No era el Búho Cojo, ni más listo ni más tonto que el resto de la nidada, sà más pequeño, delgado y debilucho. Ni dos dÃas tenÃa de vida, cuando su hermano el Búho Grande le arrojó sin miramientos ni pena del hogar, allá en la copa de Gran Pino. El Búho Grande miraba desde las alturas, sonrriente, como se debatÃa su hermano, impotente, entre la hojarasca. Pensaba el desarmado: "¡A menos bocas más comida!"
Y pasó por allà un niño explorador y recogÃo al pájaro.
La señá Angustias cansada de los comensales de su hijo, encerró al búho en una gavia conejera, esperando que se muriera de hambre. Pero, ese no era su destino. La Coneja Madre resolvió adoptar al pequeño.
-¡Nunca viera una crÃa tan fea... con esos ojos!
-Soy un búho, señora...
-¿Y tú qué comes?
-Leche.
Al dÃa siguiente: La madre del niño no vió al búho, porque la Madre Coneja le tenÃa camuflado entre sus doce hijas.
A la semana siguiente:
La mujer abre la gavia para cambiar la paja, a punto no está de sufrir del mal de muchos, con la visión de aquellos grande y esplendorosos ojos, a un centÃmetro de los suyos, mirándola tan fijamente. Sle corriendo del corral, al tiempo que grita:
-¡Pepe! ¡Pepe, hay un diablo en la conejera!
-¡Ya te daré a ti demonios! -Contesta el hombre entre risotadas.
Con la escopeta amartillada y en posición de ataque, sigue a su esposa hasta el huerto.
-¡Si es el húo que trajo Pepito! Parece increÃble, pues no lo ha criado la coneja!
No es facÃl hacerse con él, los ojos más que el pico, paran los avances del hombre.
-Tiene un ala y una pata rota, intentaré curarle -dice el hombre.
-¡Nada de más "bichos en casa" tirálo a la hedentina y que se apañe...!
El hombre sedió porque la paz familiar consistÃa en aquel hogar, en no contradecir a la señá Angustias. Ya noche cerrada lo rescató, la Madre Coneja, de entre los desperdicios, estaba su hijiyo tiritando de frÃo y de miedo. Los ojos del Búho Cojo miraban a su madre adoptiva de tan tristes que dos lagrimones azules le resbalaron entre las plumas hasta el suelo, formando una charca tan grande que la luna se reflejaba por entero en ella.
-Vamos, pequeño, no desesperes te ayudaré.
Encargo la encomienda, Mamá Coneja, a un amigo de la vida, el señor Harcón.
-Pero, princesa cómo me puede pedir tal cosa -le contesta entre risas-, si es mi bocado preferido.
-Ves con Anussa, ella sabrá como curar a mi pequeño -costesta Mamá Coneja, sin parar mientes en el oico largo de su amigo.
-Vallamos, pues...
Como puede, el búhito, trepa hasta el lomo del regÃo compañero agarrándose con el pico a la empeluca del cogote.
Anussa mira a sus visitantes con gesto distraÃdo, la verdad es que no piensa perder el tiempo con un pájaro tan bobo.
-¿No me escuchas? -le pregunta el señor Halcón, malhumorado.
-Claro... claro -disimula Anussa-, es que tengo mucho trabajo estos dÃas, se casa el hijo del Rey.
-¿Qué contestas? -apremia, el señor Halcón, enfadandose por momentos.
-Estoy pensando...
-Mira, preciosa, el problema está en que he dado mi palabra a la madre de la crÃa La Mamás coneja, espero que correspondas a la amistada que parece unirte a ella y curres a su hijo.
-¿Soy veterinarÃa, quizá?
Ni cirujana, pero, el rostro de tu ahijado el principe, de un dÃa para otro más parece de porcelana cuando ayer era un empedrado.
Tan enfrascados están con sus dimer y diretes, que no advierten como las lágrimas que vierte el Búho Cojo, están inundando el jardin del hada hasta formar un caudaloso rÃo. El búhito se deja caer sobre las azules aguas. Una suave brisa le arrastra corriente abajo.
En la Calle Mayor del pueblo.
-¡Mirard! -Exclama el boticario, que está a las puertas de la farmacia, contemplando el inusitado caudal que discurre calle abajo.
Lo rescata de las aguas y con mano experta entablilla ala y pata. Dándole, además, calor y comida por el tiempo de quince dÃas.
La rebotica, s un lugar de cháchara y esparcimiento para los hombres del pueblo. Allà se reúne: El doctor Alex; el Zapatero MatÃas; el cura Vicyorio; el carnicero Julio... entre otros.
-Le he comprado a Pepón, el del huerto -está diciendo el galeno-, una docena de gazapos.
-Traeré el vino -se ofre el cura que tine una bodega bien surtida con vinos de tres hojas.
El Búho Cojo, que vijila de izquierda a derecha, sin perder ritmo a los allà rehunidos, grita despavorido:
-¡¡Noooooooooooooooooooooo!!
Los hombres que nunca jamás escucharan hablar a un búho, quedan patidifusos del pasmo. El señor carnicero reacciona el primero y razona:
-Con tanto loro suelo no es de extrañar.
-Parece obra del diablo -comenta el cura.
-No diga tonterias, señor cura, si un loro es capaz de hablar, por qué no puede hacerlo un búho, son bastante semejante en cuanto al pico.
-¡Un "pico", es lo que ha de valer con "semejante" don! -Interviene el doctor, que es amigo del pajarero de animales exóticos.
-Puede que sólo haya gritado y nosotros...
El Búhito Cojo, desciende hasta el centro de la mesa, desbaratando la partida de cartas y la templanza de los hombres. Dice con voz queda:
No sólo sé hablar, puedo leer vuestros pensamientos. Además de hacer una regañada con este pueblo, si me apuráis.
-¡¡Jesús!! -El señor cura, se santigua hecho un puro nervio.
-Os propongo un trato -continúa el búhito desenténdiendose del hombre de Dios-, ya que me habéis atendido con esmero, sin esperar nada a cambio, dejaré que me vendáis al pajarero. Y a cambio de la vida de Mamá Coneja y sus doce hijas, este pueblo nunca conocerá la sequÃa, porque las lágrimas no son las que faltan en mi vida.
Cuentan que desde entonces hacÃa acá, el Búhito Cojo vive feliz en la casa del pajarero junto a su Mamá Coneja y sus doce hermanas. El avispado comerciente consideró que como reclamo para su negocio tenÃan más valor, que muertas unas y vendido el otro.
esta muy interesante el cuentoy deja una enseñanza bueno es lo que digo yo