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Asà nada más, en una tarde común y corriente, la gente tuvo que dejar atrás la costumbre de abrir las ventanas de casa, pues un gran número de gatos llegaron al vecindario y se instalaron como si siempre hubiesen habitado ahÃ. No molestaban mucho durante el dÃa, pero por las noches el incesante maullido colectivo, sus jugueteos entre los árboles, y la horrible manÃa de meterse en los hogares, mermó la paciencia de muchos. Pero, aun asÃ, nadie intentó jamás herirlos.
Bastaba con cerrar las ventanas, asà tanto los gatos como el ruido se quedaban fuera, solo algunos distraÃdos olvidaban por completo las medidas de contención para sus nuevos vecinos, y tenÃan que levantarse a media noche para sacarlos a escobazos de sus casas. Asà le sucedió a Roberto, cuando sus padres no estaban de muy buen humor, y escucharon ruidos estando ya en la cama. De inmediato lanzaron un grito al joven, para que sacara al gato, pues era el único que seguÃa pasando por alto las instrucciones de mantener todo cerrado.
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Roberto siguió los ruidos, hasta llegar bajo la cama de su hermana menor quien dormÃa plácidamente, metió la escoba y la sacudió por un rato, esperando que el animal saliera por el otro lado, pero como eso no resultaba, haló la barredora, y se encontró con una sorpresa… un hombrecillo arrugadode ropas desgarradas hundÃa furiosamente sus dientes en el cepillo, luego levantó la cabeza, y clavó su mirada en el chiquillo, que aún no podÃa entender lo que estaba pasando, solo estaba ahÃ, tumbado en el suelo, sujetando el escobón y mirando incrédulo al duendecillo, mientras este se acercaba cautelosamente hasta tomarle el pie y propinarle una fuerte mordida, a la que le siguieron un par más, en cuestión de segundos le habÃa arrancado el dedo gordo y jugueteaba muy feliz con él, luego subió a la cama, para hacer lo mismo con la pequeña, pero en ese mismo instante, un par de gatos le saltaron encima; entre maullidos y chillidos, las gotas de sangre volaban, algunas aun pegadas a pedazos de carne.
Tras el escándalo, los padres se despertaron y fueron corriendo hasta la habitación de su pequeña, pero antes de que pudiesen llegar, una colonia de gatos se atravesó frente a ellos, se abalanzaron sobre la niña, y horrorizaron a los presentes con aquel espectáculo tan sangriento en el que parecÃa devoraban a la chiquilla.
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Arremetieron en golpes contra ellos, pero se dieron cuenta que su hija estaba bien, sana y salva, sin un solo rasguño, la furia de los animales era en contra del pequeño hombrecillo, del cual no quedaron ni rastros. Lo despedazaron y devoraron antes de que le hiciera daño a la niña.
Y realmente, eso era lo que hacÃan noche tras noche, al entrar en las casas.
Nadie supo de donde vinieron los hombrecillos, pero agradecieron que los gatos hallan llegado para salvarlos. Ahora la costumbre de dejar las ventanas abiertas ha vuelto, no se sabe cuándo se necesitaran los servicios de un gato en la habitación.
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