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Este es un cuentico que no vale la pena leer, pues el final lo voy a contar a continuación: "el personaje principal lo deja todo y se dedica a practicar una técnica antigua para poder vivir solo, sin depender de nada ni de nadie."
El personaje principal de este cuento soy yo, un pequeñísimo escritor de poemas mediocres que siempre le ha tenido miedo a la prosa. Mi historia es larga y bastante complicada, pero no porque yo sea una persona extra-ordinaria, sino porque todas las historias son largas y bastante complicadas. Por eso mismo no quiero contar mi historia desde el principio, la voy a contar, más bien, desde el momento en que mi cerebro explotó.
Mi cerebro explotó un 13 de Noviembre, el día en que entendí que mis circunstancias - las que yo mismo había elegido- estaban traicionando todo lo que yo creía de la vida. ¿Qué creía yo de la vida?, no sé. Pero en ese momento sabía que no me simpatizaban para nada las academias, los profesores universitarios, los negocios, los ejércitos, los bancos y, mucho menos, los taxistas israelíes. Y sabía, con bastante claridad, que mi vida estaba complétamente sumergida en esas cosas pequeñas que para mi eran (y son) monstruosidades.
En esos días - después de la explosión- yo era una personita muy triste que leía muchísimos libros y que pateaba basura por las calles silbando canciones de Bob Dylan. También iba a las clases lleno de pensamientos de odio y de tendencias-casi-suicidas.
Un día- ni claro ni oscuro- estaba en una clase de historia del arte judío y mi cabeza inestable pensaba en todo menos en la historia del arte judío. Sentado ahí, encerrado en mi mundo, decidí no pararle bolas a la profesora y sacar un librito de poesía portuguesa. Ojeando el libro descubrí un lindo poema que hablaba sobre la libertad. Decía (creo) que el hombre es libre solo si puede vivir solo, es decir: sin nada ni nadie.
Ese mismo día, por la noche, se me apareció un demonio bueno y me dijo que yo- el pequeñísimo escritor de poemas mediocres- no era libre. Me dijo que si le hacía un café caliente -con algunas galleticas- el me podía enseñar una técnica antigua para ser libre, o sea, para vivir solo, sin depender de nada ni de nadie. Yo acepté el trato sin pensarlo dos veces y el demonio bueno me enseño la técnica antigua. Al otro día armé mi morral y me fui al desierto a vivir sin academias, sin profesores universitarios, sin negocios, sin ejércitos, sin bancos y sin taxistas israelíes.
Hoy todo tiene un tono menos dramático, pero me siento un poco solo y le sigo teniendo miedo a la prosa.
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