El camino se iba estrechando y la luz del día se estrechaba con el camino pero ella seguía andando.
Caminó mucho tiempo antes de llegar a la encrucijada. Antes de llegar allí sentía como si la hubiesen tomado de la mano y tiraran suavemente de ella. De la encrucijada partían tres caminos, uno al frente, otro a la derecha y otro a la izquierda.
Había que decidir que camino tomar. Se sentó en el suelo y saco una brújula de un bolsillo, de otro una pluma de paloma. Puso ambas cosas ante ella y esperó. El tiempo ya no le importaba podía esperar. Al cabo de no sabía cuanto tiempo una ráfaga de viento levantó la pluma que poco a poco se dirigió al camino central. Miró la brújula, la aguja marcaba el norte, así que se puso en marcha hacía el camino central llevando la brújula en la mano.
Apenas comenzó a andar por el camino sintió que flotaba, miró la brújula y la aguja giraba sin detenerse pero muy lentamente.
Cuando entró en el bosque supo que había llegado, los árboles eran de cristal, no tenian hojas y de sus ramas que el suave viento movia salia un sonido casi musical.
Al pie de un tronco sin ramas la pluma de paloma la estaba esperando, se abrazó al tronco y sus brazos y sus piernas se convirtieron en ramas.
Había elegido el camino correcto.
El bosque de cristal Con sus cantos acerados, Convierte en fraternal Si el camino es acertado. (“El bosque de cristal”, de Lébana)