Cuando yo era pequeño, mi padre solÃa decir que la mejor forma de pasar una noche con la familia era leyendo un cuento. Y asà ocurrÃa. Daba igual qué cuento fuera y quién lo leyera: podÃa ser él mismo, con su voz convincente y su mÃmica enriquecedora, mi hermanita, que lo hacÃa a trompicones pero con mucho empeño, o el abuelo, que iba inventándose la historia a medida que su vista cansada renunciaba a las palabras. No paraban las risas, ni el tiempo. DecÃa mi padre que el aire que movÃan las páginas de aquellos libros al pasarlas, iba llenando la casa de un aroma de magia y fantasÃa que impregnaba nuestras vidas, y que al acostarnos, si forzábamos el máximo silencio, todavÃa se podÃan escuchar los ecos de los protagonistas de los cuentos resolviendo sus contratiempos.
Yo casi nunca leÃa, preferÃa escucharles hablando de aquellas malvadas brujas, de esos inocentes niños, de los lugares de asombro; las historias de unos cuentos que colmaban mi vida y que me hacÃan invencible. Me lo tomaba tan en serio que llegaba a enfadarme cuando no me avisaban al terminar de leer la página para que yo la pasara, pues lo hacÃa agitándola fuertemente, como si quisiera que aquel aire primoroso también saliera por las ventanas y llenase el mundo.
La voluntad debe ser, al igual que la inteligencia, una virtud que se trae desde el nacimiento. Mi padre conseguÃa todo aquello que se proponÃa, aun asÃ, no era ambicioso. El fallecimiento de mi madre por enfermedad cuando mi hermana todavÃa era un bebé, le obligó a desdoblarse continuamente pareciendo varias personas en una, llegando a dominar, en el arte de lo imposible, una familia que se unió como sólo saben hacerlo los animales en su afán de supervivencia en torno a su lÃder.
Trabajaba de vendedor de muebles, y su maestrÃa con las palabras se desataba en la noche, cuando al preguntarle por el momento en que nos leerÃa el cuento que guardaba bajo llave, conseguÃa con total facilidad venderme un sofá de tres plazas tapizado en piel, o una mesa baja de ratán natural, y me convencÃa de una inalcanzable fecha, en la que todos escucharÃamos al fin, el contenido del cuento eterno.
Lentamente, sin darme cuenta, se me ha vaciado la vida. La salida de la casa de mis padres, los estudios, el trabajo, la realidad, más trabajo y menos vida. Tengo cientos de llamadas telefónicas por hacer a mi padre, pero es demasiado tarde. Da igual, no eran importantes, o tal vez sÃ. Un saludo, un chascarrillo, o un intento de sacarle el contenido de aquel cuento. Mi alma se arruina, creo que la he hundido yo. ¿Y ahora qué?, vivo en una gran ciudad, con más dinero del que necesito y con un gran hueco en el corazón lleno de tiempo perdido.
La realidad sà es verdaderamente invencible y no yo. El tiempo y el azar, sus mejores escuderos. Murió mi padre hace unos dÃas y salvo mi hermana Andrea, no me queda familia directa. Ella además tiene la suya, se casó felizmente con un constructor rico y tienen dos hijos; vive a media hora en coche de mi casa, pero solemos tardar medio año en hacer ese recorrido, a veces, incluso más.
La muerte de mi padre me ha afectado mucho (y a mi hermana, lo sé), y me ha hecho recordar. No me refiero a él, que también: su cara alargada, unos ojos tristes que miraban por encima de las gafas apoyadas en la punta de su nariz y aquellos consejos vitales, que por ser muchos y profundos, querÃamos evitar; sino a los mejores momentos de mi vida: mi infancia, mis cuentos.
Mi hermana Andrea siempre ha sido muy guapa, se casó joven, más de lo que mi padre hubiera imaginado. Como yo, disfrutaba mucho de aquellas noches, cuando leyendo soñaba con ser mayor, convertida en princesa de castillo perdido a la espera de rescate real. Le ocurrió todo lo contrario, su prÃncipe se la llevó de su casa encantada, familiar y alegre, para encerrarla en el castillo opulento y frio.
Nos vemos de tarde en tarde, más por compromiso (como la muerte de mi padre) que por ganas de hacerlo, pero yo la quiero, al menos hasta el punto de saber que se encuentra bien.
Alguien dijo que la vida de toda persona son sus recuerdos, pero en mi caso, tengo la sensación de haberme perdido algo. Un trocito de mi vida todavÃa no se ha desvelado, sigue oculto, quizá en algún cajón de un viejo mueble.
Mi padre pasó sus últimos años de vida en un asilo de ancianos. Se trataba de un geriátrico confortable, aunque ello no impedÃa que se encontrase solo, acompañado únicamente por escasas llamadas mÃas y de mi hermana. Cuando iba a visitarle en distantes huecos de mi trabajo, siempre me preguntaba con su voz cansada si ya habÃa pensado en formar mi propia familia, a lo que respondÃa que aún era muy joven para pensar en eso. Nunca supe mentir, soy un anciano de treinta y cinco años, deberÃa pensar en ocupar su plaza en el asilo.
Aquel libro nos tenÃa locos. Nadie lo habÃa leÃdo nunca, ni siquiera el abuelo sabÃa de su contenido. Mi padre, al terminar la noche de cuentos, se acercaba a la vieja cómoda que usaba como librerÃa, se agachaba apoyándose sobre ella haciéndola crujir, y acercando una pequeña llave que colgaba de su cuello, abrÃa el único cajón que permanecÃa cerrado a nuestra curiosidad infantil. Del fondo sacaba un libro de pocas hojas, reluciente, bello dirÃa yo, con tapas de piel granulada color marrón rojizo, brillantes como ascuas en el brasero de picón, y mostrándolo, con el mismo tono de voz que emplean los trileros del parque, decÃa: el próximo dÃa que decidamos reunirnos os leeré este cuento, la más fantástica y conmovedora historia que hayáis oÃdo jamás, será el cuento de vuestra vida... Sus palabras revoloteaban sobre mi cabeza al igual que abejas alrededor de su colmena intentando entrar. Pero sabÃa que no lo harÃa, no lo hizo nunca. Repetimos cientos de veces las lecturas de todos los demás cuentos, pero jamás se leyó el deseado libro.
Me debato entre recuerdos, la cabeza me arde en su interior y creo que va a estallar. Me acerco al cuarto de baño, abro el botiquÃn colgado junto a la puerta de la sauna y cojo dos aspirinas. Mientras me las tomo con un gran vaso de agua, lentamente, con la nariz enterrada en el cristal y los ojos muy abiertos, me lo planteo. SÃ, parece una locura, pero quiero volver a casa de mis padres y leer el cuento que nos negó, cuento que aparece en mi mente ahora, encallado, como barco repleto de tesoros en la arena baja de una isla de piratas. Pero dudo; tal vez no sea buena idea y mi vida pase por dar vueltas y vueltas a lo vivido.
Tres horas de camino para convencerme de que merece la pena volver a mi infancia; la música del compact disc del coche pone banda sonora al desfile de imágenes que cruzan mi memoria. Tengo los pelos de punta. Aquà estoy, apoyado en la verja oxidada de lo que fue mi casa. El patio repleto de hojarasca y los árboles, descuidados, se han olvidado de quien los podaba. Un manojo de llaves de las de antes, se pelea conmigo para abrir la puerta de madera, entrada principal al extinto hogar. Al cruzar el umbral, una bofetada justiciera de aire conocido me da una ingrata bienvenida. Hasta tal punto, que me entran ganas de subir al coche y regresar. Todo me parece ajeno desde el recibidor: los pasillos, las habitaciones, incluso el reflejo de luz de la sala de lectura pareciera no querer verme.
Dos pasillos cruzados en 'te' vertebran la casa. Un tramo largo que va desde la entrada hasta la cocina y se alarga hacia el patio, con dormitorios a un lado y sala de estar y aseo al otro; y un tramo corto, que a la izquierda de la cocina conduce al trastero y a la derecha a una sala que recibe luz natural a través de una pequeña ventana alta que da al patio, la sala de lectura. Según avanzo siento frÃo, me abrocho el botón del cuello de la camisa y cruzo los brazos sobre mi pecho, pero no desaparece tal sensación. De hecho el viejo termómetro de mercurio marca veintiséis grados.
Las habitaciones permanecen cerradas, mantengo el paso hacia el interior de la vivienda alumbrado por la luz que entra por la puerta principal. Al pasar por delante de los dormitorios siento escalofrÃos, quizá sea el motivo de mi destemplanza, y no me atrevo a abrir la puerta de ninguno de ellos. En verdad, paro e imagino lo que pasaba en sus interiores hace veinticinco años: el dormitorio de mi abuelo siempre abierto, por desgracia, pues sus ronquidos retumbaban en las bóvedas como truenos en tormenta de verano; el de mi padre tenÃa una cama grande, que este usaba durmiendo en diagonal, intentando que no sobrara hueco alguno que recordara que estuvo ocupada por alguien más; en el nuestro, ecos de vocecillas y risas en la oscuridad, que si no conseguÃan acallarse por las demandas de silencio de nuestro padre, reconstruÃan los cuentos acabados de escuchar.
Continúo hasta el final del pasillo, donde una luz tenue comienza a brillar en la sala de lectura.
Entrar en la sala de lectura me transporta, no ya a mi infancia, sino al mundo mágico de los cuentos que allà habÃa conocido. Por un momento sustituyo el precioso y polvoriento mobiliario de la casa por bosques de árboles parlantes, los pasillos son rÃos de agua de deshielo con peces de colores, y los cuadros de las paredes, ventanas a mundos ilógicos, infantiles y perdidos. El frÃo ha desaparecido. El alboroto de sentimientos casi me hace olvidar el motivo de mi viaje: frente al sillón, al otro lado de la mesa camilla, una cómoda juguetona esconde el alma de mi padre, y quién sabe, tal vez la mÃa. De todas las llaves del conjunto, una pequeña y dorada, acierta a abrir el cajón superior del mueble. Meto la mano hasta el fondo y cojo el libro. De la emoción, prácticamente no lo siento. En la esquina inferior derecha de su tapa, una pequeña inscripción que habÃa pasado desapercibida, a modo de tÃtulo grabado sobre la piel dice: 'El Cuento de Tu Vida'.
Durante unos minutos, permanezco mirando el ansiado tesoro de mi lectura; como niño que acaba de pescar un gran pez, me recreo en observarlo antes de abrirlo. Con una mano bajo el lomo y dos dedos de la otra, cojo su tapa dispuesto a leerlo, pero algo me interrumpe. Oigo unos pasos resonando en el pasillo que se acercan hacia aquÃ. Giro mi vista hacia la puerta de la sala y veo a mi hermana, mi hermanita Andrea. Suelto el libro y caminamos uno hacia al otro para abrazarnos en silencio, rodeados de nuestra propia vida común, la que nunca debimos olvidar. Sus lágrimas y las mÃas se mezclan con el aire mágico de la sala de los cuentos.
Los momentos compatidos por los hermanos en aquella habitación fueron suficiente cimiento para la relación entre ellos. El cuento que su padre nunca les leyó fue menos importante porque fue algo que nunca compartió con ellos. Los lazos los afianzan los recuerdos grabados. Al fin que aquel libro estaba escrito, el libro de la vida de ellos se escribió sobre las lÃneas de sus propias vidas.