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El hurto baladi

¿Qué es la vida?
Una ilusión.
Una sombra.
Una ficción.
P. Calderón de la Barca

Yo, J.L. Vorjés, asumo la plena responsabilidad de los hechos acaecidos el 6 de agosto de 1997, en la biblioteca Bernardino Rivadavia, en la localidad de Villa Ballester (Pcia. De Buenos Aires, Argentina), y deslindo de la misma a Pedro Armando Cruz quien actuó siguiendo mis órdenes, y a la confianza ciega que posee en mí. El perito psiquiátrico, al que se encargue su evaluación, entenderá mis palabras. Aclaro, asimismo, que no deseaba perjudicar a mi “entrañable amigo” en modo alguno, pero soy totalmente consciente, que existen momentos en la vida que uno debe subordinar determinados objetivos a la persecución de un fin superior. Y eso es lo que sucedió.
Quiero advertirles, a quienes estén a cargo de la investigación que no podrán comprender verdaderamente el mobilis ni el modus operandi del robo, que ocasioné (y del que me siento inconmensurablemente orgulloso) en la obra de jorge luis borges, propiedad de la mencionada biblioteca. Hay verdades a las que uno le está vedado acceder.
Pero, pensándolo bien, hoy me siento magnánimo, absolutamente generoso.
Quizás, estimularía su entendimiento, si iniciara mi relato, exponiendo los hechos ajustándolos cronológicamente. Sepan que albergo la certeza de que el tiempo es una sórdida quimera, aunque me doy cuenta que para el resto de los seres es vital tener un eje organizador, por muy inexistente que este sea.
Retomando el asunto que aquí me ocupa, habrán notado que en la rapina di dello libri di borges (como he leído en Il messaggero) ningún testigo presencial (y calculo que serían unas veinticinco personas incluyendo a las amables bibliotecarias) habrán mencionado esa aborrecible palabra: violencia. Detesto la violencia casi tanto como al destino, por eso es que a la primera no le brindo cabida y al segundo. Bueno, con Él llevamos una fatigosa lucha, que aún no he ganado.
Ese día, salimos de la desvencijada casa que Pedro y yo, compartimos, (hace ya tanto) y a la cual todos suponen abandonada, con excepción de algunas ratas, a las que diariamente alimentamos.
Nuestra casa se encuentra a sólo dos cuadras de la estación de tren de Villa Ballester, y a otras pocas de la biblioteca. La vida que allí llevamos con mi amigo ha sido idílicamente apacible, casi feliz. La única preocupación, que nos hacía eventualmente salir de la casa (y por solo veinte metros) era buscar los restos de comida que los empleados del supermercado San Cayetano, dejan en la vereda para que recojan los recolectores de basura, título que a nuestro criterio nos incluía.
Pero el 6 de agosto rompimos la rutina, a las 17 hs, pudimos apreciar como el sol enrojecía levemente nuestras caras. Aunque las esquinas estaban pobladas de gente, yendo y viniendo, nadie vió a dos sucios y andrajosos hombres, pese a que Pedro llevaba puestos sus enormes lentes negros, que le daban un aspecto de macromosca (como yo le decía bromeando). Antes de salir, repasamos nuestros planes: el camino a recorrer para llegar a la biblioteca, las palabras a decir, quién sostendría el bolso para guardar los tomos, etc. En fin, todos los detalles entre los cuales no figuraban los enormes lentes de Pedro, pero él insistió, entendí que eran su amuleto, los conservaba desde sus días en el neuropsiquiátrico (o, en sus palabras: Lo otro, frase que condensaba su vida anterior), y se los colocaba ahora, sólo cuando tenía miedo, por lo tanto era lógico que se los pusiera, desobedeciendo mi orden. Caminamos, uno junto al otro, no demasiado ligero, para grabar cada imagen a nuestro andar y deleitar mejor el momento, que tanto ansiábamos, y digo bien, porque Pedro a esa altura se había contagiado de mi entusiasmo y entendía la esencia de justicia que guardaba nuestro robo. Así, que con las espaldas erguidas, y las frentes en alto, cruzamos la plaza Roca, desde donde nos paramos unos momentos, que a mí me parecieron efímeros aunque luego (por los datos periodísticos, que nos procuramos leer) supe que allí estuvimos alrededor de 40 minutos, tiempo en el que el “espíritu”, nos concedía la sabiduría que el acto exigía. Con el repentino calor corporal, que cada presencia del espíritu nos brindaba, con una absoluta convicción cruzamos la calle, más prudentes que temerosos. Abrimos la pesada puerta de vidrio y negro metal, que no nos ofreció ninguna resistencia, lo cual significó un buen símbolo. El “espíritu”, afortunadamente guiaba nuestros pasos: Pedro se dirigió al estante donde un letrero grande y prolijo anunciaba José Luis Borges, se agacho y cuidadosamente seleccionó los libros que servirían a nuestro (mi) propósito, sin que nadie se percatara los guardó en el bolso. Atrás suyo, se encontraba la fotocopista, con una diez personas alrededor de la máquina, (tal como lo planeamos).
Mientras tanto yo me acerqué a la mujer que parecía (por su edad y actitudes) la que estaba a cargo de la administración del lugar. Me extrañó que a su vez, ella no reparara en mi forma de vestir (un tanto atípica para un visitante de biblioteca), luego percibí que poseía una visión deficiente, sus lentes de contacto no eran totalmente efectivos. Otro buen símbolo, pensé. Cuando estuvo tan cerca que podía escucharme sin alborotar a los demás, le dije (cambiando mi tesitura normal)”calladita y para atrás”, frase que se me antojó acorde con la vestimenta. Pedro convino conmigo que yo no debía permitir que nadie sospechara que quien robaba, había sido, en algún momento titular de la cátedra de literatura inglesa en la Facultad de Buenos Aires, y principal promesa literaria de su generación. Pedro no recordó, quizás si lo hizo, el resto de la historia, aquella que me impulsaba a satisfacer mi sed de justicia, a buscar una cura para recuperar mi vida, quitarme el nombre, el ser, desaparecer al “otro”, quien robó mi destino. Y quien había muerto, con ese hálito sacro, de quien impunemente (para mí) vivió en la claridad absoluta. Sumergiendo en la más inmensa sombra, y no estoy pensando en la oscuridad y soledad que reinan en la vieja casa que finge ser mi morada, a quienes como yo, merecíamos la posibilidad de, por lo menos, un segundo insignificante de la Historia.
Pero, hasta eso me fue negado, se me prohibió inclusive de la cercanía al otro, que disfrutó un ser tan vil, e incapaz como Salieri (por citar solo un ejemplo de esta existencia cíclica).
Cuando el espíritu hizo contacto conmigo, supe que venía a salvarme, me liberaría de mi claustro, y al hacerlo redimiría a todos los seres a quienes se le había robado su destino (por negligencia, o por pensada crueldad), casi como una nueva implicancia del Talmud; si el espíritu lograba concederme la posibilidad de ser un círculo sería roto. Cuando en un sueño se me reveló los pasos a seguir, realmente creí que ese simple ritual, en que los espíritus aunaban sus fuerzas con el poder purificador y ancestral del fuego me borraría la angustia de mi existencia.
Cuando, con Pedro, y sin mayores dificultades, abandonamos la biblioteca creímos resolver el enigma. Sin hablar, caminamos hasta la casa, él cargando el bolso. Ya había oscurecido, y empezaba a sentirse el frío. Corrimos el portón oxidado, y su molesto chirrido quebró nuestro silencio.
Entramos lentamente a la casa, ni bien percibieron nuestra presencia, las ratas salieron a saludarnos, olfateando para comprobar que le traíamos su alimento, ante la negativa se escondieron en sus refugios, y note su perplejidad, rayana en la ofensa. Con Pedro nos hubiéramos reído de esa actitud en otro momento. Pero teníamos trabajo que hacer. Con excitación, rápidamente preparamos el altillo para llevar a cabo el ritual, despejamos el suelo de las baratijas y muebles apolillados que allí habían, todo tipo de insectos salieron a relucir, los veíamos moverse pese a la oscuridad de la habitación.
Dispusimos los libros en el centro de un círculo que describimos con piedras (que habíamos preparado con antelación) en las que escribimos tat tvam asi, tal como el espíritu las había pronunciado en el sueño. Mientras Pedro encendía el fuego, y pasaba la llama uno por uno, los libros ardían, el naranja azulado lo consumía todo, yo recitaba las palabras del Brahman del rito funerario (posmorten), porque el espíritu había dicho: “para aspirar a la liberación, y liberarse del ciclo, y absorberse en Brahman, identifícate con él, recupera la unidad entre el Brahman y el atman, que siempre existió, pero fue desconocida y olvidada, perdiéndose en Brahman, como una llama de fuego que se funde en otra”. Y así lo hicimos.
Cuando terminamos el ritual, nos dimos cuenta que los libros eran cenizas, solo una hoja, amarillenta por el fuego se había salvado de este, cuando la recogí accedí a la verdad, a la única verdad, EL OTRO, quiso ser magnánimo conmigo, en el aún tibio papel él me hablaba, a traves de “El Inmortal”, decía: .dilatar la vida de los hombres, es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes.
Datos del Cuento
  • Categoría: Sin Clasificar
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Comentarios


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1 comentarios. Página 1 de 1
Miriam
invitado-Miriam 22-09-2009 00:00:00

Este dia subi a este sitio tres cuentos, no solo uno.Y ahora observo que solo figura este, y en el buscador no hallo ni Batiendo retirada, ni La angustia.No comprendo que ha sucedido con mis otros dos escritos, Sr Administrador. ATTE. Miriam Mancini

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