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Había una vez un niño muy protestón que se pasaba el día enfadado con todos. Gritaba a todo el mundo y siempre quería comer otra comida distinta de la que había en la mesa, ver una cosa diferente en la televisión, ir a jugar a otro sitio que no fuera al que le llevaban, ponerse otra ropa diferente de la que le preparaba su madre… estaba siempre protestando.
Un día el niño protestón dijo que quería irse de casa y cambiar de familia. Sus padres, que estaban cansados de tanta protesta, decidieron darle lo que quería, a ver si así aprendía de una vez.
Cuando se disponía a salir por la puerta, su madre le paró y le dijo:
- Espera, ¿llevas dinero? Lo necesitarás para coger el autobús.
El niño protestón se dio cuenta de que no llevaba dinero, así que no le quedó más remedio que romper su hucha con el dinero que había ahorrado para comprarse un videojuego.
A punto de marcharse su madre volvió a pararle.
- Deberías llevarte algo de ropa.
El niño protestón cogió una maleta y metió todo lo que pudo, menos la equipación de fútbol, que estaba en la lavadora en esos momentos. El niño protestón se quedó mirando cómo giraba el tambor de la lavadora, y pensó que tal vez podría esperar un poco.
- Mientras esperas puedes aprovechar para elegir destino.
El niño protestón se dio cuenta entonces de que no sabía muy bien a dónde quería ir, aunque suponía que con el dinero que tenía no sería muy lejos.
Mientras pensaba en ello, su madre le acercó una bolsa con comida.
- Toma, para el viaje -le dijo-. Me voy a recoger a tus hermanos.
- Yo también me tengo que ir -dijo su padre-. Cuando te vayas cierra la puerta.
Pasaron las dos horas y la lavadora se paró. Pero el niño de pronto se dio cuenta de que no sabía abrir la lavadora. Mientras esperaba sintió hambre, pero no llegaba a los armarios donde su madre guardaba las galletas, así que no le quedó más remedio que comer lo que le había dado para el viaje. Para su sorpresa descubrió que era la verdura y el pescado que había dejado en el plato ese día. Pero tenía tanta hambre que se lo empezó a comer.
Se hizo tarde y al niño protestón le daba miedo la oscuridad. Así que le dijo a su madre:
- Me iré mañana por la mañana temprano. Así le dará tiempo a la ropa de fútbol a secarse.
- Imposible. Necesitamos tu cama esta noche porque va a venir un niño nuevo. Entenderás que era una pena desaprovechar tu cama con la de niños que no tienen dónde dormir- contestó su madre.
El niño protestón se quedó paralizado. De pronto se dio cuenta de que no sabía si iba a encontrar algún sitio donde quedarse, ni si le acogería una buena familia que le diera todo lo que necesitaba. Tampoco sabía si podría volver a jugar al fútbol, ni si podría seguir jugando con su consola de videojuegos. Mil preguntas paralizaron al niño protestón y, de pronto, se echó a llorar.
- ¡Lo siento! -consiguió decir-. Perdonadme. Os prometo que no volveré a protestar nunca más.
- ¡Claro que te perdonamos! Y no llores, porque nadie va a ocupar tu puesto -dijo la madre-. Nadie puede sustituir a un hijo.
- Tampoco nadie puede sustituiros a vosotros -contestó el niño.
Desde entonces, el niño protestón ya no protesta tanto. Parece que ha aprendido a valorar lo que tiene. Y, curiosamente, cuando quiere algo, lo suele conseguir si es razonable y lo pide sin gritar ni patalear ni dar portazos.
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