Demóstenes tenía un hijo al que bautizó, con su mismo nombre porque a él siempre le gusto. Tener un hijo con su nombre siempre le hizo ilusión. Así que cuando nació dijo: “Demóstenes se llamará como yo”.
Con ese nombre bautizaron al niño, ¡qué gran nombre señor!, Era el nombre de un gran orador.
Cuándo el niño creció, dijo, ¡vaya nombre que me puso mi padre!, ¡ Ni que fuera yo un gran señor!. Él está bien que lo lleve porque es mayor, pero para mí es mucho nombre, hubiese preferido un nombre chiquito mejor.
Y el padre que le oyó, dijo: “Hijo, yo te puse el nombre porque me gustó, pero si no estas conforme quítatelo, pero te advierto que el nombre lo llevo yo por el gran orador y tu debías como yo llevarlo en su honor, que honor es llevar el nombre de ese gran orador, pero si no lo llevas con gusto arráncatelo, elige un nombre pequeño pero aprende a hacerlo grande, porque si no sería mejor que te dejaras con el que te bautizó”.
Solución: no hay nombre grande ni pequeño, lo engrandece o lo empequeñece quien lo lleva puesto.