La pequeña flor que crecÃa a orillas del rÃo, contemplaba asustada al hábil cocodrilo que permanecÃa inmóvil en su interminable acecho de efectivo depredador. La roja florecilla habÃa visto tantas veces el ataque del cocodrilo que en su afán de alimentarse mataba rumiantes, aves y peces; por tal razón ignoraba si ese color rojo que lucÃan sus pétalos, era su pigmentación natural, o por el contrario eran salpicaduras de sangre dejadas por las vÃctimas del cocodrilo.
A pesar de haber visto todo, la flor silvestre se decidió a hablar con el reptil, entonces, medio indecisa, y armada de un valor que nadie sabe de donde lo sacó, le dijo al animal: “Me han contado que usted ha logrado sobrevivir durante millones de años, y que puede alimentarse de casi cualquier cosa, por eso usted es, un ser conocido y respetado por estos predios. Todos, incluyendo al hombre reconocen su importancia para lograr equilibrio natural de las especies animales, tal vez sus muchos años de experiencia hayan sido su mejor avalâ€.
El cocodrilo sintió compasión por aquella desconocida especie vegetal que lo interpelaba, y le comentó con mucha calma y sobrada sinceridad: “Tú, pequeña flor, eres de vida muy corta, sin embargo los pocos dÃas de vida que tienes son suficientes para adornar y aromatizar el paisaje, y siempre eres reconocida y recordada por cada uno de los seres que acuden al rÃo donde tú resides, he visto nacer y morir muchas de ustedes, sin embargo nunca les hago daño y aunque yo dure muchos años, siempre cuento con tu presencia, que aunque no seas tu misma, sino las hermanas de tu misma especie, para mà sigues siendo la eterna compañera de mi charcaâ€
La flor silvestre sonrÃo al cocodrilo, guiñó el ojo a las otras flores, y comenzó a marchitarse rebosante de alegrÃa y esperanza.