descubrió que todos los fósforos estaban quemados. No sólo las cabezas sino los cuerpos, carbonizados.
Hina confesó que había estado buscando a tientas entre la mochila unas monedas para completar el precio el perro, y de repente había sentido la mano caliente. Había visto una llama y había creído que la mataba dándole palmadas a la tela, se había desentendido y había venido hacia nosotros con la mochila abierta. Seguramente había frotado los fósforos sin querer, unos contra otros contra la mano y las monedas cuando tanteaba a ciegas.
- Es que los dedos no tienen ojos, se disculpó con una sonrisa.
Se le veía el susto.
- Me imagino que vale por soplar las velas del pastel, dijo cuando nos subimos a mi carro.
En voz baja dijo que era maravilla.
Había quedado encantada con la bolera. Se le había parecido a una playa.
- ¿Podríamos volver la semana entrante?
Estaba tarde y decidimos no brindar en el bar del lago. Yo dije que si Hina no hubiera malgastado el día tratando de convencerme de que no debíamos celebrar su cumpleaños, habríamos tenido tiempo para recibir más sorpresas. Derek se interesó.
Hina le explicó que esa mañana se había despertado rabiosa. Había tratado de calmarse, pero sentía que era justo tener rabia.
- Para no ser indiferente. Para que no quedara nada impune, irresoluto, ningún cumpleaños sin su merecido. Rabia por deber, dije yo.
- No, por deber no, dijo Hina. Por lo de siempre.
Le expliqué a Derek que "lo de siempre" era lo que otras veces Hina llamaba "reacción de amor". El mal humor la había abandonado hacía dos horas, espantado por nuestros regalos. Ella iba alegre por la autopista. Aunque no fuéramos a entrar, quería ver cuál era el bar al que habíamos pensado ir. El letrero advertía que el local estaba alquilado esa noche para una fiesta de graduación. En la acera había gente con corbatines.
- De todas maneras no habríamos podido quedarnos.
- Los ventanales de atrás dan al agua.
- ¿Podríamos volver la semana entrante? preguntó Hina.
Por la mañana había recibido en el correo dos cuentas de teléfono. Ninguna tarjeta. Se había cambiado de compañía de larga distancia a la mitad del mes, y tenía que pagar tarifa fija por partida doble. Por la noche la cuenta la seguía preocupando.
Preguntaba si en el juego de bolos había campeones y campeonatos. Si lo mejor que uno podía hacer era tumbar todos los bolos, y lo hacían tantos aficionados tantas veces (lo habíamos hecho Derek y yo, dos veces cada uno), no parecía que hubiera grandes retos, problemas, obstáculos por vencer. El juego no se hacía más difícil, y uno no podía hacerse mejor.
- Tal vez podrían aumentar el número de bolos, sugirió.
- Si pusieran más bolos en el mismo espacio al final del corredor, los tendrían que poner más cerca unos de los otros. Sería aún más fácil. Si por otra parte ensancharan el espacio al final del corredor, sería imposible que la bola tumbara todos los bolos de un golpe.
- Podrían disponerlos de maneras distintas. Como un dominó o un castillo de naipes en que hubiera que tumbar sólo uno para que los demás se cayeran.
- Demasiado simple.
- Un dominó ordenado especialmente en el que hubiera que pegarle a un bolo en particular.
- Ese sería otro juego. Tiro al blanco.
- Podrían alargar la distancia entre los bolos y la bola para que se conviertiera en un juego de fuerza.
- Sí, me rendí yo.
- Sí, se rindió Derek.
A Hina le parecía raro que los malabaristas usaran bolos y bolas para sus trucos. Media milla después dijo que en los récords deportivos encontraba una prueba de que el mundo se iba a acabar. Los atletas no dejaban de bajar sus marcas, año tras año, olimpiada tras olimpiada. No podía llegar el día en que uno de ellos bajara su tiempo hasta cero sin que al mismo tiempo se acabara todo el tiempo conocido.
- Hasta uno, contravine yo.
- ¿Hasta uno?
- No pueden reducir los tiempos hasta cero. Los pueden seguir dividiendo y diferenciando hasta siempre, así nuca llega el día.
A Hina le dio pereza seguir la discusión. La mitad de las cosas le producían pereza. Las demás la impacientaban. Derek se había aburrido y no quería ir con nosotros al restaurante de High Street. Prefería irse a dormir.
Después de la cena, Hina y yo volvimos a la casa. A ella le parecía injusto haber dejado el teléfono del cumpleaños solo durante tanto tiempo. Tarde o temprano, pensaba, el teléfono se lo cobraría. Tan pronto como llegamos, apretó el botón del contestador automático. Cuando los mensajes acabaron de dar sus felicitaciones, me preguntó si los había contado. Yo dije que eran doce.
- A que eran nueve, apostó ella y apretó de nuevo el botón.
Habían sido doce. Ella me pagaría la apuesta al día siguiente porque traía mala suerte gastar plata el día del propio cumpleaños.
- Ya viste lo que pasó con los fósforos y las monedas, dijo.
Pero ya no era ese día. Habían pasado las 12:00 y la celebración había terminado.
La tarde siguiente fuimos a la piscina pública. Hina habría querido cumplir años entonces y no el día anterior, porque se había levantado de un humor excelente. Recordaba que cuando tenía quince años y participaba en competencias de natación había descubierto que en los cincuenta metros de estilo libre nadaba tan rápido como el campeón de 1860.
- Ya no. Ahora soy vieja.
- No tanto como para haber nadado en 1860.
Los nadadores que compartían el tercer carril con nosotros habrían preferido que no paráramos con tanta frecuencia porque obstruíamos la orilla. Cada vez que yo veía que Hina se acercaba a dar la vuelta en el lado pando, la llamaba para que se quedara a corregirme el estilo pecho recién aprendido. Ella me estaba dando una clase, por así decir.
Un viejo del carril de la izquierda, que nos miraba desde hacía rato, se agarró de las boyas que lo separaban de nuestro carril y le preguntó a Hina cómo se llamaba. Yo los dejé solos y seguí hasta la otra orilla practicando la patada de pecho, agarrado a una tabla, mejor en cada metro que pasaba. Pensé que el viejo quería conocer a mi amiga porque había admirado su velocidad o su estilo, pero él sólo quería verificar el nombre que había oído en mis llamados.
- Estaba convencido de haber sido el inventor del nombre Hina, me dijo Hina cuando volví a la orilla. Se lo había puesto a un pastor alemán que le regalaron cuando era niño.
- ¿Y tú qué le dijiste?
- Que el mío se escribía con H.
- ¿Y el suyo?
- También. Me invitó a leer la lápida del perro para comprobarlo. Yo le dije que era imposibe que se lo hubiera inventado. Que no era un nombre nuevo sino el de mi abuela, que también lo tiene en la lápida.
- ¿No le dijiste que no era un nombre de perro?
En la parada siguiente hablamos sobre el restaurante de la noche anterior. El pollo había estado bien, pero habíamos notado que el espacio en blanco de los platos había crecido desde la última vez que habíamos comido ahí.
- Se están volviendo avaros, dije yo.
- Aquí todo desmejora, dijo Hina. Todo se vuelve peor de año en año.
Y seguimos parando, cada vez que volvíamos a la orilla panda, hablamos de la gente que frecuentaba el restaurante, de las meseras, de la música que sonaba, del pollo, el cerdo y el horario de atención. La noche del cumpleaños habíamos agotado los temas de la bolera y el bar que estaba junto a la laguna. Entre dos piscinas y otras dos, también hablamos de Derek pues estaba ausente. Pero no dijimos nada malo, sólo descansábamos, en esa orilla.
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