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El Circo felicidad

El entusiasmo llegó de repente a la ciudad. Hacía tiempo que todo se había vuelto gris, oscuro, que la gente ya no sonreía, los niños no querían estudiar y ni siquiera bajar a jugar al parque. 

Pero aquel día fue distinto, un ruido estrepitoso se apoderó de las calles y cuando Arturo se asomó a la ventana se quedó con su pequeña boca abierta al ver aparecer multitud de carromatos de colores, banderas brillantes y confeti que salía por las ventanas de los grandes vehículos. 
- ¿Qué está sucediendo?, se preguntó Arturo
- ¡El circo ha llegado a la ciudad! - clamó el frutero por las calles.

Enseguida Arturo se llenó de ilusión, vio como más niños saludaban a los payasos desde las ventanas y decidió ir a hablar con el abuelo para que lo acompañara a la calle.

Estaba cerrando la ventana cuando uno de los payasos gritó con un megáfono: 
- Queridos y simpáticos ciudadanos, hace tiempo que nos informaron de que ustedes habían perdido la ilusión y hemos venido con el compromiso de que la recuperen. Pero sintiéndolo mucho no se lo vamos a poner tan fácil. La ilusión hay que buscarla primero en las pequeñas cosas cotidianas y no solo en los grandes festivales. Por lo tanto haremos una cosa: nos quedaremos acampados en el parque de la ciudad y recorreremos todos los días las calles viendo como ustedes renuevan sus vidas. Como van con los niños a los parques, como hablan entres ustedes con una sonrisa, como comparten una tarde de cine, como acuden al trabajo con mejor humor... Cuando nosotros veamos que la alegría ha vuelto a sus vidas el Circo felicidad se compromete a regalar a todos y cada uno de los ciudadanos la mejor función que hayan contemplado nunca sus ojos.

Todos los ciudadanos se miraron los unos a otros desde las ventanas y desde las aceras con cara de no entender nada. ¿Podrían llevar a cabo semejante locura? Hacía mucho tiempo que no hacían ninguna de esas cosas. 

Los mayores decidieron hacer el esfuerzo. Al principio todo parecía muy difícil y mostraban sus sonrisas forzadas allí donde fueran. Pero pasada una semana todo iba sobre ruedas y se dieron cuenta que estar alegre era menos difícil de lo que parecía. Al finalizar el mes los payasos colgaron un cartel con la fecha de la gran función. 

Todas las tiendas cerraron y la ciudad se paralizó para acoger la llegada del buen ánimo que tanto habían echado de menos.

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